Padres del desierto

¿Por qué juzgas a tu hermano? (II)

Enseñanzas de los Padres sobre la crítica, la maledicencia y la calumnia

«Por tanto, no juzguen antes de tiempo; esperen la llegada del Señor, él iluminará lo que está oculto en las tinieblas y pondrá al descubierto las intenciones del corazón. Entonces cada uno recibirá su calificación de Dios» (1 Cor. 4, 5)

LA MALEDICENCIA Y LA CRITICA

1. QUE SON LA MALEDICENCIA Y LA CRITICA

No pretendemos enumerar todos los posibles sig­nificados de estas dos palabras. Por ello no recurrire­mos, en este tratado, a la lengua clásica para buscar la etimología de ambos términos y tampoco se seguirá la evolución a través de los textos cristianos que van del Nuevo Testamento a los antiguos escritores eclesiásticos y los Padres de la Iglesia.

Se examinarán únicamente los textos ascéticos so­bre la maledicencia y la crítica.

Incluso este esfuerzo no se llevará a cabo a nivel científico, dado que la finalidad de este libro es otra. Basilio el Grande, en sus Reglas Breves, responde a la pregunta: «¿Qué es la maledicencia?», y, tras explicar cuándo está permitido manifestar el pecado del hermano, afirma: «Con exclusión de estos casos, todas las ve­ces que uno hable del otro, con el fin de difamarlo o burlarse de él, cae en el pecado de maledicencia, inclu­so cuando sea verdad lo que afirma».

El Beato Antioco del Monasterio de S. Saba (+620) repite las mismas palabras: «En ausencia del hermano no se debe hablar mal de él para difamarlo, aunque di­gamos la verdad. Esto sería maledicencia».

Un día preguntaron al gran Padre espiritual Barna­sufio (+540): «Si veo a alguien cometiendo algún acto y se lo cuento a los demás sin criticar; sino sólo mencio­nándolo, ¿cometo maledicencia en mi mente, padre?» Y Barnasufio respondió: «Si lo que te ha movido a hablar ha sido la animosidad, la antipatía o la pasión, entonces es maledicencia. Si lo haces sin ninguna pasión, no es maledicencia y sucede para que el mal no aumente más.»

Juan Clímaco, en una obra dedicada totalmente a la maledicencia, escribe entre otras cosas: «La maledi­cencia es fruto del odio; es como una sutil enfermedad que vegeta como una gran sanguijuela en el cuerpo del amor. La maledicencia es falso amor, desaparición de la pureza, suciedad y un peso para el corazón».

Doroteo de Gaza afirma: «Una cosa es decir que uno ha hecho mal algo y otra cosa es criticar. La male­dicencia es decir, por ejemplo, que uno ha mentido, se ha ofendido por algo, se ha prostituido o algo parecido. En pocas palabras, es hablar mal de una persona reve­lando, con mala intención, sus pecados. La crítica es afirmar que dicha persona es mentirosa, irascible o in­moral. En estos casos se critica la disposición íntima de su alma y se juzga el comportamiento y la vida del pró­jimo. Actuando así se le condena como si realmente fuese culpable».

La maledicencia se da cuando, movidos por moti­vos impuros, comunicamos a otros los errores del her­mano, independientemente del hecho de que el conteni­do de las palabras sea verdadero o falso. La crítica, sin embargo, se produce cuando manifestamos a otros, o a nosotros mismos, un juicio de condenación, no en relación con la acción del hermano sino con respecto a su persona.

Esta distinción es importante, pero no debemos ol­vidar que la maledicencia y la crítica se consideran pe­cados aunque se diferencien en base al objeto al que se refieran. Por eso se tratarán conjuntamente y se usarán a menudo como sinónimas.

2. FORMAS DE MALEDICENCIA Y CRITICA

Hay distintas formas de criticar o censurar: algu­nas inmediatas y evidentes, otras indirectas y difícilmente observables. Las primeras son típicas de perso­nas ignorantes y desconocedoras del mal producido, mientras que las segundas son propias de los hombres de mundo y de los cristianos, que no saben que la ma­ledicencia y la crítica son contrarias a las enseñanzas del Evangelio.

Al actuar así ofenden al prójimo, sin que aparente­mente tengan esta intención.

