Card. Giacomo Biffi

Elogio del profeta de desventuras

«Y a ti misma una espada te atravesará el corazón» (Lc 2,35).

Como podemos ver, Simeón es un profeta de desventuras, tal como lo fueron todos los profetas antiguos, como Juan el Bautista y el mismo Jesús.

Solo los falsos profetas nos llevan a soñar con un tiempo de tranquilidad sin lucha, de bienestar sin interrupciones, de aprobaciones y elogios por parte de la cultura mundana. Los verdaderos mensajeros de Dios, por otro lado, nos ayudan seriamente, preparándonos para las pruebas que inevitablemente tendremos que encontrar. Claro que existen profetas de desventuras que tenemos que evitar: los que tratan de matar en nosotros las razones de la esperanza cristiana porque nunca la anuncian, o por lo menos no anuncian más con fuerza y ​​claridad, la existencia de Cristo vivo y Señor, la belleza de la Iglesia, la Novia inmaculada que no puede desvanecerse, la victoria final del Reino de Dios; victoria que inevitablemente terminará este asunto de penas y culpa que es la historia humana.

Antes de esto, Simeón de ese Niño había dicho: «será causa de caída y de elevación» (Lc 2, 34). En realidad, el Hijo de Dios es, como dice San Pedro, la «piedra angular» que puede convertirse en una «piedra de tropiezo» (1 Pt 2,6), porque precisamente con respecto a él, los hombres son llamados a tomar partido, «Signo de contradicción», como se expresa el viejo Simeón.

Pero si el Hijo de Dios que vino entre nosotros es, y siempre será, un «signo de contradicción», entonces no siempre es verdad que debemos cuidar lo que une más de lo que divide, como a menudo escuchamos, ya que precisamente Jesús es la causa de la división más profunda entre los hombres. Ese principio está en numerosos casos en claro contraste con el Evangelio, que nos enseña que más que nada debemos prestar atención a Cristo, que es la verdad ofrecida a todos sin exclusiones. En él y solo en él, «luz para iluminar a los pueblos», se debe buscar la fuente de la verdadera pacificación del universo y la deseada unidad de todos los hijos de Adán.

La historia de la salvación no es una comedia con un final feliz obligatorio para todos; es un drama donde uno puede decidir acoger al Salvador o rechazarlo. De ahí la gran relevancia de nuestro compromiso apostólico; de ahí la urgencia de que aquellos que se han alistado bajo los estandartes del Redentor trabajen con todas sus fuerzas, sin deserciones y sin cansancio, para que la redención logre conquistar a todos los corazones.

Por lo tanto, estamos involucrados en un asunto muy serio, que nos exige una voluntad seria y decidida de participar. Que el Señor nos conceda hacer cada vez más, sin disipaciones y sin titubeos, testigos de su verdad e instrumentos de su misericordia, para la salvación de todos.

Card. Giacomo Biffi, 2 febrero 1991.

%d bloggers like this: