Santos Luis Martin y Celia Guerin

¿Qué podemos decir al mundo, a los cristianos y a la Iglesia de nuestros días de estos santos esposos?

Jubileo con motivo de los 160 años del matrimonio de los esposos Martin

160° aniversario del matrimonio de los santos esposos Luis y Celia Martin

1858-13 de julio-2018

Conferencia del Cardenal Mauro Piacenza – Penitenciario mayor

Queridos amigos en Cristo Jesús:

Santa Teresita del Niño Jesús supo definir a sus padres con unas pocas palabras llenas de sentido «Eran más dignos del Cielo que de la tierra». Calificarlos así no significa en ningún caso relegar a Luis y María Celia Martin a una esfera inaccesible, situándolos en el rango de esas almas «espiritualmente privilegiadas», no; en realidad es colocarlos en el orden de la vocación que es propia de cada bautizado por el Sacramento de la Iniciación cristiana.

En efecto, cada bautizado es «más digno del Cielo que de la tierra» y está llamado a caminar en la gracia a través de las circunstancias concretas que quiere o permite el Señor, con el fin de alcanzar una conformidad cada vez mayor con Cristo, que es la misma santidad. Esta es la tarea a cumplir con el concurso conjugado de la gracia y de la libertad humana, Esta es la llamada para participar en la Redención, procede siempre de la gracia, según el viejo adagio agustiniano: «El que te creó sin ti, no te salvará sin ti» (Sermón 169, XI, XIII; PL 38, 923)

Después de los 160 años que han pasado desde el matrimonio de los Martin, ¿qué podemos decir al mundo, a los cristianos y a la Iglesia de nuestros días de estos santos esposos?

Trataré de responder a esta cuestión teniendo en cuenta su vida y articulando esta intervención alrededor de tres grandes ejes en los que los esposos Martin proyectan una luz edificante:
1) El matrimonio en el orden de la creación,
2) El matrimonio bajo el régimen del pecado y
3) El matrimonio en el orden de la gracia.

1. El matrimonio en el orden de la creación

El primer y fundamental elemento por el que los esposos Martin nos harán avanzar en nuestra reflexión es el redescubrimiento del matrimonio como parte del orden de la creación.

En una epoca como la nuestra en la que el concepto de creación casi se oculta y con él el de «el orden de las cosas», el de «la ley moral» y en consecuencia, el de la « moral natural », cuando se contempla el matrimonio de estos santos, de este hombre, Luis, y de esta mujer, María Celia, podemos decir con una audacia racional y cristiana que no existe más que un tipo de matrimonio posible, el que es querido por Dios porque está inscrito en la creación, en el cuerpo del hombre y de la mujer y que sólo esta clase de matrimonio es un camino de santificación.

Ésto nos lleva a recordar que el matrimonio no es una institución puramente humana y que, como declara el Concilio Vaticano II: « El bienestar de la persona y de la sociedad tanto humana como cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar» (Gaudium et Spes, 47).

En este sentido tenemos que admitir tanto como comunidad como pastores que, desde demasiados decenios, hemos abandonado una reflexión sana, racional y teológica sobre el misterio de la creación sin, quizá, sopesar atentamente todas las consecuencias. Efectivamente, si desaparece de la mentalidad del pueblo santo de Dios la realidad de la creación, se corre el riesgo de oscurecer incluso la del Creador.¡Sin creación no hay Creador! ¡No hay Dios!

Toda reflexión sobre lo que se llama «la ley natural» no puede hacerse sin la confrontación en profundidad de las diferentes teorías científicas sobre el evolucionismo, reconociendo en primer lugar que el «empuje anticreacionista» de una cierta ideología darwinista no tiene fundamento científico y menos filosófico; de hecho, ella deja al hombre frente a un enigma sin solución, el de su propio origen y, sobre todo, lo deja frente a la intolerable, angustiante e inhumana perspectiva de la nada.

