S.S. Benedicto XVI

«No abandono la cruz»

«Creer no es otra cosa que,
en la noche del mundo,
tocar la mano de Dios
y así, en el silencio,
escuchar la Palabra,
ver el Amor».

Benedicto XVI,
al concluir los ejercicios espirituales
para la Curia Romana,
el 23 de febrero de 2013,
antes del final de su pontificado.

 

«No abandono la cruz»

Después de sus últimas celebraciones litúrgicas como papa en funciones y su despedida del Palacio Apostólico comienza una nueva historia. Junto con su entorno más cercano –los secretarios Georg Gänswein y Alfred Xuereb y las cuatro hermanas de la asociación laical Memores Domini– se traslada primero a la residencia papal de verano en Castel Gandolfo. ¿Siguió desde allí el cónclave?
Por supuesto.

¿Qué impresión le dio?
Como es natural, no recibimos a nadie, eso está claro; y tampoco mantuvimos ningún tipo de contacto con el mundo exterior, pero vimos lo que se podía ver en televisión. Sobre todo la tarde de la elección pasamos mucho tiempo frente al televisor.

¿Tenía Ud. alguna idea de quién podría ser su sucesor?
¡No, en absoluto!

¿Ningún presentimiento, ninguna intuición?
No, no.

¿Cómo pudo entonces, al despedirse de la Curia, prometer obediencia incondicional a su futuro sucesor?
El papa es el papa, con independencia de qué persona desempeñe el ministerio.

De todas formas, se supone que Jorge Mario Bergoglio figuró ya entre los favoritos en el cónclave de 2005. ¿Fue realmente así?
No puedo decir nada al respecto. (Risas).

¿Qué pensó cuando vio aparecer a su sucesor en el balcón de la basílica de San Pedro? Y además vestido de blanco…
Bueno, eso es cosa suya, también nosotros íbamos de blanco. Lo que él no quiso llevar fue la muceta. Eso no me afectó en absoluto. Lo que me conmovió hondamente fue que ya antes de salir al balcón, intentó hablar conmigo por teléfono, pero no me localizó, porque estábamos frente al televisor; cómo oró luego por mí, el momento de meditación, la cordialidad con la que saludó a las personas, de suerte que, por así decirlo, la chispa prendió de inmediato. Nadie esperaba que fuera él. Yo lo conocía, por supuesto, pero no había pensado en él. Desde este punto de vista, fue para mí una gran sorpresa. Pero luego enseguida me ganó: por una parte, su manera de orar; por otra, cómo habló a la gente al corazón.

¿De qué lo conocía Ud.?
De las visitas ad limina y también por la correspondencia. Lo conocía como un hombre muy resuelto, como alguien que en Argentina decía con rotundidad: esto ocurre y esto otro no. Este aspecto de la cordialidad, de ese afecto tan personal por la gente, no lo había experimentado así; eso fue para mí una sorpresa.

¿Esperaba que fuera otro el elegido?
Bueno, sí; no alguien en concreto, pero sí otra persona.

En cualquier caso, Bergoglio no estaba entre los candidatos que Ud. imaginaba…
No, no pensaba que él se encontrara entre los principales candidatos.

Aunque se dice, como ya he comentado, que en el cónclave anterior él se contaba, junto con Ud., entre los favoritos.
Eso es cierto. Pero yo pensaba que eso pertenecía al pasado. Ya no se oía hablar de él.

¿Se alegra del resultado de la elección?
Cuando oí su nombre, al principio no estaba del todo seguro. Pero cuando vi cómo hablaba con Dios, por un lado, y con las personas, por otro, me alegré de veras. Y me sentí feliz.

Por insistir en ello, ¿no puede decirse, pues, que saber o intuir quién iba a ser su sucesor habría facilitado su renuncia?
No. El colegio cardenalicio es libre y tiene su propia dinámica. No se puede predecir quién saldrá elegido al final.

