G. K. Chesterton

La caridad es tan paradójica como la modestia o el valor

La caridad es tan paradójica como la modestia o el valor. Expuesta sin tapujos, la caridad equivale a una de estas dos cosas: o bien a perdonar lo imperdonable, o bien a amar lo que no es amable.

Pero si nos preguntamos (…) qué opinaría de semejante cuestión un pagano sensato, probablemente lleguemos al fondo del asunto. Un pagano sensato diría que hay gente a quien se le puede perdonar y gente a quien no: un esclavo que roba un poco de vino mueve a risa, pero uno que traiciona a su benefactor merece ser maldito y ajusticiado. En tanto el hecho sea perdonable, el hombre también lo es. (…) Eso es racional, e incluso alentador pero también una dilución. No deja lugar para el puro horror por la injusticia que tanto embellece al inocente, ni para la mera compasión por los hombres como tales, que tanto nos fascina a los caritativos.

El cristianismo interviene aquí igual que antes: desenvaina su espada y separa una cosa de otra, separa al crimen del criminal. Al segundo debemos perdonarlo setenta veces siete; al primero no debemos perdonarlo jamás.

No basta con que los esclavos que roben vino inspiren rabia y compasión al mismo tiempo. El robo debe indignarnos más que nunca y, pese a todo, debemos ser más bondadosos que nunca con los ladrones.

Hay espacio suficiente para la cólera y para el amor. (…)

Baste con decir aquí que un pequeño error en la doctrina podría tener terribles consecuencias para la felicidad de la humanidad. (…)


… El hijo de Dios no traerá la paz sino una espada cortante. La frase suena verdadera aun si se considera como lo que es: la afirmación de que cualquiera que predique el amor verdadero suscitará odio.

Es tan cierta de la fraternidad democrática como del amor divino; el amor fingido conduce al compromiso y a filosofías vulgares; en cambio, el amor verdadero concluye siempre con un derramamiento de sangre.

No obstante, hay otra verdad aún más terrible tras el evidente significado de esta afirmación de nuestro Señor. Según Él, el hijo era una espada que separa a un hermano del otro para que se odien eternamente. Pero el padre también era una espada que en los oscuros inicios separó a un hermano del otro para que por fin se amaran eternamente.

Ahí está la clave de la felicidad casi demencial de la mirada del santo medieval y de los ojos cerrados de la soberbia imagen budista. El cristiano es feliz porque se ha separado del mundo, está al margen de las cosas y las observa perplejo. (…)


El cristianismo es una paradoja sobrehumana en la que dos pasiones opuestas brillan juntas.

 

G. K. Chesterton, Ortodoxia.

%d bloggers like this: