Santos Padres y Doctores de la Iglesia

Los Padres explican por qué la crítica y la maledicencia son males

1º   El juicio humano no es cierto

Los Padres no se limitan a condenar los pecados de maledicencia y calumnia, sino que explican las razones y buscan las causas, subjetivamente y objetivamente injustas, de dichos pecados. Esas causas son esencialmente cuatro.

a)   Nuestros sentidos pueden errar

     El ya citado Juan, que vivió con el gran asceta Bernasufio en el Monasterio de Abbá Seridú, cerca de Gaza en Palestina, en respuesta de una carta del monje Andrés le suministraba esta enseñanza: «Aseguras que los errores de tu hermano son patentes. Dime una cosa: ¿conoces realmente la verdad?. A veces sucede que los errores de los que uno habla, que parten a menudo de una sospecha, se revelan después como infundados».

     Juan Clímaco dice: «A veces sucede que también tus ojos caen en el engaño».

      Una anécdota, sacada de las Sentencias de los Padres, se refiere a este tema: «Abbá Isaías creyó ver que un hermano tomaba una calabaza llena de vino y se la escondía debajo del sobaco. Para expulsar el demonio de la crítica, le pidió que se quitase la túnica y vio que no tenia nada. Entendió entonces que no debe aceptar todo lo que vean los ojos o escuchen los oídos. Por tanto hay que tener mucho cuidado con pensamientos y recuerdos, porque crean mentiras que ensucian el alma. Pensar cosas que no son importantes aleja a la mente de pensar en los pecados propios y en Dios».

     Algo similar nos dice el libro inédito de la vida del Abbá Pimen, en el siguiente episodio: Le preguntaron algunos al Abbá Pimen: «Si vemos pecar a un hermano nuestro ¿debemos hacerle alguna observación?». El santo anciano respondió: «Hasta ahora, si he tenido que ir a un lugar donde había un hermano pecador, he seguido adelante sin hacer observaciones». Y añadió: «Habéis oído que se dijo asegura solamente lo que ves con tus ojos; pero yo os digo que debemos evitar asegurar cualquier cosa, aun aquello que antes han tocado nuestras manos. Se cuenta al respecto que un monje vio que un hermano pecaba con una mujer y pensó mucho como debía actuar. Al fin, se acercó a los dos gritándoles que se separaran, pero se dio cuenta de que delante de él solo había espigas de trigo. Por eso os repito, aun cuando toquéis algo con vuestras manos, no hagáis ningún comentario».

B) No conoces la intención del otro

     Juzgar a una persona es difícil, porque desconocemos el móvil de sus acciones. Macario el Egipcio pone este ejemplo, que es muy idóneo: «A veces algunos santos hombres de Dios van al teatro y dan la impresión, a quienes les observan, de que siguen las cosas del mundo. En realidad hablan interiormente con Dios».

     Doroteo de Gaza repite a menudo que los monjes realizaban actos con simplicidad de corazón; actos que, vistos por algunos, son objeto de maledicencia y provocan la perdición de las almas de los calumniadores.

     El Beato Juan nos cuenta: «Sucede con frecuencia que alguien que actúa con un fin bueno es mal entendido por los demás, como le ocurrió a un santo monje que, cuando pasaba delante del estadio, se detuvo y, observando que los atletas se superaban unos a otros para vencer, se dijo en su interior: ¡¡Mira cómo se esfuerzan voluntariamente los hijos del diablo!!   ¡¡Cuánto mas nosotros, herederos del Reino de los Cielos, tendremos que luchar por el alma!! Con estos pensamientos se alejó, decidido, más que nunca, a la lucha del Espiritu»

     Aún mas adecuado a nuestro tema es el caso del Beato Vitale, tal como nos lo ha transmitido Juan el Misericordioso, arzobispo de Alejandría.

     Un asceta de nombre Vitale bajo de Alejandría; de él se decía que había alcanzado la cima de la lucha espiritual. Entre sus múltiples virtudes estaba la de no querer jamás juzgar a su prójimo. Cuando llegó a la ciudad, empezó a vivir de una forma que, según muchos, era escandalosa y censurable: aunque había superado los setenta años de edad, pasaba revista a las prostitutas de los diferentes bajos fondos. Por hacer este «trabajo» ganaba, según decía, doce óbolos al día. Con uno compraba fruta, que comía después de la puesta del sol, y el resto se lo daba cada noche a una prostituta distinta, a la que pedía que estuviese libre aquella noche. Al anochecer iba donde la mujer y pasaba toda la noche de rodillas, en una esquina de la habitación recitando salmos y rezando al Señor.

     «Acabada la vigilia, hacia jurar a la mujer que no revelaría nada a nadie».

     «Para evitar la gloria humana y poder evitar a las almas del pecado, fingía diciéndose a si mismo: ¡¡Vamos, viejo monje, que te está esperando una!!. A los que le reprendían y se reían de el, les respondía:  ¿Es que acaso no soy de carne yo también? ¿Es que s ólo los monjes son los que tienen que alejarse de los placeres de la carne? ¿No tienen las mismas pasiones naturales que los demás hombres?».

     Algunos le aconsejaban casarse con alguna de las prostitutas y abandonar el habito monástico, para que no fuese escándalo para muchos, blasfemia para Dios y desprecio de aquel hábito. Habían quienes le decían: «¡La culpa de todos los que se escandalizan caerá sobre ti!». A los que le hablaban así, respondía Vitale: «Alejaos de mi y dejad de reíros de mi y de calumniarme: ¿Quién os ha constituido en jueces de mis acciones? Es otro, el que juzgará el universo y dará a cada uno según sus obras».

     Muchos al oír las severas palabras del monje, dejaron de controlarle, otros fueron al obispo Juan el Misericordioso para presentarle sus quejas. El obispo, milagrosamente informado por Dios de la virtud del asceta Vitale, no les escuchó, puesto que el monje trabajaba para una sola cosa; la salvación de las almas. Oraba por los que le calumniaban, su obra produjo mucho fruto y fue motivo de salvación para muchos. Aquellas mujeres que le veían rezar y cantar por las noches, empezaron una nueva vida; algunas se casaron, otras permanecieron solteras y se alejaron de sus acciones pasadas o abandonaron el mundo para entrar en una vida monástica. Mientras vivió Vitale, nadie descubrió su secreto y nadie, excepto él, fue capaz de cambiar la vida de aquellas mujeres.

     En la Vida del Beato Vitale contada por Juan el Misericordioso hay otros episodios, pero solo narraremos otro, el de su muerte. Se le encontró muerto de rodillas, tras haber entregado en oración su alma a Dios. Dejo escrito: «No juzguéis nada ni a nadie antes de que el Señor venga». A su funeral acudieron las ex prostitutas: llevaban cirios e incienso y lloraban amargamente porque habían perdido a su maestro. Nadie le había visto jamás tocar siquiera la mano de una de estas mujeres, porque pasaba las noches de rodillas en oración.

c) Interpretamos de forma errónea el comportamiento de los demás

     Los hombres suelen juzgar al prójimo según sus puntos de vista y así ocurre que, cuanto más bajo se encuentra en la escala de las virtudes, tanto mayor es la sospecha y más graves aparecen los errores ajenos.

     Puesto que el mayor numero de los pecados humanos se hacen ocultamente o se pueden intuir solo a través del comportamiento externo, hacer un juicio sobre el proceder del prójimo es algo extremadamente incierto.

     A este propósito es interesante la observación de Nicetas Sthetatos: «Cuando, debido a nuestra pereza espiritual, permitimos que los demonios susurren en nuestros oídos sospechas hacia nuestros hermanos, pero no estamos al mismo tiempo atentos a nuestros ojos, sucede entonces que esos demonios nos hacen juzgar no sólo a nuestros hermanos, sino también a los que son perfectos en la virtud».

     «Si ves, por ejemplo, a un monje que es alegre y dispuesto a discutir, puedes creer que se inclina a las pasiones; si, por el contrario, le ves triste, puedes pensar que esta airado y lleno de orgullo. Es el aspecto interior lo que determina el juicio exacto. Las diferencias de carácter y comportamiento son infinitas en los hombres».

