Domingo de Prusia

Abandono al amor eterno

Si quieres fácil y perfectamente ser purificado de tus pecados, liberado de tus vicios y enriquecido con toda clase de bienes, debes eliminar toda ocupación que no sea necesaria; a continuación debes abandonarte al Amor eterno, cuyo maestro es el Espíritu Santo, de forma que puedas ser su discípulo. Sin imágenes sensibles, con la sola fuerza de la inteligencia y la voluntad, ofrece frecuentemente, pon y sumerge tu corazón y tu espíritu en el dulcísimo Corazón de nuestro Señor Jesucristo, tu Creador, tu Redentor, tu Amigo crucificado; en su Corazón, todo lleno de amor; en su Corazón, morada de la Santísima Trinidad; en su Corazón, en el que “habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad”; en su Corazón, mediante el cual todos nosotros tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu; en su Corazón, por último, que en su infinita caridad, contiene y abraza a todos los elegidos del cielo y de la tierra.

Eleva en el espíritu tu corazón benévolo de tu Dios, esforzándote, sobre todo por conservar tu corazón bien recogido en sí mismo, en todo tiempo, en todo lugar, especialmente cuando cantas las alabanzas divinas y en tus oraciones y en las otras ocupaciones, así como Dios mismo te exhorta “Venid a mí, llevad mi yugo, dadme vuestro corazón y vuestros ojos observen mis caminos; ponedme como un sello en vuestro brazo y en vuestro corazón”.

Por tu parte, responderás con humildad. “Mi corazón está preparado, mi corazón está preparado, te alabaré con todo el corazón y glorificaré eternamente tu santo nombre, alzaré mis manos y mi corazón hacia ti”. Y esto con justo título, porque en el dulcísimo Corazón de Jesús se encuentran todas las virtudes: la misericordia, la justicia, la dulzura, la fuerza; y también la salvación, la fuente de la vida, la perfecta consolación, la verdadera luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, sobre todo el que apela a este divino Corazón en sus miserias y aflicciones. A decir verdad, todo el bien que se nos puede augurar lo obtenemos con sobreabundacia de Jesús, y todas las gracias que recibimos brotan de su Corazón más dulce que la miel. Su Corazón es el hogar del amor divino, que arde perennemente por el fuego del Espíritu Santo, que purifica, que enciende, que transforma en Él a todos los que le están sometidos o desean unirse a Él.

Ya que todo proviene del Corazón dulcísimo de Jesús, tienes que referir a este mismo Corazón todos los dones, las gracias, los beneficios que te han sido otorgados, al igual que  a todos los hombres; debes hacerlo para mayor gloria de Dios y provecho de la Iglesia, sin atribuirte absolutamente nada de cuanto hayas hecho de bueno, sin complacerte en los dones de Dios, en modo egoísta, sino devolviéndole rápido todo lo que te da y haciendo remontar todo a su origen, que es el Corazón de Jesús: y debes hacerlo especialmente cantando el Gloria Patri y recitando los salmos y los himnos que se refieren a la gloria de Dios.

Es también en el Corazón de Jesús donde pondrás tus pecados, mediante Él pedirás perdón y gracias, alabarás y bendecirás a Dios, no solamente en tu nombre, sino en nombre de los que te han sido confiados, por toda la Iglesia católica, invocando desde el fondo del abismo de tu miseria el abismo de las misericordias de Dios. He aquí por qué besarás a menudo, con reconocimiento, una imagen del corazón de Jesús, de este Corazón tan bueno, en el que están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y paciencia de Dios. Si no tuvieses una imagen del sagrado Corazón, tomarás una de Jesús en la cruz. Ya que en este piísimo Corazón de Jesús están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios, besarás frecuentemente y con reconocimiento una imagen de este Corazón o del Señor crucificado.

Aspirarás continuamente a contemplar cara a cara a tu Salvador, le confiarás tus tristezas, atraerás su Corazón a tu corazón, su Espíritu y su Amor, sus gracias y sus virtudes; te abandonarás píamente a Él; habitarás en su Corazón, poniendo todo tu cuidado en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz, de forma que Él, a su vez, se digne fijar su morada en tu corazón y, por último, reposarás y dormirás en el Corazón de Jesús, porque los corazones de todos los mortales te engañarán y abandonarán, pero el Corazón fidelísimo de Jesús no te engañará ni te dejará jamás.

Además, no dejes de honrar devotamente y de invocar a la gloriosa Madre de Dios, Madre de misericordia, la dulcísima Virgen María, para que te obtenga del Corazón de su Hijo todo lo que te será necesario; y cuanto recibieres, ofrécelo al Corazón de Jesús por las manos benditas de su madre. Pedirás a su materna bondad que te ayude, con todos los santos y elegidos del cielo, a alabar y bendecir al Señor por todos los beneficios que te ha otorgado hasta este día y para siempre. Amén.

Domingo de Prusia
Semaine du Sacré-Coeur de Jesús, pp. 111-116.

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