Adviento Reflexiones Santísima Virgen María

El Magníficat pone en el centro de la religión lo que Dios hace por mí

El Magníficat es la celebración de lo imposible hecho acontecimiento. El canto de María tiene su fuente, primero, en la admiración: «Ha hecho en mí cosas maravillosas, ha convertido mis días en un tiempo de admiración, mi vida en un lugar de prodigios». El canto de María nace de una experiencia feliz: ha captado a Dios. La exultación no deriva de la revelación de nuevas reglas de vida, de un código ético mejor: la buena noticia que María transmite es el enamoramiento de Dios, de un Dios que ha puesto las manos en la espesura de la vida, en las heridas de la historia. El Magníficat es el evangelio que pone en el centro de la religión no lo que yo hago por Dios, sino lo que Dios hace por mí. La alegre noticia es que Dios ha atravesado los cielos, me cuenta los cabellos de la cabeza, me invita a respirar con su respiración, a soñar sus sueños, a vivir su vida.

Con todo, hay en este canto revolucionario un escándalo para la fe. ¿Dónde está el vuelco? Después de veinte siglos todavía seguimos repitiéndonos aquí las mismas cosas. ¿Ilusión? ¿Engaño? El hambre sigue matando, los cementerios triunfan. Sin embargo, la esperanza es más fuerte que los hechos. No los ignora, no los elude, sino que los atraviesa y los contesta. Porque si yo creo que la noche acabará, no es porque el sol ya haya despuntado, sino porque, como cristiano, soy hombre del tercer día: «Al tercer día resucitaré» (Mt 20, 19). Y en el colmo de la noche del viernes de Pasión soy capaz de fijar los ojos y el corazón en la línea matinal de la luz, que parece minoritaria, pero que sale vencedora.

Si creo que el mundo cambiará, con María, no es por los signos que llego a discernir en la maraña sangrienta de la historia, sino porque está la promesa, porque Dios se ha comprometido y porque por su promesa una serie de hombres valientes y libres desafían la noche. La promesa de Dios es mi punto de apoyo. Dios escucha siempre: no nuestras oraciones, sino sus promesas.

El canto es directamente proporcional a nuestra capacidad de asombro y de futuro, a nuestra capacidad de no esperar, sino de construir el futuro. El futuro que entra así en nosotros mucho antes de que acontezca. Salvación es que él ame, no que yo ame. Esta es la religión del Magníficat, religión del don, religión del amado que ha sido capaz de ver a Dios todavía actuando, Creador incansable, con las manos todavía ocupadas en la espesura de la vida.

Ermes Ronchi
Dieci cammelli inginocchiati

Oh Virgen Madre, portadora de alegría, llevando a Jesús en tu seno subiste exultante a casa de tu anciana pariente. Enciende también en nosotros la exultación por las visitas de gracia con las que siempre consuelas a tus hijos. Haz que Jesús, plenitud de vida, haga florecer nuestra esterilidad y desate en nosotros el deseo de cantar las grandes obras que él realiza elevando a los humildes y a los pequeños, y colmando con su presencia nuestra hambre de amor. Amén.

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