     «El privilegio del juicio pertenece a aquellos que, después de mucha compunción, han alcanzado la pureza de los ojos y del alma. En ellos habita la luz infinita de la vida divina y se les ha dado el carisma de conocer los misterios del Reino de Dios».

     Algo similar nos dice Juan Clímaco, a propósito de la tendencia natural de las personas pragmáticas a juzgar a aquellas personas que son más téoricas: «No seas juez severo de quienes enseñan cosas importantes con la palabra, pero se muestran mucho mas débiles frente a las luchas espirituales. Muchas veces la falta de acción se equilibran por la utilidad de las palabras. No todos tenemos todo: en algunos, las palabras superan a las obras, y en otros, las obras superan a las palabras».

     El peligro intrínseco en el juicio de los «llegados» muestran hacia los principiantes, ya lo ha expresado Cirilo de Jerusalén (+ 315, aprox.) en sus Procatequesis: «Si ves a los fieles privados de preocupaciones, no debes juzgarlos de despreocupados; ellos saben lo que han recibido (el Bautismo) y poseen la gracia».

     Todo lo que se ha dicho hasta ahora se puede resumir en lo expresado por Paladio de Elenúpolis (+antes del 431), amigo y biógrafo de Juan Crisóstomo, cuando repite las palabras del apóstol Pablo: «No podemos juzgar a los Padres espirituales» (Es una versión de 1º Cor. 2,15, que dice textualmente: «…el hombre de espíritu lo juzga todo; y a él nadie puede juzgarle»).

     En la vida de Juan el Misericordioso se lee: En el tiempo en que vivía el santo, un joven de Alejandría sedujo a una joven monja y se la llevó después a Constantinopla. El Patriarca Juan hizo todo lo posible para salvarlos, y un día contó su caso al clero durante una homilía. Los sacerdotes se escandalizaron y empezaron a examinar los aspectos morales: la ruina de las dos almas y el mal ejemplo dado.

     El santo les interrumpió diciendo: «Hijos míos, no seáis tan precipitados en juzgar, porque tenéis el riesgo de caer en dos peligros: el primero es querer juzgar antes de que llegue el Juicio Universal, con lo que transgredís, por lo tanto, un estricto mandamiento: el segundo os lleva a erigiros en jueces del prójimo con excesiva facilidad. Nadie os puede decir si los dos de los que habláis continúan en el pecado o han cambiado de vida».

En la vida de un gran santo he leído el siguiente relato: Un día dos monjes llegaron a la ciudad de Tiro para llevar a cabo un servicio. Uno de ellos fue perseguido por una prostituta llamada Porfiria, que le suplicaba a voz en grito que la salvase como Cristo había hecho con la Magdalena. Sin pensarlo mucho, el monje la tomó de la mano, atravesó la ciudad ante los ojos atónitos de mucha gente y se fue de allí. Durante su peregrinación encontraron un niño abandonado y Porfiria por filantropía, se hizo cargo de él. Pasado algún tiempo, los vecinos supieron lo del niño e hicieron objeto de sus mofas e ironías al monje y a Porfiria, divulgando por toda Tiro el rumor de que una prostituta había tenido un hijo con el monje.

     ¡Véis c ómo los hombres están dispuestos a creer las sospechas sobre todo cuando ellos son malos y falsos! Lo que ellos son es lo que les empuja a creer lo que afirman. Se hacen testigos de si mismos, calumnian con facilidad a los demás, se trastornan en pensamientos y palabras malvadas, desean llevar a los demás a su maldad y creen que así pueden escapar de que les remuerda la conciencia.

     Pero volvamos a nuestro relato: El monje hizo que Porfiria tomase el habito monástico, con el nombre de Pelagia, y la metió en un monasterio donde se practicaba la hesiquía. Al final de sus días condujo a la monja Pelagia de vuelta a Tiro, seguida del niño, que ya tenia siete años. Al punto se propagó la voz de que Porfiria, junto con su marido el monje habían vuelto. Un día, durante una de las visitas de los curiosos al monje, éste mandó que le trajeran un brasero encendido y, a la vista de los presentes, se volcó el contenido sobre el pecho, diciendo: ¡Bendito seas Tú, Señor, Tú eres mi testigo: de la misma forma que ahora el fuego no ha tocado mis vestidos, así tampoco yo he tocado a la mujer que vive conmigo desde hace tanto tiempo!

