Editorial

Vivir de cara a la muerte

La muerte llega pronto. ¿Qué significa «pronto»? Significa que puede ser hoy, mañana o dentro de 50 años. No lo sabemos y el Divino Maestro, en su infinita sabiduría, no nos dice cuándo. Pero tenemos esa certeza, nacemos con esa condena. Todos, todos vamos caminando hacia la tumba.

Los que tenemos fe, sabemos que ese no es el final, es el comienzo de la Vida, es un nuevo nacimiento a la Luz Eterna.

Pero más allá de las ideas, esta fe debe traducirse en nuestro día a día, en esta escuela de la vida. Cada día puede ser el último. Y algún día así será. Si viviéramos cada día como si fuese el último, siempre estaríamos preparados para el último viaje. Estaríamos con nuestras lámparas encendidas esperando al Esposo, velando, siempre atentos.

El corazón del hombre está abierto al infinito, por eso nunca nos parecerá suficiente, siempre querremos más. Nos damos cuenta por ejemplo cuando alguno de nuestros seres queridos es llamado a la Presencia del Señor. Siempre pensamos que podría haber vivido más, que podríamos haber compartido más, nos lamentamos de no haberlo amado más, de no haber estado más cerca, etc., etc.

Nuestro corazón está hecho para el Amor sin límites, por eso esta vida nunca será suficiente, por eso el amor que podamos dar y recibir nunca es suficiente, siempre podremos amar más. Y esa es la gracia que pedimos al Señor: amar cada día más, morir cada día más a uno mismo, a nuestro orgullo, a nuestro egoísmo. Y, por cierto, quienes han partido a la Casa del Padre, están más vivos que nosotros y ese Amor que nos une con ellos, sigue vivo para siempre. Eso es lo que queda: el Amor. Todo lo demás se desvanece.

Si fuéramos conscientes de esta finitud de la vida terrena, viviríamos de otra manera. Pensaríamos dos veces antes de enojarnos con quienes amamos, perdonaríamos mucho más, amaríamos mucho más, pensaríamos dos veces antes de hablar. No saldríamos de nuestras casas sin dar un beso a quien amamos; nunca sabremos si ese será el último beso, hasta que sea. Si fuéramos conscientes de la finitud de la vida terrena, cada oración, cada confesión, cada Santa Misa y Eucaristía, la viviríamos como si fuera la última. Al fin y al cabo, bien pueden serlo.

Muchas veces vivimos como si esta vida terrena fuera eterna y no lo es. Nos mentimos a nosotros mismos para no afrontar esta realidad que ciertamente no es fácil, que duele, que nos llama a desprendernos de todo, todo.

Si nos tocara afrontar la muerte hoy, ¿estamos preparados para partir? Si sentimos que no lo estamos, entonces empecemos hoy a prepararnos, a poner la vida en orden, los afectos en orden, a arreglar las cuentas con uno mismo, con los demás y con Dios. Estemos en vela, con nuestras lámparas encendidas.

Que el Señor aumente nuestra fe para que podamos abandonarnos en Él y estemos siempre con nuestras lámparas encendidas. Que la muerte no nos encuentre sin habernos arrepentido y que la Santísima Virgen interceda por nosotros y nos espere al Umbral de la Patria Celestial.

† Carolina de Jesús
08.12.2017

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