José el hesicasta

La caridad hacia Dios y hacia el prójimo

Nada puede dulcificar la cólera y las otras pasiones mejor que la caridad hacia Dios y hacia el prójimo. La victoria es más fácil de conquistar por ella que por todos los combates ascéticos.

Aun cuando se lucha, si el amor reina en el espíritu, los sufrimientos parecen leves. Si el amor no desaparece nunca (1 Cor 13,8) es porque el timón del alma puso la dirección continuamente hacia Él. Ocurra lo que ocurra, repites la consigna: «A causa de tu amor, Jesús mío, dulce amor mío, soporto las injurias, la vergüenza, las penas, todas las aflicciones; en una palabra, todo lo que me ocurra». Y, pensando así, el fardo de la pena se alivia en un abrir y cerrar de ojos, y la amargura del demonio se va.

Cree lo que te voy a contar: Un día, a causa de mis sucesivas y terribles tentaciones, fui preso de tristeza y desaliento, a tal punto que me sentí injustamente juzgado ante Dios por haber sido entregado a tantas pruebas. Mientras sentía esta amargura, oí en mi interior una voz muy dulce que me decía con mucha compasión: «¿No soportas todo por mi amor?». Al oírla, mis ojos empezaron a derramar abundantes lágrimas y me arrepentí del desaliento que se había apoderado de mí.

No olvido nunca esta voz tan dulce, que súbitamente desvaneció la tentación y el desaliento apenas se dejó oír.

—¿No soportas todo por mi amor?

—¡Oh amor dulce y verdadero! Por tu amor estamos crucificados y soportamos todo.

Un hermano me contó un día que estaba triste por otro hermano que le había desobedecido. Mientras oraba, fue arrebatado en éxtasis. Vio al Cristo clavado en la cruz e inundado de luz. Habiendo levantado la cabeza hacia él, el Cristo le dijo: «¡Mira todo lo que sufrí por amor de ti! Y tú, ¿qué sufriste?». Apenas fueron pronunciadas estas palabras, la pena se desvaneció y el hermano quedó lleno de gozo y de paz, sin poder retener sus lágrimas. Desde entonces, vive siempre maravillado por la condescendencia del Señor. Pues el Señor hace desaparecer las penas, y cuando ve que no nos descorazonamos, nos consuela.

Por lo tanto, no te desalientes; no te entristezcas tampoco cuando vengan aflicciones y tentaciones. Pero apóyate en el amor de nuestro Jesús, que alivia la cólera y el desaliento.

Date aliento, diciendo: «Oh alma mía, ¡no te descorazones! Si soportas esta ligera aflicción, quedarás curada de una enfermedad crónica; todavía un poco y la aflicción desaparecerá». Porque ésa es la verdad.

Cuanto más corta es la paciencia, más grandes parecen las tentaciones. Cuando el hombre se acostumbra a soportarlas, terminan por parecerle menos largas, y las soporta sin esfuerzo. Se hace firme como la roca.

¡Entonces, paciencia! Las cosas que ahora te parecen difíciles de alcanzar, después de varios años podrás poseerlas como si fueran tuyas, sin entender cómo te ocurrió esto.

Ponte a trabajar mientras eres todavía joven, sin preguntarte «por qué», y no te desalientes. Cuando seas viejo, recogerás los racimos de la impasibilidad (apatheia). Te preguntarás cómo crecieron tan hermosas espigas, si nunca sembraste. ¡Te hiciste rico, cuando no eres digno de nada! Tus quejas, tus desobediencias, tus desalientos han dado hermosos frutos y flores perfumadas.

Por lo tanto, violéntate a ti mismo.

Si el justo cae millones de veces, no pierde su libertad (parhissia); sino que se levanta, concentra sus fuerzas y el Señor le otorga victorias. Le oculta lo que gana para que no se hinche [de vanidad], pero le pone ante los ojos sus derrotas, para que al verlas sufra y se humille.

Pero cuando haya conquistado el campo del enemigo y haya conquistado victorias sin darse cuenta, el Señor le hará entrever poco a poco que es vencedor, y que sus manos tocan ahora las cosas que hasta entonces le eran inaccesibles cuando las pedía. De este modo es arrastrado, probado, perfeccionado en la medida en que su naturaleza, su pensamiento, su espíritu, el vaso de su alma se lo permiten.

Hazte fuerte y potente en el Señor. No disminuyas tu ardor. Pero pide, clama sin cesar, recibas o no.

De una carta de José el hesicasta

En: Contacts: Revue française de l´Orthodoxie Nº 162.
Paris, 1993, p. 114-116

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