     Los presentes estupefactos, alabaron a Dios, que sabe glorificar a los que le sirven en lo oculto. Tras realizar este gesto, el monje murió.

     «Así pues, queridos hijos —continuó el Patriarca— os aconsejo que no os apresuréis al juzgar a los demás, sucede a veces que vemos el pecado cometido a la luz pero no vemos después la penitencia hecha en secreto».

     De la vida de Juan el Misericordioso saca también otro episodio, en el que se advierte que el mismo santo se equivoco al juzgar a un monje: Por aquel tiempo vivía en Alejandría un monje que iba acompañado de una bella muchacha. Algunos hombres de Iglesia, al verlo, se escandalizaron y se dirigieron al patriarca, que creyó en sus palabras; ordenó que capturasen a los réprobos, los hizo flagelar y los encerró en celdas separadas. Pero durante la noche se le apareció en sueños un monje, que le mostró la espalda llena de llagas y le dijo: «Obispo, ¿te gustan estas heridas? Créeme; también tú has errado como hombre». El patriarca se despertó e hizo que le llevasen ante el monje, que estaba dolorido todavía por los golpes recibidos. Al reconocer en él al monje del sueño, quiso asegurarse la veracidad de las heridas y, tras hacerle quitar la túnica, se dio cuenta no sólo de que los miembros estaban llagados, si no también de que el monje estaba castrado, a pesar de ser muy joven. Inmediatamente el patriarca privó de los grados eclesiásticos a todos aquellos que le habían calumniado, se excusó con el monje por su comportamiento hacia él y le pidió perdón, añadiendo, sin embargo, que lo único que no podía alabar era el hecho de que fuera por la ciudad acompañado por una mujer. Entonces el monje con gran simplicidad, respondió: Querido obispo, bendito sea el Señor, te diré toda la verdad sobre mi historia: mientras iba en peregrinación al santuario de los santos Ciro y Juan, me detuve en Gaza y allí es donde encontré a esta muchacha. Ella se echó a mis pies y me pidió poder seguirme para ser cristiana, ya que era hebrea. Yo, por mi parte, temeroso de las palabras del Señor que dice que no despreciemos a los pequeños, acepté su compañía. Me ayudó a tomar esta decisión el hecho de que, dada la situación de mi cuerpo, el diablo no podía hacerme caer en la tentación. Llegados al lugar de la peregrinación, dejé a la muchacha para que fuese catequizada y bautizada. Desde aquel momento, con alma pura, peregrino junto a ella y con la mendicidad la alimento. Mi deseo es que entre en un monasterio.

     Al escuchar estas palabras Juan el Misericordioso exclamo: «¡Oh, Señor mío, cuántos siervos tuyos permanecen ignorados!». Ordenó que le diesen cien denarios al monje, pero éste no lo aceptó, diciendo que quien tiene fe no necesita dinero, mientras que, por el contrario, quien ama al dinero esta vacío de fe. Dicho esto se inclinó ante el obispo y se fue.

     Así pues, no se puede juzgar al prójimo de forma objetiva, porque no podemos entrar en su alma, esto sólo lo puede hacer Dios. He aquí lo que dice sobre el tema Abbá Doroteo: «¿Qué derecho tenemos de ocuparnos de nuestro prójimo? ¿Qué buscamos en los asuntos ajenos? Entonces que cada uno se mire a si mismo y a sus propias maldades. La justificación y el juicio pertenecen solo a Dios. Únicamente Él conoce la situación, la fuerza, las ocupaciones, las gracias, la capacidad de cada uno y sólo él puede juzgar a cada uno de estos aspectos del hombre. Dios juzga de distinta manera al obispo y al gobernador, al pedagogo y al monje, al padre espiritual y al aprendiz, al enfermo y al sano. ¿Quién puede juzgar, mejor que Dios, estas distintas situaciones, Él que lo ha creado todo, lo ha plasmado todo y lo conoce todo?».