El matrimonio «que tiene éxito» en el que, en medio de todas las limitaciones humanas, el esposo y la esposa viven su vocación a la santidad en la fidelidad y en la fecundidad humana y espiritual, es por sí mismo la proclamación pública y la afirmación directa de la ley natural, de la posibilidad de vivir según el orden que el Creador ha impreso en el mundo. La Sagrada Escritura afirma que el hombre y la mujer son creados el uno para el otro. Basta recordar «No es bueno que el hombre esté solo» (Gn 2,18) y también que la mujer «es carne de mi carne» (Cf Gn 2, 23) su igual, lo más próximo a él, que le es dado por Dios como « auxilio », representando así a «Dios que es nuestro auxilio» (CCC. 1605)

Los esposos Martin dieron testimonio de ello en una época en la que, aparentemente, aún no se cuestionaba que el matrimonio fuese un derecho natural, pero en la que estaban apareciendo algunos índices de subjetivismo relativista, sembrados por el iluminismo que han alcanzado plena y amarga madurez en la actualidad.

El matrimonio, tal como se le ve en el orden natural, nos obliga a redescubrir ciertas verdades fundamentales que ningún enfoque cultural y humano podrán eliminar jamás.
Primeramente se redescubre que el hombre está hecho para amar y ser amado, que Dios ha creado al hombre por amor y que «la llamada al amor» es una vocación fundamental e innata de todo ser humano.

Esta sencilla constatación bastaría para enderezar nuestra manera de ver la realidad: el hombre es vocación de amor para el amor: ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (Cf Gn 1, 27) que es amor. «Habiéndolos creado Dios hombre y mujer, su amor mutuo se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con el que Dios ama al hombre» (CCC. 1604).

De lo que se desprende que si el amor conyugal, según el orden de la creación, llegase a faltar en el mundo, faltaría el testimonio del amor con el que Dios ama al hombre; el género humano caería —como no es raro observarlo hoy día— en la desolación de una triste soledad, en una falta de sentido que desembocaría en la nada.

En este horizonte conviene interpretar los llamados cambios culturales, sociales y legislativos de nuestro tiempo. No se trata de examinarlos principalmente bajo un punto de vista moral, (¡incluso sería necesario hacerlo también!) sino mas bien desde el valor antropológico que representan y que es la más pesada de las consecuencias, porque ellos son los que determinan un cambio en el modo que el hombre tiene y tendrá de pensar sobre él mismo y sobre su propia existencia.

Como testimonian todas las tradiciones culturales y religiosas, como reconoce y reglamenta el sistema jurídico, el matrimonio se presenta en la historia de la humanidad bajo la forma de una institución de derecho natural que forma parte de la naturaleza racional del hombre, de su dualidad sexual capaz de representar, al mismo tiempo, el origen de su vida y la orientación interior, la inclinación natural de su ser, de su unidad dual de alma y de cuerpo.

Este amor de criatura esta destinado a ser fecundo por un ministerio que incluye la vocación de ser «guardianes de lo creado», una tarea que no puede reducirse a un vago y alegre ecologismo sino que se realiza por medio de la colaboración libre y responsable en la obra continuamente creativa de Dios y que se puede llamar «pro-creación».

También bajo este aspecto, Luis y María Celia fueron padres según el corazón de Dios, generosos en dar la vida. Su testimonio, hoy más que nunca, es esencial para recordar a nuestra civilización occidental que ha perdido sus principales valores y que no sabe dar verdaderas respuestas conformes a la razón y a la religión.

2. El matrimonio bajo el régimen del pecado

A lo largo de los siglos, el hombre y la mujer han tenido constantemente la experiencia de sus límites y del mal en cada uno de ellos y, en consecuencia, en su relación conyugal. No es raro que el deseo de un amor profundo y total se esfume ante la dura realidad del pecado personal y el del otro.

Este «desorden» objetivo, que se manifiesta a los ojos de todos, que domina la cultura ambiental actual y que parece como algo común, no se origina en la naturaleza del hombre y de la mujer, ni en la naturaleza de sus relaciones, sino en el pecado. «El primer pecado, ruptura con Dios, tiene como consecuencia la ruptura de la comunión original del hombre y de la mujer» (CCC 1607).

