Adviento San Agustín

Juan es la voz, Cristo la Palabra

«Una voz grita en el desierto» (Mc, 1,3)

¿Qué es la voz? ¿Qué es la palabra? ¿Qué son una y otra cosa? (…). Una palabra no recibe ese nombre si no significa algo. En cuanto a la voz, en cambio, aunque sea solamente un sonido o un ruido sin sentido, como el de quien da gritos sin decir nada, puede hablarse, sí, de voz, pero no de palabra. (…)

La Palabra tiene un gran valor, aun si no la acompaña la voz; la voz sin palabra es algo vacío. (…) Supón que quieres decir algo; eso mismo que quieres decir, ya lo has concebido en tu corazón: lo retiene la memoria, lo dispone la voluntad y vive en la mente. Y eso mismo que quieres decir no pertenece a ninguna lengua concreta. Eso que quieres decir y ha sido concebido ya en tu corazón no es propio de ninguna lengua: ni de la griega, ni de la latina, ni de la púnica, o de la hebrea, o de la de cualquier otro pueblo. Es solamente algo concebido en el corazón y dispuesto a salir de él. (…) De esta manera, en cuanto que es conocida por aquel que la lleva en su corazón, es una palabra, conocida ya para quien ha de decirla, pero aún no por quien ha de oírla. Así, pues, la palabra ya formada, ya íntegra, permanece en el corazón, busca salir de allí para ser pronunciada a quien escuche (…). Para manifestarse busca la voz adecuada al oyente…(…)

Antes de que suene la voz en mi boca, está retenida la palabra en mi corazón. Así, pues, la palabra precede a mi voz y la palabra está en mí antes que la voz; en cambio, para que tú puedas comprender, llega antes la voz a tu oído, a fin de que la palabra se insinúe a tu mente. No hubieras podido conocer lo que había en mí antes de la voz, de no haber estado en ti después de emitida ella. Si Juan es la voz, Cristo la Palabra. Cristo existió antes que Juan, pero junto a Dios, y después de él, pero entre nosotros.

Juan representa el papel de la voz en este misterio; pero no sólo él era voz. Todo hombre que anuncia la Palabra es voz de la Palabra. Lo que es el sonido de nuestra boca respecto a la Palabra que llevamos en nuestro interior, eso mismo es toda alma piadosa que la anuncia respecto de la Palabra de la que se ha dicho: En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba en Dios, y la Palabra era Dios; ella estaba en el principio junto a Dios (Jn 1,1-2). ¡Cuántas palabras, mejor, cuántas voces no origina la palabra concebida en el corazón! ¡Cuántos predicadores no ha hecho la Palabra que permanece en el Padre! Envió a los patriarcas, a los profetas; envió a tan numerosos y grandes pregoneros suyos. La Palabra que permanece envió las voces y, después de haber enviado delante muchas voces, vino la misma Palabra en su voz, en su carne, cual en su propio vehículo. Recoge, pues, como en una unidad, todas las voces que antecedieron a la Palabra y resúmelas en la persona de Juan. Él personificaba el misterio de todas ellas; él, sólo él, era la personificación sagrada y mística de todas ellas. Con razón, por tanto, se le llama voz, cual sello y misterio de todas las voces.

San Agustín
Sermón 288, 2-4

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