2º  No conocemos la historia del alma del otro

Dios no abandona jamás al hombre

     En los textos y enseñanzas de los Padres se encuentran muchos testimonios que aseguran que Dios no abandona jamás al hombre.

     Entre todos ellos hemos seleccionado un testimonio de los Relatos de los Ancianos. Una vez el espíritu de la impureza había declarado la guerra a un monje, el cual, habiendo visto a la hija de un sacerdote pagano, la amó y se la pidió como mujer al padre.

     El padre de la muchacha no consultó a su dios, sino que se dirigió al demonio al que adoraba y le dijo: «Un monje cristiano me pide que le de a mi hija como esposa: ¿debo dársela?». El demonio respondió: «Pídele que reniegue de su Dios, del bautismo y de su habito monástico». El monje consintió en todo, y en el mismo momento una paloma salió de su boca y voló hasta el cielo.

     El sacerdote pagano volvió al demonio y le dijo que el monje estaba de acuerdo en las tres condiciones. De todas formas el demonio le aconsejó que no le diese a su hija por esposa, porque sentía que Dios no había abandonado al monje y todavía le estaba ayudando. El sacerdote pagano volvió a hablar con el monje y le refirió todo lo que el demonio le había dicho. Al oírlo el monje exclamó: «¡Cuanta bondad me ha mostrado Dios! ¡He renegado de Él, del bautismo y del hábito que llevo y, a pesar de todo, el buen Dios todavía me ayuda!».

     Volvió al desierto y confesó a su padre espiritual la desgracia que le había ocurrido. El buen anciano le respondió: «Quédate conmigo en la gruta, ayuna durante tres semanas, comiendo solo una vez cada tres días, y yo pediré al Señor por ti». Y se dirigió al Altísimo diciendo: «Señor mío, te ruego que me concedas esta alma y que aceptes su penitencia». Y Dios la aceptó.

     Pasada la primera semana, el monje anciano preguntó al hermano: «¿Has visto algo?».  «—respondió—, «he visto a la paloma en lo alto del cielo: estaba sobre mi cabeza». «Presta mucha atención y ora a Dios sin parar» —contestó el padre espiritual.

     A la siguiente semana se repitió lo mismo y, a la pregunta del monje, esta vez el pecador dijo: «He visto a la paloma venir cerca de mi cabeza». «Ayuna y reza todavía» —fue la respuesta.

    La tercera semana el monje dijo: «He visto a la paloma posarse sobre mi cabeza y he extendido la mano para tomarla, pero ella ha entrado en mi boca». «Dios ha aceptado tu penitencia; en el futuro custodia tu alma» observó el anciano. El hermano respondió: «De ahora en adelante, Abbá, estaré contigo hasta la muerte».

Ignoramos la lucha del pecador

     Generalmente los hombres juzgan el pecado de los demás si conocer la lucha que precede a la caída, lucha que se presenta distinta de una a otra persona.

     Juan Casiano (+ 360, aprox.), peregrino en Egipto y conocedor de la vida monástica por haberla practicado durante diez años, pone en boca de uno de los monjes egipcios las siguientes palabras: «Aparte de lo que hemos dicho, juzgar a los demás es peligroso por otra causa: porque ignoramos la verdadera razón que les ha impulsado hacia la vía del pecado; así pues, nos transformamos en jueces severos, caemos nosotros también en un pecado mas grave y demostramos sentimientos injustos».

     La lucha que precede al pecado es, a veces tan ardua, que por si misma justifica al pecador. Abbá Doroteo afirma: «En verdad puede ocurrir que algún hermano haga algunas acciones con tal simplicidad del corazón que agrade a Dios más que toda su vida: tú le calumnias por resentimiento y así condenas tu alma. Supongamos que caiga en el error, ¿cómo puedes saber cuánto ha luchado antes de hacerlo? Dios puede reputar como buena obra un pecado cometido en tales condiciones: ha visto sus esfuerzos y conoce el sufrimiento que ha experimentado, tiene compasión de él y le perdona. Dios le perdona…  y tú ¿por que te atormentas en tu corazón? ¿Sabes cuántas lágrimas ha vertido ante el Altísimo por sus pecados? Has visto el pecado, pero ignoras la penitencia».