Hoy se habla cada vez menos del pecado en las predicaciones y en la catequesis. Como ya hice alusión a propósito de la creación, cuando el Papa Francisco en su magisterio habla de la Misericordia nos empuja con fuerza a reflexionar sobre esta realidad. ¿Cómo, en efecto, podemos reconocer la Misericordia divina si no admitimos el drama del pecado?

La ausencia o la insuficiencia de una reflexión antropológica y moral sobre el pecado está estrechamente unida a la exclusión de un horizonte trascendental. Un hombre sin Dios es un hombre a quien ninguna persona le puede perdonar el mal que ha cometido y que se encuentra en un cruce de caminos forzado bien a quedar aplastado por el mal o bien a negarlo, imaginándose que no existe y que llega, incluso, a aprobar leyes humanas que digan que el mal está permitido y que, en el fondo, el mal es un bien.

El filósofo alemán, Robert Spaeman, dice sobre ésto en su célebre obra «Las personas » que « el hombre no puede fingir haber cometido el mal. No puede fingir no ser el autor… La única esperanza que le queda es que alguien le perdone el mal cometido» (pág 124). El perdón, dado por los hombre y sobre todo por Dios, es su única esperanza, el único remedio para el mal cometido.

Un perdón que cuesta y que ayuda a reconocer hasta qué punto es pesado el «régimen de pecado» bajo el que viven los hombres sin Cristo.

Como recordada el beato Pablo VI: «La acusación que el hombre, deseoso del perdón de Dios, hace el mismo de sus propias faltas y de su evaluación moral cuando se dirige a un ministro autorizado que escucha y absuelve al penitente es dolorosa. Parece una cosa terrible, una terrible penitencia. Y así es para quien hace esta experiencia de humildad por la que encuentra la verdad y la justicia que le hablan en su interior. La absolución sacramental es experiencia liberadora y consoladora. Quizá sean los momentos de una confesión sacramental los más dulces, los más reconfortantes y los más decisivos de toda una vida» (Audiencia del 1 de marzo de 1975)

En la familia Martin todos fueron muy conscientes del mal del pecado porque, como se lee en los escritos de santa Teresita, en el cenáculo que formó en el corazón de Francia, esta pequeña y verdadera iglesia doméstica se vivía de la «confesión frecuente, de las adoraciones nocturnas, de las actividades parroquiales, de los exámenes de conciencia sobre las rodillas de mamá y del catecismo aprendido en los brazos de papá». Esta fue la escuela que hizo madurar en sus hijas su consagración virginal a Cristo al servicio del Reino de Dios, vivida en el corazón de la Iglesia.

A pesar de que fue seriamente sacudido por el pecado, el orden de la creación todavía persiste. Por eso tenemos y debemos ser «obstinadamente» proféticos.

Sí, después del relato del capítulo tercero del libro del Génesis, podemos hablar de una ley natural inscrita objetivamente en la realidad e inscrita en un plano personal y subjetivo en lo más profundo del corazón del hombre, lo que le da un valor universal que nos compromete a todos.

Nuestra época moderna, para no afrontar el drama del pecado, ha sustituído el concepto metafísico de naturaleza entendido en el sentido aristotélico y tomista o, como define la Fides et ratio en el párrafo nº83, como capacidad de «cumplir el paso tan necesario como urgente del fenómeno al fundamento», por una concepción positivista que, según Benedicto XVI, «entiende la naturaleza de manera puramente funcional, como la explican las ciencias naturales». Sobre la base de esta concepción reductiva y funcional de la naturaleza se ha formado una convicción fundamental propia de nuestro tiempo, «la teoría según la cual, entre el ser y el deber ser existiría un abismo insuperable. Del ser no puede derivar el deber porque se trataría de dos esferas totalmente diferentes» (Discurso ante el Bundestag, 22 de septiembre de 2011)

¡La Iglesia siempre ha afirmado y enseñado que esto no es así!

Del ser resulta un precioso «deber ser» que puede y debe realizarse progresiva y resueltamente con la ayuda de la gracia. La alternativa sería la disolución del ser en sí mismo y conduciría, en consecuencia, a relegar el «deber ser» sólo al dominio de la voluntad subjetiva; sería la dictadura del yo, del poder, de lo arbitrario, del estado; sería el fin de toda justicia posible, de una justicia fundada en la realidad y en la razón.

