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Queridos amigos

Queridos amigos:

Los Padres están bien, con buen ánimo. Siguen mostrando mucha fortaleza, propia de aquellos que llevan la verdad en su corazón. Por eso continúan alentándonos a vivir estos desconcertantes momentos en un clima de silencio y de oración, confiando en que Nuestro Señor siempre está sosteniéndonos de la mano, aunque por momentos la tristeza ante tanta injusticia nos haga sentirnos un poco abandonados.

La intencionalidad malsana de algunos, muchos o pocos, busca constantemente y con mucha astucia, producir heridas que, aunque no sean mortales, vayan llagando y desgastando los espíritus de aquellos que no estamos pertrechados con las armaduras suficientes para resistir las embestidas de la mentira, de la deshonestidad, de la falsedad, de la traición.

Por eso, ante la falta de blindadas armaduras, de vez en cuando, una flecha traicionera y envenenada quizás pueda alcanzar nuestra desprevenida humanidad. Y es entonces cuando nos percatamos de que es necesario actuar y de que esa acción tiene que darse en un doble frente: por un lado, restañar prontamente el más mínimo roce de la ponzoña, para evitar que el veneno penetre en nuestra piel expuesta; por otro lado, la acción debe estar al servicio de hacer más eficiente la protección.

Una de esas flechas de maliciosa naturaleza fue la noticia publicada en un diario mendocino. Esa flecha logró alcanzar nuestro campo. Algunos nos encendimos de ira ante tanta infamia. Otros, tal vez menos fogosos, tambalearon. E incluso, quizás habrá habido alguno que haya sido alcanzado en su costado, por no haber sabido recurrir a los óleos protectores de la razón, de la reflexión, del juicio crítico, de la templanza. En este último caso, será necesario que lo ayudemos a limpiar esa herida para que sane prontamente y no se siga enfermando su debilitado ánimo. Para ello, un solo remedio: la verdad. Y esa verdad es que dicha publicación es una falsificación y una tergiversación de una investigación preliminar realmente existente y aún no concluida, llevada a cabo por el Arzobispado. Otras verdades suman sus poderes sanadores y protectores. Algunas de ellas son, por un lado, que los minuciosos y exhaustivos peritajes psicológicos y psiquiátricos que los peritos de la fiscalía les realizaron a ambos Padres, han concluido con un informe en el que se confirma la ausencia indubitable de cualquier indicio de rasgos psicopatológicos en ambos denunciados, contradiciendo las intenciones de la querella que había sugerido la presencia de rasgos de personalidad compatibles con los hechos denunciados. Otra verdad sanadora y protectora es que los peritajes psicológicos y psiquiátricos realizados al denunciante, con la misma minuciosidad y exhaustividad, por los peritos forenses y ante la presencia fiscalizadora de los peritos de parte, tanto de la querella como de la defensa, estarían arrojando suficientes y claros indicios de la existencia de marcados rasgos de trastornos de la personalidad en el denunciante.

Hasta ahí la labor sanadora y protectora de la verdad.

Pero el proceso va para largo. Y habrá nuevos ataques virulentos. Tal vez las flechas logren oscurecer el cielo. Entonces, ¿seguiremos expuestos e indefensos para que cualquier mentira, para que cualquier falsedad, para que cualquier difamación, nos pueda alcanzar?

Creo que la ingenuidad corroe nuestras armaduras. ¡No podemos seguir siendo ingenuos! Y una forma de fortalecer la protección es emplear el razonamiento para desbaratar los ataques maliciosos. Aquí me atrevo a dar una recomendación: tenemos que tener presente, de modo constante, que los relatos falsos y mentirosos son siempre más cruelmente eficaces cuando parten de una verdad, aunque sea parcial, y luego la manipulan, la deforman, la tergiversan hasta llegar a convertirla casi en una total mentira. Es justamente la presencia de ese resquicio de verdad lo que siembra, con diabólica astucia, la duda que hace tambalear la confianza en los hechos.

Tengamos también presente que no todo golpe proviene de afuera. Pues hay en algunos una debilidad intrínseca que los hace andar entre los hechos cual seres fantasmales, sin una sustancialidad pesada, sólida, que les permita anclarse en esa realidad para reflexionar sobre ella, para comprometerse en la búsqueda de la verdad. Es esa insustancialidad la que los conduce a la liviandad de juicio, a la miopía intelectual, hasta que, inexorablemente, se dejan caer en el prejuicio y la difamación.

¿Cómo protegerse de los golpes de aquellos que hasta hace poco compartían nuestra mesa? ¿Cómo inmunizarse contra el veneno de las flechas disparadas desde la ignorancia, desde la liviandad de juicio, desde la mediocridad de espíritu? Con la fortaleza que da la misericordia. La misericordia, al igual que la verdad, es sanadora. Sana el propio corazón del misericordioso, porque le permite aceptar con humildad que la naturaleza humana es débil, y en esa aceptación alcanza fortaleza para ayudar al hermano a salir de la malsana ignorancia y logra también la claridad necesaria para acompañar al desorientado por el camino de la verdad.

Debemos asumir una actitud maternal y prestar de nuestra fuerza a aquellos que la necesiten. Y también, al igual que en las legiones, debemos alcanzar una eficaz fortaleza defensiva en la estrecha unidad del conjunto. Debemos estar juntos, para animarnos, debemos estar juntos, para sostener al que tambalea, debemos estar juntos para convertirnos en una muralla inexpugnable para todo ataque que provenga de la mentira, de la difamación, de la injusticia.

Sigamos rezando, porque Dios todo lo puede. Sigamos en silencio, porque es voluntad de los monjes. Pero estemos atentos, muy atentos, para lograr percibir el distante disparo del arquero.

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