El pecador quizás se ha arrepentido ya y se ha salvado

     Supongamos que alguien pudiese comprender el pecado del hermano y pudiese juzgarlo con equidad, antes de que se lo cuente a otro, quizás el pecador se ha arrepentido ya y ha pedido perdón a Dios. Sucede entonces lo que nos dice el Abbá Doroteo: «Has visto el pecado del hermano, pero ignoras su arrepentimiento. Los santos ascetas nos enseñan que todo pecador tiene la posibilidad de salvarse».

     Anastasio el Sinaita dice: «No juzgues si quieres el perdón de Dios; tú puedes ver que alguien peca, pero no sabes como acabará su vida. El ladrón crucificado con Jesús era un asesino, y entró en el Reino; Judas era apóstol y discípulo del divino Maestro, pero cayó en la condena eterna. ¿Cómo puedes conocer verdaderamente las acciones de los demás? Es frecuente que hombres que parecen pecadores empedernidos estén ya sinceramente arrepentidos, sin que los demás siquiera lo sepan. Para nosotros son pecadores; para Dios, sin embargo, ya están justificados».

     El Beato Hilo de Ancira dice: «Ni la virtud ni la maldad son inmutables, porque la naturaleza humana es variable. Si crees que un hermano es negligente, puede convertirse y cambiar de vida, y salvarse ante Dios. Y tú, que ignoras todo esto, le humillas y calumnias mientras que él ya está salvado».

     Sobre la salvación del hombre pecador, al que Dios no abandona jamás, veamos lo que dice el beato Nilo: «Si te encuentras con el más depravado de los hombres o con el más perverso de todos los malvados, no lo condenes: Dios no le abandona ni le dejará que caiga prisionero del demonio».

     En un Relato de los Ancianos inédito, leemos: Un monje preguntó a su padre espiritual  «Si un hombre cae en el pecado ¿qué ocurre a los que se han escandalizado?». Como respuesta les contó este hecho: En un monasterio egipcio vivía un diácono, notable por sus virtudes. Al mismo lugar vino a refugiarse, junto con su familia y el personal a su servicio, un oficial al que perseguía el gobernador. El diácono pecó con una de las mujeres del séquito del oficial y muchos se escandalizaron. Entonces se refugió donde el padre espiritual, le confesó el pecado cometido y le suplicó que le escondiese en una esquina de la tienda. Pasó el asunto, pero, después de un cierto tiempo, el río Nilo no se desbordó como lo hacia todos los años. Durante la procesión propiciatoria, uno de los monjes tuvo una visión: el río no daría el agua benéfica hasta que el diácono escondido no volviera de nuevo con los hermanos. Cuando los monjes le sacaron de la cueva, el agua subió de nivel se desbordó como lo había hecho durante siglos. El hecho edificó a los que se habían escandalizado y les impulsó a glorificar a Dios.

3º   El que critica y calumnia se daña a sí mismo

     Estos vicios son injustificables, no solo porque el juicio humano es inseguro y se olvida de que el pecador puede salvarse, sino también porque dañan a quienes lo poseen.

a) La maledicencia va contra la naturaleza humana

     La maledicencia y la calumnia confirman una vez mas la ley del pecado; una acción malvada, hecha por interés humano, provoca un resultado opuesto al deseado. En nuestro caso, al hablar de los pecados del prójimo generalmente tiene como objeto la protección de la persona que habla. El hombre discreto por el contrario, ve sus propias debilidades y no las proyecta sobre los demás. El Beato Doroteo dice: «De todas las cosas podemos sacar daño o utilidad. Tomemos el ejemplo el de un hombre al que, de noche y en lugar solitario, le observan sucesivamente tres hombres: el primero pensará que el solitario espera a alguien para prostituirse; el segundo le tomará por un ladrón, y el tercero creerá que es un desconocido a la espera de un amigo con el que ir a la iglesia cercana a rezar. Así pues, los tres han visto al mismo hombre en el mismo lugar, pero no han pensado lo mismo de él, cada uno ha proyectado sobre el solitario su propia situación personal».