Para superar este desorden que ha perturbado el vínculo conyugal es indispensable la ayuda de la gracia así como la experiencia de la misericordia. Conviene no olvidar jamás que «sin esta ayuda, el hombre y la mujer no pueden realizar la unión de sus vidas según la finalidad para la que Dios los creo» (CCC, 1608).

3. El matrimonio en el orden de la gracia

Por lo tanto, se impone como evidencia que el abandono de la vida espiritual de un número creciente de bautizados haya determinado el fracaso de tantos vínculos conyugales y proyectos familiares.

Si la unión del hombre y de la mujer, tal y como es querida por el Creador, está profundamente herida por el pecado, entonces sólo la gracia, la vida nueva en Cristo puede curar tales heridas, volviendo a dar al matrimonio todo el esplendor de su origen porque, «en el principio no era así» (Mt 19, 8b), palabras que Jesus dirigió a sus interlocutores que sostenían la legitimidad del repudio según la ley mosaica.

Sabemos por los textos biográficos que tanto Luis como María Celia consagraron por entero su corazón a Dios. Recordemos que sólo una relación íntima y personal, plena y viva con Cristo resucitado permite a la conciencia fiel prestar atención a tal intuición y disponerse a ella.

Incluso el tema de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, casi trágico actualmente, si lo observamos sólo desde el punto de vista humano y de los datos, tenemos que considerarlo desde un punto de vista sobrenatural, el único que conviene pues sólo la fe puede dar el marco auténtico a la vocación, que no es más que una relación personal con Cristo, un modo de vida que Dios determina para cada uno.

El reencuentro y la intuición de la llamada al matrimonio fue tan auténtico en los santos esposos Martin que no pusieron en duda su deseo de consagrarse a Dios y debieron hacer un camino espiritual específico para acoger un proyecto de vida parental y abrirse a la intimidad física de la procreación.

Podemos decir que la relación de Dios con cada uno de ellos y con los dos fue total y que ninguno de los dos tuvo jamás la mínima confusión entre la criatura y el Creador. Los dos habían, sencillamente y como se debe hacer, reconocido una «señal», la señal elocuente del amor total e indefectible de Dios por el hombre.

Todo matrimonio entre bautizados, que es un sacramento, está llamado a expresar plenamente ese don total que Dios hace de Sí mismo al hombre y la alianza definitiva que quiso sellar con toda la humanidad enviando a su único Hijo.

Los santos esposos Martin acogieron los dones de la gracia; los conservaron y los hicieron fructificar, llegando a ser para la Iglesia y para el mundo entero modelos a imitar e intercesores a los que se puede invocar en las dificultades de la vida conyugal y familiar.

Los santos, en efecto, no son seres perfectos cuya vida haya estado sin problemas y libre de todo obstáculo y sufrimiento, ¡todo lo contrario! Los Martin tuvieron que afrontar la dureza de la vida comenzando por la dimensión económica y profesional.No ahorraron nada para poder asegurar a sus hijos una existencia digna, para preparar « el ajuar » de sus numerosas hijas y darles una educación cristiana correcta.

Todos los esposos cristianos están llamados a alcanzar la cumbre de la santidad, sobre todo por medio de la obediencia a la naturaleza de matrimonio, único e indisoluble, elevado por Cristo a la dignidad de Sacramento y, gracias a la Redención, al nuevo orden de gracia restaurado, después de la caída del pecado, a la dignidad que había tenido en su origen.
¡Ésto no es un ideal abstracto!

Es la realidad del matrimonio tal y como se presenta después de Cristo, después de la Redención y de la que necesariamente se benefician de los lazos de matrimonio en el único marco asignado a ellos, es decir, aquí abajo.

A menos que se afirme que el Cristo que redimió a todo el hombre no ha redimido el vínculo conyugal, una afirmación obviamente carente de fundamento alguno tanto a nivel histórico como en el plano lógico, antropológico y teológico!

Es bueno recordar a este propósito lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica : « Esta insistencia inequívoca sobre la indisolubilidad inequívoca del vínculo matrimonial pudo causar perplejidad y parecer una exigencia irrealizable. Sin embargo, Jesús no impuso a los esposos una carga imposible de llevar y demasiado pesada, más pesada que la Ley de Moisés.Viniendo para restablecer el orden inicial de la creación perturbado por el pecado, da la fuerza y la gracia para vivir el matrimonio en la dimensión nueva del reino de Dio. Siguiendo a Cristo, renunciando a sí mismos, tomando sobre sí las cruces, los esposos podrán comprender el sentido original del matrimonio y vivirlo con la ayuda de Cristo. Esta gracia del matrimonio cristiano es un fruto de la Cruz de Cristo, fuente de toda vida cristiana. » (nº1615)

Nuestros queridos y santos esposos Martin supieron hasta el fin « renunciar a ellos mismos », « llevar su propia cruz », « comprender » lo que no a todos es dado comprender y realizar y vivir, con la ayuda indispensable de la gracia, un matrimonio cristiano, auténtico y santo.

La oración es el primer medio de santificación en este camino y será siempre -y sobre todo hoy en día- el primer medio, la principal garantía para salvaguardar todo matrimonio.

La familia que reza unida permanece unida porque en la oración cada uno es llamado a reconocer la presencia de Dios, que esto sea en el otro o en la misma comunión familiar, convertida en Sacramento, es inviolable.

Viendo rezar a sus santos padres, los hermanos Martin aprendieron la importancia de Dios en la vida de los hombres. Aprendieron a familiarizarse con su dulce presencia que no se puede justamente transmitir y guardar fielmente más que en el calor humano de una familia practicante. Ellos « bebieron » con la leche materna la santa fe católica y vieron crecer en sus padres, en medio de sus esfuerzos y de su afecto, su capacidad de sacrificarse, verdadero testimonio y verdadera medida del amor.

En nuestra sociedad postmoderna que tiene miedo a la palabra « sacrificio » hasta el punto que casi es desconocida en la realidad cotidiana, los Martin nos recuerdan lo que nosotros mismos sabemos bien, que sin sacrificio, sin el esfuerzo cotidiano, sin el total don de uno mismo no es posible obtener ningún resultado, sea el que sea. Y menos aún alcanzar la santidad que históricamente hemos valorado en el único sacrificio eterno, el de Cristo en la Cruz.

Me parece que puedo identificar lo esencial del mensaje de Luis y de María Celia Martin con este aspecto del « sacrificio », un aspecto santo pero que yo llamaría « normal ». Un hombre y una mujer que se entregaron totalmente a Dios y que así pudieron recibir la gracia, entrar en relación con Él, darse totalmente el uno al otro y entregarse al proyecto familiar, generoso y santo que Dios tenía para ellos.

Vida de oración intensa, de participación en la santa Misa, de confesión regular, de fidelidad a los deberes de estado (profesionales y familiares), de espíritu de penitencia, de sincera humildad, de profunda confianza en la Providencia y de abandono en Dios en cualquier necesidad, de libre acogida de los dones del Señor, sobre todo del don de la vida, de disponibilidad a inmolarse por el otro, de morir de amor por el otro.

Tales son los rasgos característicos de este matrimonio extraordinario, ejemplo para todos nosotros, y que traza a todos los bautizados que son llamados al matrimonio el camino que deben recorrer con la ayuda del Espíritu Santo.

Un último aspecto que quiero destacar de forma especial en los Martin es la relación entre la vocación matrimonial y la vocación virginal tal como se perfila en los acontecimientos concretos de su vida. Ya he hecho alusión al deseo de Luis y Celia de consagrarse al Señor. ¿Cómo no ver también los frutos que su unión ha traído a la Iglesia y a la historia de la humanidad?

Se ha calificado a esta familia de « tierra santa ». El comportamiento de los padres con los abuelos ancianos y enfermos y con sus hijos, estuvo sostenido por una óptica de fe sencilla, de oración y de caridad.
La fecundidad de esta « tierra santa » y la generosidad para acoger la vida se traducirá en el nacimiento de nueve hijos. María Celia vio morir a tres de ellos cuando eran muy pequeños y a su hija Elena a la edad de cinco años.
Ante cada una de estas tragedias, que desgraciadamente no eran raras en la época, esta madre heroica vibraba de esperanza cristiana, preocupándose por la vida eterna de sus hijos.
¡Ésto es es virginidad de Madre !