Empezaremos por el segundo tipo de crítica, el in­directo, cuyo ejemplo típico es la unión del elogio y la crítica. El Beato Talasio (siglo VII, aprox.) afirma: «Su­cede a menudo que la crítica al hermano esconde la en­vidia enmascarada con el elogio».

Y, con mayor claridad, el Beato Marco el Eremita (+ 430, aprox.), aunque parte de otro punto de vista, sostiene: «El que elogia a su prójimo y lo critica al mis­mo tiempo, sufre de vanidad y envidia: con los elogios se esfuerza por esconder la envidia y con la crítica se descubre a sí mismo».

Máximo el Confesor va más adelante y dice al que une el elogio con la crítica, aún de forma inconsciente: «Cuando alabes habitualmente a un hermano delante de otros, estate atento a no falsear tus alabanzas, encu­briendo inadvertidamente un hastío hacia él y mezclan­do acusaciones inconscientes a tus palabras».

Otro ejemplo de maledicencia es el que tiene como motivo el amor. Juan Clímaco dice: «He oído calumniar a algunos y los he reprendido. Para defenderse, esos malvados me han respondido que lo habían hecho im­pulsados por el amor y la preocupación hacia alguien. Les he contestado que es mejor dejar de amar de ese modo, para que no parezca mendaz el salmo que dice: «Haré perecer al que calumnia en secreto a su prójimo» (Sal 101, 5). El que dice que ama, que rece más bien en secreto y no critique a nadie. De esa forma su amor será agradable al Señor».

Algo parecido afirma también Isaac el Sirio (siglo VII): «¿Por qué sientes odio, oh hombre, hacia el pecador? Esto no es honesto como tú crees. ¿Dónde está tu justicia, si no sientes amor? En lugar de perseguirle, ¿por qué no has llorado por él?».

Otro tipo de maledicencia puede nacer de la co­rrección del que se ha equivocado. Tal comportamiento no ha sido aceptado jamás por los Padres, porque no han creído que un acto hecho con mala intención pu­diese llevar a un buen resultado. Por el contrario, han enseñado que dicha táctica sólo puede hacer mal».

Entre las Sentencias de los Padres del Desierto se en­cuentra el siguiente ejemplo: «En un cenobio, un her­mano fue acusado de prostitución y, afligido, se dirigió al Abad Antonio. Sus hermanos, llegados más tarde, le reprendieron con el propósito de corregirle, utilizando mil observaciones, pero el monje seguía diciendo que era inocente. El Abad Pafnuzio de Kefalá, que estaba presente en aquel momento, dijo la siguiente parábola: «Una vez vi, desde la orilla de un río, a un hombre me­tido en el fango hasta las rodillas. Algunos, que corrie­ron para ayudarle, le hundieron hasta el cuello». El Abad Antonio elogió a Pafnuzio y los otros padres en­tendieron su error y pidieron perdón al monje que ha­bía sido calumniado, que volvió a su monasterio».

3. POR QUE SOMOS IMPULSADOS A LA MALEDICENCIA Y LA CRITICA

Se ha visto que hay varias formas de maledicencia y crítica porque varios son sus móviles. Entre éstos, la envidia es, a menudo, la que se considera como princi­pal.

«Los demonios intentan por todos los medios ha­cernos pecar y, cuando no obtienen lo que quieren, nos impulsan a criticar a los que se equivocan. Al hacer esto, infectan nuestra resistencia a sus tentaciones. Has de saber que la maledicencia es la señal de los que guardan rencor y de los que sufren por celos: con ale­gría acusan y critican las enseñanzas o acciones del pró­jimo».

Junto a esta observación, debida a Juan Clímaco, está la del Beato Nilo de Ancira (+ final del siglo IV), que dice: «Algunos, que permanecieron ignorados a pe­sar de su devoción, buscan la fama a través de la mal­dad e, impulsados por la envidia que otros les han in­fundido, se esfuerzan en encontrar pretextos para criticar a los que son primeros en la virtud».

Además de la envidia y el odio, otras causas de maledicencia son: la superficialidad, las habladurías, la costumbre de contar chismes y la tendencia a sobreesti­marse a sí mismo, que, según dicen los Padres, es impo­sible de reconocer a primera vista.

