En el silencio de la noche,
de la medianoche,
con callada elocuencia,
una estrella anuncia la buena noticia
que como un eco recorre la noche
de todos los tiempos y de todos los corazones:
bienaventurados los vulnerables,
porque de ellos es el arte de amar.

Cuando el cristianismo dice que la noche es buena, está diciendo «noche» haciéndose cargo del peso neto de la realidad a la que alude: inseguridad, desamparo, fragilidad… ¿Será entonces que el malentendido provenga del segundo término y que lo de «buena» no esté adjetivando directamente a lo nocturno sino a otra realidad? ¿Será la Nochebuena simplemente la noche en que nos nació el Bueno? No ha lugar. Acá no media ningún malentendido: lo que esta religión pregona es que la noche es buena en su sentido raso: hace bien. Ser débil: hace bien. Ser frágil: hace bien. Andar a tientas: hace bien. Palpar mi inseguridad: hace bien. Mis límites: me hacen bien. Si en Oriente la sabiduría pasa por percibir ante una botella por la mitad no que está medio vacía sino que está medio llena… la Fiesta entre manos promueve una oferta más osada: la mitad superior de esa botella es su porción más valiosa. Mis carencias me dignifican. Mis límites no son muñones sino la plenitud de mi pequeñez. Y mientras la muy brillante «cultura de las luces», en su desorientado vaivén, pendula del pesimismo al exitismo, la noche, más profunda que el día, con sus ojos negros, me nombra con amor por mi nombre más propio y me arropa con la opaca luz de mi verdad: eres pura carencia, puro hondón; tu negrura es tu hermosura. (…)

Ella desestabiliza nuestras falsas seguridades, derriba nuestras ilusorias grandezas, demuele nuestras insufribles altanerías… sin desbarrancarnos en el pesimismo y en la depresión. Ella limpia con suavidad nuestros rostros de las baratas cosméticas con que lo disfrazamos y nos devuelve la saludable pequeñez, la opaca belleza de una cara limpia. La noche es –al decir de Péguy– la madre de ojos negros, que saca el agua más profunda del pozo más hondo… Por eso es buena. ¿Tenés sed? ¿Vivís desganado e insatisfecho? No busques agua en la cumbre de tus efímeros éxitos y logros. Sólo te darán más sed. Tampoco te eches a dormir desahuciado, a la espera de que la muerte apague la sed. No temas el pozo. El negro pozo. Ahí abajo, en su negra hondura, en su oscuro vacío de tus fracasos, de tus pobrezas, de tus carencias…. ahí brota la fuente. Sólo tu vacío puede ser hospitalario con el que viene a salvarte. Donde estás lleno no «cabe» salvación. Creemos que los brillantes colores del día están llenos de luz… y la verdad es muy distinta: brillan porque refractan la luz. Sólo el negro la absorbe, la acoge, la recibe. Sólo la noche es hospitalaria con la luz. Como el silencio lo es de la palabra. Como la tierra reseca lo es del agua. La noche es más clara que el día. Y por eso, más cara que el día. (…)

Nochebuena es la fiesta del no-ver, del no-saber. Fiesta de la interperie. Celebración de la fragilidad. Es la fiesta de un credo que se empecina en anunciarle al mundo que la mansedumbre vale más que la violencia, el silencio más que la elocuencia, el límite más que la destreza, la pequeñez más que la grandeza. Es la fiesta de un credo empecinado en hacer apología de la vulnerabilidad. Si los dichos criollos parecen cumplirse al revés, hay un refrán latino que nos sienta muy bien: VULNUS VULTUS EST, decían con escueta contundencia los antiguos: mi herida es mi rostro. Es decir: mi carencia es mi verdad más profunda, es la textura más genuina de mi ser.

Por eso 24 de diciembre. Difícil era saber la fecha exacta del censo mandado por el César. Pero la fecha es de una precisión irremplazable: es el solsticio de invierno. El día más corto del hemisferio norte. La noche más larga, más intensa, más negra: esa es nuestra fiesta.

Por eso el pesebre y el parto a la intemperie. Por eso un niño envuelto en debilidad. Por eso una virgen asustada y un José desconcertado. Por eso harapientos peregrinos que llegan a tientas y a ciegas sin saber ni a dónde están llegando. Y en el silencio de la noche, de la medianoche, con callada elocuencia, una estrella anuncia la buena noticia que como un eco recorre la noche de todos los tiempos y se arremolina a la puerta de todos los corazones de la historia: bienaventurados los vulnerables, porque de ellos es el arte de amar. Y con más o menos conciencia, más o menos fe, más o menos convicción, al dar las 12, es decir, cuando lo nocturno llega a su «cenit», a su punto más oscuro, todos levantamos la copa y en secreta complicidad celebramos la fiesta más «loca» de la Historia de las Civilizaciones: ¡feliz Navidad!, ¡feliz de ti, que eres frágil!, ¡feliz de tu carencia, pues sólo ella te abre a la Salvación! Creyente o incrédulo, practicante o indiferente: tu necesidad te abre a lo salvífico; tu gemido interior te ha hecho orante; tu noche te ha hecho bien.

Un Niño envuelto en pañales, con llanto de frío y hambre, nos bendice en la penumbra. Y su diminuto rostro moreno revela y oculta los rasgos de la aurora… ¡Feliz Nochebuena!

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