     Isaac el Sirio, a propósito de la envidia que contiene la maledicencia, anota: «El que humilla a un hermano ante los ojos de los demás, demuestra que es muy difícil que muera la envidia».

     El que critica provoca la vergüenza ajena, se deleita en las pasiones, osa curiosear en la conciencia ajena y se erige en juez.

     El Beato Antíoco del Monasterio de S. Saba. Dice: «Es vergonzoso estar enfermo sin remedio, tener úlceras incurables y innumerables deudas, pero, además, lo es curiosear en los errores ajenos».

     El Relato de los Ancianos inédito citado otras veces, nos enseña: Un monje, empujado por los demonios, fue al padre espiritual a contarle que dos hermanos vivían en el pecado. Como respuesta, el confesor le ordenó que trajese a los dos monjes. Llegados a su presencia, les mandó que durmiesen bajo la misma manta, en virtud de que «¡Los hijos de Dios son santos!». Dirigiéndose al monje engañado por el demonio, le dijo: «Tú debes encerrarte en tu celda, pues dentro de ti tienes la pasión de la prostitución».

b) El que calumnia cae en innumerables pecados

     El asceta Xilón escribe: «El que habla fácilmente de los pecados ajenos hará enseguida que se despierten en él las pasiones».

     Este principio es tan absoluto que ni siguiera los virtuosos se libran de él. Juan Clímaco comenta al respecto: «La causa más común de la caída de los principiantes es el placer, para los que se encuentran a mitad del camino es el orgullo, y para aquellos que están cerca de la perfección, la única causa de pecado es juzgar al prójimo».

     El pecado de los que calumnian es el mismo de los que son calumniados, Dios lo permite para que comprendan el error y vuelvan a ser prudentes. Isaac el Sirio confirma esta afirmación. «Ama a los pecadores sin imitar sus obras, pero tampoco los desprecies por sus pecados; de lo contrario te arriesgas tú también a caer en las mismas tentaciones».

      Máximo el Confesor observa: «El que cuenta a otros el pecado de su hermano, sin tener miedo de sí mismo ni del prójimo será abandonado por Dios y caerá en el mismo pecado. Será también ridiculizado, verá la sonrisa en el rostro de los demás y sufrirá la vergüenza».

     Con anterioridad a los dos autores citados, San Casiano hizo decir a un asceta egipcio: Nuestro padre espiritual nos contaba que tres veces amonestó a varios hermanos: la primera vez reprendió a algunos que forzados por una inflamación, acudieron a un cirujano a que les quitasen las amígdalas; la segunda vez reprendió a los que tenían una manta en su celda, y la tercera amonestó a algunos monjes que, empujados por los fieles, bendecían aceite y lo distribuían.

Más tarde reconoció él mismo que había caído en los tres pecados que censuró a los demás. Se le inflamaron las amígdalas y tuvieron que quitárselas, una enfermedad le obligó a usar una manta y la insistencia de algunos peregrinos le llevó a tener que bendecir un frasco de aceite.

     En las Sentencias de los Padres se lee: Un monje contó al Abbá Pimen que no dejaba entrar en su celda a un monje que reprobaba, mientras que no ponía limite alguno a otro hermano al que admitía. El Padre le dijo: «Si haces bien al hermano bueno, al malo has de hacerle el doble».

    En un monasterio vivía un eremita de nombre Timoteo. Un pedagogo le preguntó cómo debía comportarse con un monje pecador, y aquél le respondió que lo expulsara. La tentación que sufría aquel monje se volvió de tal forma contra Timoteo que, desesperado, oró al cielo. Entonces se oyó una voz que reconvino a Timoteo y le dijo: «Sabe que te he hecho esto porque tú no has ayudado al hermano en la hora de la tentación».

     Un episodio análogo se encuentra en el Relato de los Ancianos inédito: Abbá Moisés solía recomendar a los hermanos que contasen todos su pensamientos a padres espirituales dotados de diácrisis (término griego que significa a la vez, discernimiento y discreción) al entender que ésta no acompaña la edad o las canas. De hecho muchos se han fiado solo de la edad o de la ancianidad y han caído en el error de dirigirse a padres espirituales ricos en años, pero pobres en experiencia.