La excesiva valoración de uno mismo se presenta de dos formas: en la mentalidad farisaica o en la pre­tensión de que los otros sigan al que está adelantado en la virtud.

Caritone el Confesor dice con respecto a la prime­ra actitud: «El móvil se justifica por sí mismo». Y tam­bién: «Evita, con todas tus fuerzas, juzgar a tu herma­no, porque el juicio nace de un alma llena de desprecio. El que critica se comporta como un fariseo, porque se presenta como un santo para autojustificarse».

Con respecto a la segunda forma de sobreestimar­se, Doroteo de Gaza dice: «No somos auténticos virtuo­sos si tenemos la pretensión de que nuestro prójimo nos imite. Le inducimos a hacer o le acusamos de no hacer una determinada acción, en vez de desear para nosotros el cumplimiento de los mandamientos. ¡Debemos acu­sarnos a nosotros mismos y no a los demás!».

4. LAS CAUSAS DE LA MALEDICENCIA Y LA CRITICA

Buscar las causas de la maledicencia y la crítica, con independencia de los móviles que conducen a ellas, significa encontrar el motivo profundo del pecado en el hombre.

Todas las causas de la maledicencia (la parcialidad y la pseudo seguridad del juicio humano, la imposibili­dad de valorar objetivamente las situaciones de los de­más, la ignorancia del pensamiento de Dios) se pueden reducir a cuatro raíces profundas del mal: dos de natu­raleza gnóstica y dos de carácter moral.

Las primeras aluden, en otras palabras, a la con­cepción personal del pecado, mientras que las otras se refieren al sentimiento que impulsa al hombre a pecar. La cuarta causa de maledicencia, que está en la base del juicio de los seglares hacia los monjes, radica en la idea de que el ejercicio espiritual cambia no sólo el ca­rácter de la persona, sino también su naturaleza.

La primera causa de maledicencia parte de la con­cepción, típicamente gnóstica, de que toda acción lleva en sí misma la impronta del mal o del bien. Si fuese así, se podría controlar el pecado o la virtud y juzgar la moralidad del prójimo en base a su comportamiento, pero dicha concepción no es en absoluto cristiana (a pe­sar de que los cristianos estén convencidos de ello desde hace mucho tiempo), porque no tiene en cuenta la in­tención, que es el fundamento de la moralidad. Y cuan­do se habla de intención no se debe pensar sólo en la de aquel que es juzgado, sino también en la intención del que juzga.

Según la enseñanza de los Padres, no está permiti­do juzgar en base a las apariencias, porque las vías de la perfección son múltiples y diversas.

Dos ascetas pueden comportarse de forma total­mente diferente ante un mismo acontecimiento y seguir ambos la vía justa, por más que su profundo y común criterio se resuma en el dicho «por Dios».

«Abbá Antonio evitaba la compañía de los demás hermanos y prefería la soledad y el silencio. Un con­temporáneo suyo, Abbá Moisés, era, por el contrario, cordial y hospitalario. Una vez, un monje que había vi­sitado a los dos se asombró de su comportamiento tan distinto, y sintió la necesidad de hacer algún comenta­rio. Entonces uno de los Padres, al oírlo, oró a Dios di­ciendo: «¡Señor, explícame por qué el primero se aleja del mundo por Tu nombre y el segundo abraza al mun­do en Tu nombre!» Y he aquí que aparecieron dos na­ves inmensas sobre el río: en una Abbá Antonio y el Es­píritu de Dios navegaban tranquilos; en la otra estaban Abbá Moisés y los ángeles de Dios, que le nutrían de miel».