Paulina, María, Celina, Teresita y Leonia entraron en el convento y mirad lo que dijo el papá Luis: « ¡Dios mío, me haces un gran honor con ello! »

Hay una profunda reciprocidad entre la vocación matrimonial y la virginal y es urgente redescubrirla y repensarla en toda su fecundidad y belleza, un redescubrimiento que los santos esposos Martin nos ayudan a hacer hoy.

Si en la cultura dominante, la fidelidad e indisolubilidad conyugal parecen imposibles para toda la vida, ¡cómo no va a ser lo mismo y más aún en lo que concierne a la fidelidad de la virginidad consagrada para siempre!

En realidad, sabemos bien que la virginidad por el reino de los cielos es, en realidad, el desarrollo de la gracia bautismal, un signo poderoso de la preeminencia de vinculo de la unión con Cristo, de la ardiente espera de su retorno, signo que recuerda igualmente que el matrimonio es una realidad que manifiesta el carácter pasajero de este mundo.

Recordemos también que estas dos realidades, el sacramento del matrimonio y la virginidad por el Reino de Dios vienen del mismo Señor, que es quien les da sentido y la gracia indispensable para vivirlos conforme a su Voluntad. La estima de la Virginidad por el Reino y el sentido cristiano del matrimonio son inseparables y se apoyan mutuamente. (Cf CCC 1619-1620)

El porvenir de las vocaciones, queridos amigos, queridas familias, no está en una cierta « acción pastoral por las vocaciones », que busca a veces imita torpemente al mundo y que por lo tanto no tiene éxito; tampoco está en tantas derivas de tipo sicológico o sociológico que dejan todo en las manos del hombre y a sus elecciones sin dejar lugar a la gracia y a la obra de Dios.

¡La primera y necesaria acción pastoral por las vocaciones es la acción pastoral para las familias!
En el corazón de la familia creyente y que reza es donde se puede plantar y ver germinar hoy la buena semilla de la vocación. El ofrecimiento de los hijos al Señor y su consagración al Corazón Inmaculado de María desde su nacimiento es ¡quien puede sostenerla en su camino!

No olvidemos nunca que los padres, de rodillas delante de Dios, deberán poner en el corazón de sus hijos esta pregunta: « ¿Quién es Aquel ante el Cual se arrodillan mis padres? » Ellos no olvidarán nunca estas escenas que vieron de pequeños no sólo en la Iglesia sino, sobre todo, en la casa, en la intimidad y en la verdad de este recinto doméstico.

Los santos esposos Martin podrían decir hoy con toda propiedad: « ¡La familia es mi monasterio! » y no sólo por el número de monjas que de ellos nacieron sino porque vivieron la realidad de la familia por la cual existe: ser un lugar de la presencia de la presencia de Cristo.
A ésto están llamados todos monasterio de todos los tiempos.

La verdadera revolución que nos espera y que podemos llevar al mundo es, queridos amigos, « la revolución de la santidad » porque no hay nada más moderno, más vivo, más actual y más rico en novedad que los santos que ¡hacen visible y tangible a Cristo Resucitado!

¡Qué la Santísima Virgen María, la Inmaculada, la Virgen y Madre en quien los Martin tuvieron siempre puestos sus ojos y le profesaron una tierna devoción, invocándola en la horas alegres y tristes de su vida, nos acompañe a cada uno de nosotros en nuestro propio camino de santidad! ¡Qué defienda a la familia ahora y siempre para que sea un lugar de auténtica evangelización y de verdadero abandono en el designio natural del Creador!

¡Qué la Virgen María nos conceda un rayo de su amor infinito a su Hijo divino, de su fe perfecta y de su atención obsequiosa de Madre a fin de que cada uno de nosotros, mirando a los santos y a través de ellos al Santo de los Santos, podamos decir, ahora y siempre y cada día, su « Aquí estoy » con alegría y pureza de corazón!

Fuente: Santuario de Lisieux

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