En el papa Francisco hay mucho de novedoso: el primer jesuita en la sede petrina, el primero que lleva el nombre Francisco. Y, sobre todo, el primer papa del «Nuevo Mundo». ¿Qué significa eso para la estructura de la Iglesia católica universal?
Significa que la Iglesia es móvil, dinámica y abierta, que en ella tienen lugar desarrollos nuevos. Que no está anquilosada en esquema alguno, sino que nos depara sin cesar sorpresas; que es portadora de una dinámica capaz de renovarla de continuo. Esto es bello y alentador: que también en nuestro tiempo ocurran cosas que nadie esperaba y que muestran que la Iglesia está viva y llena de posibilidades inéditas.

Por otra parte, sí que era de esperar que Sudamérica desempeñara antes o después un gran papel. Es el mayor continente católico y, al mismo tiempo, el que más sufrimiento y problemas tiene. Allí hay obispos realmente grandes y, pese a tanto sufrimiento y tantos problemas, se trata de una Iglesia muy dinámica. Bajo esta óptica, también era en cierto modo la hora de Latinoamérica. Y no se debe olvidar que el nuevo papa es italiano y sudamericano a la vez, de suerte que aquí se manifiesta también el íntimo entrelazamiento del Viejo y el Nuevo Mundo, la unidad intrínseca de la historia.

Con el papa Francisco, la Iglesia católica universal deja, en cualquier caso, de esta centrada en Europa o al menos ya no lo está tanto.
Es evidente que Europa ya no constituye, como si se tratara de algo obvio, el centro de la Iglesia universal; antes al contrario, ahora la Iglesia, en su universalidad, realmente está presente con el mismo peso en los distintos continentes. Europa conserva su responsabilidad, sus tareas específicas. Así y todo, la fe en Europa se está debilitando tanto que, ya por eso, solo limitadamente puede seguir siendo la auténtica fuerza impulsora de la Iglesia universal y de la fe en la Iglesia. Y también vemos que la aparición de nuevos elementos –por ejemplo, africanos, sudamericanos o filipinos– propicia un nuevo dinamismo en la Iglesia, que rejuvenece y vuelve a dinamizar en cierto modo al envejecido Occidente, despertándolo del cansancio y del olvido de su fe. Cuando pienso en especial en Alemania, percibo ciertamente una fe viva y un compromiso a favor de Dios y de los hombres que brota de los corazones. Pero, por otra parte, sigue existiendo el poder de las burocracias, la teorización de la fe, la politización y la ausencia de un dinamismo vivo, que a menudo parece verse casi asfixiado por tanto sobrepeso estructural. Es alentador que en la Iglesia universal se hagan valer otros acentos y que Europa vuelva a ser evangelizada también desde el exterior.

Se dice que el buen Dios corrige un poco a cada papa con su sucesor. ¿En qué es corregido Ud. por el papa Francisco?
(Risas). En efecto, así es; diría que Francisco me corrige a través de su afectividad directa con las personas. Creo que eso es muy importante. Y también es de todo en todo un papa que da importancia a la reflexión. Cuando leo su exhortación apostólica Evangelii gaudium o también las entrevistas que concede, veo que se trata de una persona reflexiva, de una persona que aborda espiritualmente las preguntas de la época. Pero a la vez se trata asimismo de alguien que está muy cerca de la gente, alguien acostumbrado a relacionarse con las personas. El hecho de que no viva en el Palacio Apostólico, sino en la Casa de Santa Marta, se debe a que quiere estar rodeado de gente. Yo diría que eso se puede lograr también allí arriba [P. S.: o sea, en el Palacio Apostólico], pero el cambio de residencia pone de manifiesto el nuevo acento. De hecho, quizá yo no haya estado suficientemente con las personas. Y luego también es de destacar, diría yo, la valentía con la que afronta los problemas y busca soluciones.

¿No le resulta a Ud. su sucesor quizá un poco impetuoso de más, un poco excéntrico
(Risas). Cada persona tiene su temperamento. Uno es quizá un poco reservado, otro tal vez algo más dinámico de lo que uno imaginaba. Pero me gusta que salga tan directamente al encuentro de las personas. Por supuesto, me pregunto cuánto tiempo podrá mantener eso. Pues estrechar doscientas manos o más todos los miércoles, etc., cuesta mucha energía. Pero eso se lo dejamos al buen Dios.

