San Francisco de Sales

Las dos tristezas

«Les aseguro que ustedes llorarán y se lamentarán mientras el mundo se divierte; estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo» (Jn 16, 20).

La tristeza, ¿cómo puede ser útil a la santa caridad, cuando, entre los frutos del Espíritu Santo, la alegría ocupa su lugar junto a ésta? Sin embargo, dice así el gran Apóstol: La tristeza que es según Dios, produce una penitencia constante para la salud, cuando la tristeza del siglo causa la muerte. Hay, pues, una tristeza según Dios, la ejercitada por los pecadores, en la penitencia, o por los buenos en la compasión por las miserias temporales del prójimo, o por los perfectos, en el sentimiento, en la lamentación y en la pena por las calamidades espirituales de las almas; porque David, San Pedro y la Magdalena lloraron sus pecados; Agar lloró al ver que su hijo moría de sed; Jeremías, sobre las ruinas de Jerusalén; nuestro Señor, por los judíos, y su gran Apóstol dijo, gimiendo, estas palabras: Muchos andan por ahí, como os decía repetidas veces, y aun ahora os lo digo con lágrimas, que se portan como enemigos de la cruz de Cristo.

La tristeza de la verdadera penitencia, no tanto se ha de llamar tristeza, como displicencia o sentimiento y aborrecimiento del mal; tristeza que jamás es molesta y enojosa; tristeza que no entorpece el espíritu, sino que lo hace activo, pronto y diligente; tristeza que no abate el corazón, sino que lo levanta por la oración y la esperanza y excita en él los afectos de fervor y devoción; tristeza que, en lo más recio de las amarguras, produce siempre la dulzura de un incomparable consuelo, según la regla que da San Agustín: Entristézcase siempre el penitente, pero alégrese siempre en su tristeza.

La tristeza —dice Casiano— producida por la sólida penitencia y el agradable arrepentimiento, de la cual jamás nadie se dolió, es obediente, afable, humilde, apacible, suave, paciente, como nacida y derivada de la caridad. De suerte que, extendiéndose a todo dolor del cuerpo y a toda contribución del espíritu, es, en cierta manera, alegre, animosa y está fortalecida por la esperanza de su propio provecho, conserva toda la dulzura de la amabilidad y de la longanimidad y posee, en sí misma, los frutos del Espíritu Santo. Vemos también muchas veces, cierta penitencia excesivamente solícita, turbada, impaciente, llorosa, amarga, quejumbrosa, inquieta, demasiado áspera y melancólica, la cual es infructuosa y sin fruto de verdadera enmienda, porque no se funda en verdaderos motivos de virtud, sino en el amor propio y en el natural de cada uno.

La tristeza del siglo causa la muerte dice el Apóstol.

Luego, Teótimo, es menester que la evitemos y la rechacemos en la medida de nuestras fuerzas. Si es natural, debemos desecharla contrarrestando sus movimientos, desviándola, mediante ejercicios apropiados al efecto, y empleando los remedios y el régimen de vida que los médicos estimen a propósito. Si nace de las tentaciones, hay que abrir el corazón al padre espiritual, el cual prescribirá los medios adecuados para vencerla, según dijimos en la cuarta parte de la Introducción a la vida devota.

Si es accidental, recurriremos a lo que hemos indicado en el libro octavo, para ver cuán dulces son para los hijos de Dios las tribulaciones, y cómo la magnitud de nuestra esperanza en la vida eterna ha de hacer que nos parezcan insignificantes todos los acontecimientos pasajeros de la vida temporal.

Por lo demás, contra cualquiera melancolía que pueda dejarse sentir en nosotros, hemos de emplear la autoridad de la voluntad superior, para hacer cuanto podamos en obsequio del divino amor. A la verdad, hay actos que de tal manera dependen de la disposición y complexión corporal, que no está en nuestra mano hacerlos, a nuestro arbitrio.

Porque un melancólico no puede mostrar en sus ojos, en sus palabras y en su rostro, la misma gracia y suavidad que tendría si estuviese libre de su malhumor; pero puede, aunque sea sin gracia, decir palabras graciosas, amables y corteses, y, a pesar de la inclinación que entonces siente, hacer, por pura razón, lo que es conveniente en palabras y en obras de caridad, de dulzura y de condescendencia. Tiene excusa el que no siempre está alegre, pues nadie es dueño de la alegría para tenerla cuando quiera; pero nadie tiene excusa de no ser siempre bondadoso, flexible y condescendiente, porque esto depende siempre de nuestra voluntad, y sólo es menester resolverse a vencer el humor y la inclinación contraria.

San Francisco de Sales
Tratado del Amor de Dios, XI, 15

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