Cardenal Eduardo Pironio

Meditación para tiempos difíciles

En el centenario del nacimiento del Cardenal Pironio, demos gracias a Dios por su vida e imploremos su pronta beatificación y canonización.


¡Qué necesario, para los tiempos difíciles, es tener seguridad de que Jesús es el Señor de la historia que permanece en su Iglesia hasta el final y que va haciendo con nosotros la ruta hacia el Padre! ¡Qué importante es recordar que precisamente para los tiempos difíciles Dios ha comprometido su presencia! «Id, anunciad el Evangelio a toda la creación. Yo estaré siempre con vosotros hasta el final del mundo» (Mc 16,15; Mt 28,20). «Seréis odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se os caerá de la cabeza» (Lc 21,12-18). (…)

Jesús es «signo de contradicción» (Lc 2,34). El cristiano sigue su camino: «no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que lo envía» (Jn 13,10). Por eso, la pasión del Señor tenemos necesariamente que vivirla todos nosotros y asumir con serenidad y gozo las exigencias de nuestra entrega: «Si el mundo os odia, sabed que antes me ha odiado a mí… Acordaos de lo que os dije: el servidor no es más grande que su Señor. Si me persiguieron a mí, también os perseguirán a vosotros» (Jn 15,18-20).

Todo esto, sin embargo, queda iluminado con una sola nota de esperanza realista: «Os aseguro que vais a llorar y a lamentaros; el mundo, en cambio, se alegrará. Vosotros estaréis tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo» (Jn 16,20).

Siempre fue útil y necesario que hubiera hombres pobres y fuertes –con capacidad de presentir en la noche la proximidad de la aurora, porque viven abiertos a la comunicación de la Luz– que transmitieran a sus hermanos la seguridad de la presencia del Señor y de su inmediata venida: «Yo estaré siempre con vosotros hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). «Sí, voy a llegar en seguida» (Ap 22,20). (…)

La esperanza cristiana nace de lo inevitable y providencialmente absurdo de la cruz. «Era necesario pasar todas estas cosas para entrar en la gloria» (Lc 24,26).

Pero la esperanza cristiana es activa y exige paciencia y fortaleza. Sólo los pobres –los desposeídos y desnudos, los desprovistos según el mundo, pero totalmente asegurados en el Dios que no falla– pueden esperar de veras.

Los tiempos nuestros, en la Iglesia y en el mundo, son muy difíciles. Por eso mismo son bien evangélicos. Significa «que el reino de Dios está cerca» (Lc 21,31). Es ahora cuando el cristiano verdadero está llamado «a dar razón de su esperanza» (1 P 3,15); es decir, a penetrar por la fe y el Espíritu Santo en el escándalo de la cruz y sacar de ahí la certeza inconmovible de la Pascua para comunicarla a otros. (…)

Son tiempos difíciles y humanamente absurdos. Pero hay que saber descubrir, saborear y vivir con intensidad la fecundidad providencial e irrepetible de esta hora. No es la hora de los débiles o cobardes –de los que han elegido a Cristo por seguridad de la salvación o por la recompensa del premio–, sino de los fuertes y audaces en el Espíritu. De los que han elegido al Señor por el honor de su nombre, la alegría de su gloria y el servicio a los hermanos. Es la hora de los testigos y los mártires. (…)

San Pedro exhorta a los cristianos de su tiempo: «¿Quién puede haceros daño si os dedicáis a practicar el bien? Felices vosotros si tenéis que sufrir por la justicia. No temáis ni os inquietéis; por el contrario, glorificad en vuestros corazones a Cristo, el Señor. Estad siempre dispuestos a defender vuestra esperanza delante de cualquiera que os pida razón de ella» (1 P 3,13-15). (…)

El camino para los tiempos difíciles, en Jesús, no es el miedo, la insensibilidad o la violencia. Al contrario: es la alegría del amor («amad a vuestros enemigos, rogad por vuestros perseguidores», Mt 5,44), es el equilibrio y fortaleza de la oración («rezad para no caer en la tentación», Mt 26,41), es la serenidad fecunda de la cruz («si el grano de trigo muere, da mucho fruto», Jn 12,24). (…)

Los tiempos difíciles se vencen siempre con la plenitud del amor, la fecundidad de la cruz y la fuerza transformadora de las bienaventuranzas evangélicas. (…)

La esperanza cristiana se apoya en la omnipotencia y bondad de Dios. Para apoyarse en Dios hace falta ser pobre. La pobreza cristiana es total desposeimiento de sí mismo, de las cosas, de los hombres. Es hambre de Dios, necesidad de oración y humilde confianza en los hermanos. Por eso María, la pobre, confió tanto en el Señor y comprometió su fidelidad a la Palabra (Lc 1,38). El canto de María es el grito de esperanza de los pobres. (…)

¿Cómo serán los tiempos nuevos que el Espíritu ha reservado para nosotros? ¿Cómo serán los tiempos nuevos que nosotros mismos, como instrumentos del Espíritu, prepararemos para el futuro? Todo depende del plan de Dios, descubierto en la contemplación, aceptado en la pobreza y realizado en la fortaleza de la disponibilidad.

María nos acompaña. Ciertamente son momentos duros y difíciles, pero claramente providenciales y fecundos, adorables momentos de gracia extraordinaria. Humanamente absurdos e imposibles. Pero lo imposible para el hombre se hace posible en Dios. Así lo aseguró Jesús: «Para los hombres, esto es imposible, pero para Dios todo es posible» (Mt 19,26). Así se lo manifestó el Señor a Abraham (Gn 18,14) y lo repitió el Ángel a María (Lc 1,37). Así también lo comprendió Job, en la fecunda experiencia del dolor, y lo manifestó en su última respuesta al Señor: «Sé que eres todopoderoso y que ningún plan es irrealizable para ti» (Jb 42,2).

Sólo hace falta que vivamos en la esperanza: por eso mismo en la pobreza, la contemplación y la fortaleza del Espíritu. Más concretamente aún, en la humilde, gozosa y total disponibilidad de María, la Virgen fiel, que dijo al Padre que Sí y cambió la historia. Por eso ahora –alumbrada por el Espíritu y Madre del Salvador– es para nosotros Causa de la alegría y Madre de la Santa Esperanza.En María y con María, la Iglesia –que acoge en la pobreza la Palabra de Dios y la realiza (Lc 11,28)– vive silenciosa y fuerte al pie de la cruz pascual de Jesús (Jn 19,25) y canta felicísima la fidelidad de un Dios que siempre sigue obrando maravillas en la pequeñez de sus servidores.

Y espera en vigilia de oración al Señor que llega (Mt 25,6). «Sí, pronto vendré. ¡Amén! ¡Vén, Señor Jesús!» (Ap 22,20).

Siervo de Dios
Cardenal Eduardo Pironio

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