¿Ud. no tiene, pues, ningún problema con las formas del papa Francisco?
No. Al contrario, me parecen bien.

El papa emérito y el nuevo papa viven ahora incluso en el mismo recinto, separados por unos cuantos cientos de metros. Se dice que Ud. está siempre a disposición de su sucesor. ¿Recurre este realmente a su experiencia, le pide consejo?
Por lo general, no existe motivo para ello. Me ha preguntado sobre determinados asuntos, también en relación con la entrevista que concedió a La Civiltà Cattolica [3] . Eso lo hago, por supuesto; me manifiesto sobre lo que se me pregunta. Pero en conjunto estoy muy contento de que no se me suela involucrar.

¿Significa eso que tampoco recibió Ud. antes de su promulgación la primera exhortación apostólica del papa Francisco, la Evangelii gaudium?
No. Pero en contrapartida me escribió una muy bella carta personal con su minúscula letra. Es mucho más pequeña que la mía. En comparación con él, yo escribo con una letra grande.

Algo que resulta difícil de creer.
¡Que sí, de verdad! La carta era muy cariñosa; en este sentido, acogí esta exhortación apostólica de un modo especial. Y encuadernada también en blanco, lo que solo se hace con los documentos pontificios. Estoy leyéndola. No se trata de un texto breve, pero es hermoso y está escrito de forma cautivadora. A buen seguro, no todo está escrito por él, pero sí que contiene muchas cosas personales.

Algunos comentaristas interpretaron este documento como un giro de ciento ochenta grados, sobre todo por la exigencia de descentralización de la Iglesia. ¿Ve Ud. en este texto programático una ruptura con su pontificado?
No. También yo he deseado siempre que las Iglesias locales sean lo más vivas posible en sí mismas y no precisen tanto de la ayuda de Roma. En este sentido, el fortalecimiento de las Iglesias locales es algo primordial. Aunque igualmente lo es que todas las Iglesias locales permanezcan abiertas unas a otras y al ministerio petrino, pues de lo contrario se tiende con facilidad a la politización, la nacionalización y los reduccionismos culturales. El intercambio entre las Iglesias locales y la Iglesia universal es muy importante. También debo decir que, por desgracia, justo en aquellos obispos que se oponen a la centralización se echan en falta las iniciativas que cabría esperar de ellos. De ahí que con frecuencia hayamos echado una mano. Pues cuanto mejor y más hondamente viva una Iglesia local desde el centro de la fe, tanto más contribuye al todo.

No se trata solo de que el conjunto de la Iglesia gobierne en la Iglesia local; también los asuntos de la Iglesia local son decisivos para el conjunto. San Pablo dice que, cuando un miembro está enfermo, todos los demás se ven afectados. Así, por ejemplo, si Europa se empobrece en la fe, ello supone también una enfermedad para los demás, y viceversa. Si en otra Iglesia irrumpiera la superstición o cosas que no deberían ser, o la increencia, eso siempre repercute en el conjunto. En este sentido, la interacción es muy importante. No funciona sin el ministerio petrino y el ministerio de la unidad. Pero tampoco puede prescindir de la responsabilidad de las Iglesias locales.

Así pues, ¿no ve Ud. por ninguna parte una ruptura con su pontificado?

No. Naturalmente cabe malinterpretar algunos pasajes, para luego afirmar que ahora todo es por completo distinto. Si se sacan pasajes de contexto, si se aíslan, se pueden construir antítesis; pero estas desaparecen cuando se considera el conjunto, Quizá haya nuevos acentos, cómo no, pero no antítesis.

Tras el tiempo de pontificado que lleva el papa Francisco, ¿está Ud. contento?
Sí. En la Iglesia se respira una nueva frescura, una nueva alegría, un nuevo carisma que llega a las personas; y todo eso es, sin duda, algo hermoso.

