Navidad Orígenes

«Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz» (Lc 2,29)

Simeón sabía que nadie nos puede hacer salir de la cárcel de nuestro cuerpo con la esperanza de la vida futura, fuera de aquel que él tenía en sus brazos. Por esto dice: «Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz…» (Lc 2,29) porque, mientras no cogía en brazos a Cristo, estaba como encarcelado y no podía desligarse de sus cadenas. Es de notar que esto no vale únicamente para Simeón sino para todos los humanos. Si alguien sale de este mundo y quiere entrar en el Reino que tome a Jesús en sus manos, que lo estreche entre sus brazos, contra su pecho y entonces se puede ir, lleno de alegría, a donde desea.

«Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios ésos son hijos de Dios» (Rm 8,14). El Espíritu Santo mismo lleva a Simeón al templo. Si tú quieres tener en tus brazos a Jesús y ser digno de salir de tu prisión, esfuérzate por dejarte conducir por el Espíritu Santo hasta llegar al templo de Dios. Ya estás en el templo del Señor Jesús, es decir, en su Iglesia, «el templo construido con piedras vivas» (cf 1Pe 2,5).

Si llegas, pues, movido por el Espíritu Santo hasta el templo, encontrarás al Niño Jesús, lo tomarás en tus brazos y dirás: «Ahora, Señor, según tu palabra, puedes dejar a tu siervo irse en paz». Esta liberación y esta partida se realizan en la paz… ¿Quién es el que muere en paz sino aquel que posee la paz de Dios que sobrepasa toda inteligencia y guarda el corazón de los que la poseen? (Flp 4,7) ¿Quién es aquel que sale de este mundo en paz, sino aquel que comprende que Dios ha venido en Cristo a reconciliar el mundo consigo?

Orígenes, Homilía 15 sobre el evangelio de San Lucas; PG 13, 1838-1839.

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