Sobre este tema se expresa también Doroteo de Gaza: «Me acuerdo de que oí este relato: una nave con cautivos a bordo hizo escala en una ciudad. Vivía en ésta una mujer piadosa que se alegró al tener noticia de la llegada de la nave, porque desde hacia tiempo desea­ba adquirir una muchacha para educarla. Pensaba, en efecto, que si la educaba en base a sus propios princi­pios no aprendería la maldad de este mundo. Subió a la embarcación y adquirió una de las dos muchachas cau­tivas que había. La segunda, en cambio, fue comprada por un cómico. ¡He aquí qué misteriosos son los desig­nios de Dios! La mujer piadosa educará a aquella joven en el temor de Dios y en la práctica de las buenas obras, embebida en los ejemplos de los monjes y santifi­cada por el perfume de los santos mandamientos divi­nos. De la segunda criatura, que tocó en suerte al hom­bre de teatro, el demonio hará su propia criatura: ¿qué otra cosa le podría enseñar un hombre de mundo, salvo perder su alma? Así como una se ha encontrado en las manos de Dios, también la otra se ha encontrado en las del diablo. ¿Cómo se puede pretender que Dios exija lo mismo de ambas? ¿Acaso sería posible? Supongamos que caen las dos en el pecado de la prostitución o en otro pecado moral: ¿podremos decir, quizás, que la cul­pa tiene idéntico valor para ambas? La primera ha cre­cido con la mirada puesta en el Juicio Universal y en el Reino de Dios; la segunda, la infeliz, jamás ha oído ha­blar de la bondad: por el contrario, ha crecido entre obscenidades y fechorías. ¿Cómo se puede pretender de las dos un comportamiento idéntico?».

Simeón Metafrasto dice las mismas cosas en un aforisma dedicado al pecado. En la obra, donde se re­cogen varios escritos auténticos de Basilio el Grande o atribuidos a él, se afirma: «Los pecados de los hombres o bien son involuntarios o bien provienen de una intención malvada. Los primeros son juzgados con toleran­cia, los segundos son castigados duramente. Hay algu­nos que pecan porque desde la infancia han sido educados de forma errada, pues han nacido de padres injustos y crecido entre obscenidades y acciones perver­sas. Otros, sin embargo, han tenido muchas ocasiones de progresar en la virtud, porque han sido educados con modestia o con buenos consejos de sus padres o jus­tas enseñanzas de sus maestros. Finalmente, otros han frecuentado los Padres espirituales y han practicado el ayuno y educado su propia alma. No obstante, si uno de estos es arrastrado por el pecado ¿no es quizás justo castigar duramente a dicho culpable? El primero será acusado de no haber utilizado justamente las ocasiones salvíficas que Dios ha sembrado en la mente de los hombres; el segundo será culpado de haber traicionado la ayuda recibida y de haber caído en una vida disoluta a causa de su negligencia».

En este punto es necesario advertir al lector que, leyendo las Reglas Breves de Basilio el Grande, podría te­ner la impresión de que el Padre dice sobre este asunto todo lo contrario de lo que se ha afirmado en el párrafo citado. Pero no se trata de una contradicción, sino de una profundización ulterior del mismo problema.

En efecto, este gran obispo escribe en dicha obra: «La crítica a una persona depende de la intención con la que se comete el pecado y del modo como lo ha he­cho. ¿Es acaso el pecado de un hombre piadoso idénti­co al de un hombre indiferente? La diferencia entre am­bos es enorme. El hombre piadoso, precisamente por serlo, no sólo experimenta angustia, sino que lucha por dar gracias a Dios. Si ha caído, lo ha hecho por even­tualidad y sin quererlo. El indiferente, en cambio, no da importancia ni a sí mismo ni a Dios y, al no ver ningu­na diferencia entre el pecado y el esfuerzo de hacer el bien, es culpable de grandes faltas, como son el despre­cio a Dios y el no creer en Él. De tal modo que o des­precia a Dios, y por eso peca, o bien rechaza Su exis­tencia y, aunque se crea lo contrario, se daña a sí mismo por sus intenciones malvadas».

Este texto se diferencia de los precedentes en dos puntos: el hombre creyente peca parcialmente si es arrastrado por el mal, y el ateo se condena por su res­ponsabilidad personal y no, como anteriormente, por la mala educación recibida.

A propósito de las buenas acciones pensamos en lo que dice el Señor: «De igual modo vosotros, cuando ha­yáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer» (Lc 17, 10).

A pesar de los progresos espirituales, cuesta trabajo comprender las palabras que San Pablo dice de sí mis­mo: «Es cierta y digna de ser aceptada por todos esta afirmación: Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores, y el primero de ellos soy yo» (I Tim 1, 15). Precisamente él, que afirma que es el primero de los pe­cadores, puede decir que ha trabajado más que todos los otros apóstoles: «Por la gracia de Dios soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo» (I Cor 15, 10).