De sus discursos de despedida en la plaza de San Pedro llamaron la atención de modo muy especial dos frases. La primera la dijo durante su último ángelus, cuando afirmó: «El Señor me llama a ascender al monte Tabor». ¿Qué quería decir con ello?
Eso venía dado inicialmente por el evangelio del día. Pero ese evangelio había cobrado en aquellas fechas un sentido muy concreto. Significaba, por así decirlo, que me iba con el Señor; que ascendía de la cotidianidad de la vida a otra altura, donde puedo estar con él de forma más directa e íntima; que con ello también me desasía de las grandes multitudes con las que había estado tratando y me internaba en esta mayor intimidad.

El hecho de que su última gran celebración litúrgica fuera la del Miércoles de Ceniza no puede atribuirse, a buen seguro, a la casualidad. Fue como si nos dijera: «Mirad, aquí quería conduciros: purificación, ayuno, penitencia».

También esto vino dado. Ciertamente, cuando maduraba la decisión, también pensé en este Miércoles de Ceniza. En que con ello todavía tendría oportunidad de celebrar una liturgia solemne. En realidad, la celebración tendría que haberse llevado a cabo en Santa Sabina, porque es la antigua iglesia estacional; pero dadas las circunstancias, decidimos trasladarla a San Pedro. Y eso lo viví como un guiño de la providencia: que mi última liturgia fuera la apertura de la Cuaresma y estuviera vinculada, por consiguiente, con el memento mori, con la seriedad de adentrarse en la pasión de Cristo, pero al mismo tiempo también en el misterio de la resurrección. Tener, por una parte, el Sábado de Gloria presidiendo el comienzo de mi vida y, por otra, el Miércoles de Ceniza –con su poliédrico significado– presidiendo el final de mi ministerio concreto, fue algo en parte buscado y en parte dispuesto por la providencia.

La segunda frase de despedida reza, pronunciada con gran énfasis: «No abandono la cruz».

Bueno, de algún modo se había dicho que me había bajado de la cruz, que había optado por lo más cómodo. Ese es un reproche con el que también tenía que contar y con el que me vi obligado a confrontarme, sobre todo interiormente, antes de dar el paso. Estoy convencido de que no fue una huida, por supuesto no de la presión práctica, que no existía. Pero tampoco una huida interior de la exigencia de la fe, que lleva al ser humano a la cruz. Se trata más bien de otro modo de permanecer unido al Señor sufriente: en la quietud del silencio, en la grandeza e intensidad de la oración por la Iglesia entera. Así entendido, el paso que di no fue una huida, sino justamente otro modo de permanecer fiel a mi ministerio.

No organizó una gran celebración de despedida, sino que se limitó a una audiencia general.

Si se hubiera celebrado la despedida, habría tenido lugar la mundanización de la que Ud. hablaba. Debía mantenerse en el marco de lo que es inherente a un ministerio espiritual. En este caso, la liturgia del Miércoles de Ceniza y el encuentro con los fieles en la plaza de San Pedro, con alegría y actitud reflexiva a la vez. Con lo cual no es el destino personal de este hombre concreto lo que ocupa el primer plano, sino el hecho de que está ahí en representación de otro. En este sentido, fue absolutamente acertado encontrarme, por una parte, con la Iglesia como un todo y, por otra, con las personas que querían despedirse. Y hacerlo no en el sentido de una celebración mundana, sino como encuentro de unos con otros en la palabra del Señor y en la fe.

Que luego se marchara de allí volando en helicóptero también formaba parte de algún modo de esta dramaturgia, al menos contemplada desde fuera. Podría decirse que nunca antes un papa vivo había ascendido al cielo…

(El papa se ríe).

¿Qué se le pasó por la cabeza?
Me conmoví profundamente. La cordialidad de la despedida, el hecho de que mis colaboradores (se le quiebra la voz) no pudieran contener las lágrimas. Luego, en lo alto de la casa Pastor Bonus había una gran pancarta con la inscripción: «Que Dios te lo pague», y las campanas de Roma… (el papa llora). Eso me conmovió mucho. Pero, en cualquier caso, volando sobre Roma y oyendo el tañido de las campanas, supe que podía estar agradecido, que mi estado fundamental de ánimo era la gratitud.

Benedicto XVI, Últimas conversaciones con Peter Seewald, Cap. 3

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