La segunda causa de maledicencia, en estrecha re­lación con la primera, es la visión «jurídica» de la mo­ral cristiana. Esta crea la idea de que la enseñanza cris­tiana es algo que viene impuesto por Dios como modelo de comportamiento y no como sentido profundo de la vida. El pecado se ve entonces como violación y no como daño personal; tanto es así que se llega a la para­doja de que el creyente mira al pecado con simpatía y al pecador con celos.

Para analizar el problema más a fondo, suponga­mos que un conocido nuestro está gravemente enfermo o ha sufrido un accidente. Si no somos malvados, es na­tural que experimentemos pena por él, tratemos de ayu­darle y demos gracias a Dios de no estar en su lugar. ¿Por qué mostramos un comportamiento totalmente dis­tinto cuando el mismo conocido se cubre de una man­cha moral? ¿Por qué, en lugar de llorar, nos llenamos de ira y sentimos satisfacción? ¿Por qué, en lugar de ayudarle, le acusamos y, en lugar de alabar a Dios por no estar en su situación, nos sentimos orgullosos de nuestras virtudes? El motivo es evidente: en el primer caso afirmamos que el accidente ha sido verdaderamen­te nocivo; en el segundo caso, sin embargo, no estamos seguros del todo del daño producido por el pecado y nos comportamos como personas celosas.

Estas causas de maledicencia y de crítica valen, so­bre todo, para los que se inician en la vida cristiana; es decir, para las dos primeras de las tres categorías de creyentes —los esclavos, los súbditos y los hijos— pre­sentes en la subdivisión de los Padres.

La tercera causa hay que buscarla, según los Pa­dres, en el orgullo. Entre los móviles de la maledicencia y la crítica, ya mencionados, está también el dicho fari­saico «justifícate a ti mismo». Es un móvil egoísta por­que separa al hombre de su semejante y le pone fuera de la sociedad en base al concepto de que el hombre es autónomo y puede existir y vivir sin la gracia de Dios. El pecado original se repite: la ruptura de la relación del hombre con Dios engendra la separación con sus se­mejantes. ¿Qué otra cosa sería, sino ruptura con Dios, la pretensión de vivir solos en la virtud?

Abbá Ammón (+396, aprox.) afirma que es odioso «considerarse a sí mismos algo o afirmar ser mejores que otros en la virtud».

Sobre el mismo tema, Evagrio Póntico (+345 aprox.), cuya influencia sobre la espiritualidad monástica es no­table, escribe: «Si el hombre, antes que nada, no se humilla, no podrá luchar. Sin la humildad, desprecia la gracia de Dios y desprecia al mismo tiempo también a su prójimo, afirmando que ha trabajado más que él».

La cuarta causa de maledicencia radica en la falsa convicción de que el ejercicio ascético cambia no sólo el carácter de los monjes, sino también su naturaleza; de modo que todo pecado, incluso el más pequeño, produ­ce una mutación natural en los monjes.

Sobre este tema, un escritor anónimo dice: «Debéis estar muy atentos en vuestras relaciones con los hombres del mundo. Porque ellos no tienen experiencia del ejercicio ascético y se equivocan en el modo de cri­ticar a los monjes. Creen que éstos, puesto que han cambiado su forma de vivir, han cambiado no sólo sus reglas sino, incluso, su misma naturaleza. Ellos no con­sideran a los ascetas como hombres que sufren por sus propios males y que los superan con la fuerza del alma, sino que creen que se han librado de todos los males que son propios de la naturaleza de sus cuerpos. Por tanto, como parten de una posición falsa, apenas ven a un hombre espiritual salirse de la vía justa, se transfor­man de admiradores fanáticos en acusadores implaca­bles, y se lamentan de sí mismos porque le habían elo­giado en el pasado. Así como la caída de un atleta arrastra a su adversario, que le sigue, así también los hombres, apenas ven caer a un asceta virtuoso se mofan de él y le lanzan las flechas de sus palabras. No piensan que también ellos, todos los días, son heridos por las flechas de mal».

Elías Voulgarakis, ¿Por qué juzgas a tu hermano?, Ed. Desclée de Brower, 1991.

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