     Una vez un monje fue tentado por el demonio de la impureza. Se dirigió a un padre espiritual inexperto, que le acusó de miserable e indigno de llevar el hábito monástico. Como resultado, aquel monje decidió volverse al mundo.

    Dios en su infinita providencia, hizo que aquel monje se encontrase en su camino con Abbá Apolo, quien, al verle tan turbado, le preguntó cuál era la causa. Después de insistir mucho, el monje le contó la historia, al oír las palabras del que estaba volviéndose al mundo, Abbá Apolo, como sabio doctor, le consoló y aconsejó: «No tienes que espantarte, hijo mío, y ni siquiera desesperarte, porque también yo, a pesar de mis canas, vivo atormentado por pensamientos maliciosos. No pierdas tu celo a causa de las ofensas sufridas y vuelve, al menos por un día, a tu celda del monasterio».

    El monje obedeció a Abbá Apolo, por su parte, se fue frente a la celda de aquel confesor inexperto y pidió a Dios que enviase las mismas tentaciones sobre aquel hombre que, en tantos años, no había aprendido nada todavía.

     Terminada la oración vio como un demonio lanzaba flechas contra el confesor. Éste, para no sufrir tomó el camino del mundo, como había hecho su víctima.

    Abbá Apolo le amonestó: «Vuelve a tu celda y de ahora en adelante date cuenta de tus debilidades: has de pensar siempre que vives como olvidado y despreciado por el demonio y que no eres digno de luchar contra él, como hacen los grandes ascetas. Una sola ofensa ha bastado para desconcertarte. El que se venía a refugiar en ti había sido tentado por el enemigo de las almas y tú, en vez de sostenerlo en la lucha, le has hundido en la desesperación, olvidándote que hay que salvar al que camina hacia la muerte y rescatar a los que están muertos. Nadie puede resistir los ataques del enemigo o apagar las pasiones naturales, pero la gracia de Dios vela por encima de las debilidades humanas».

El pecado en que cae el que juzga no siempre es el mismo, sino que hay otros, tanto ocultos como evidentes. El escritos ascético de Preguntas y Respuestas (que se atribuye a Anastasio el Cintita) dice que una de las causas del los sueños nocturnos es también «el juzgar a otros pecadores».

     Isaac el Sirio nota que: «Quien acuse a otro delante de una reunión de hermanos agrava sus propias heridas».

     Por ultimo, Abbá Isaías afirma: «Si ves que alguien cae en pecado, no te mofes de él ni le humilles, y piensa lo que vas a hacer. Si tú, hombre instruido, te burlas y calumnias al simple, también tu serás objeto de burla, maledicencia o calumnia, no sólo por parte de personas sabias e instruidas, sino también por parte de los simples, de las mujeres y los niños. Recuerda lo que se nos ha dicho: “Lo que siembres eso cosecharás” (Gal. 6,7)».

c) La maledicencia turba la mente y aleja la gracia

     El daño que provoca el pecado de maledicencia es total: ni siquiera queda excluida la mente.

     Abbá Isaías observa: «La negligencia y el juicio hacia los demás turban la mente del hombre y le impiden ver la luz divina».

     Juan Clímaco reitera el hecho de que el pecado de maledicencia turba la mente del hombre cuando dice que nacen en él «pensamientos que son blasfemias».

     Con respecto al segundo aspecto, es decir, el alejamiento de la gracia divina, será suficiente mencionar el siguiente episodio: En un monasterio vivían dos monjes tan virtuosos que tenían la capacidad de verse recíprocamente iluminados por la gracia divina. Un viernes, uno de los dos encontró a un hermano que estaba comiendo antes de la puesta del sol y le reprendió. Aquella misma tarde, durante la habitual reunión monástica, el otro monje no vio la gracia divina iluminar a su hermano y le preguntó la causa. La respuesta fue: «No creo que haya hecho nada malo, ni siquiera con el pensamiento». Pero, preguntado de nuevo, recordó que había amonestado al monje trasgresor del ayuno. Ambos decidieron rezar y ayunar durante dos semanas: al final de las mismas, la gracia retornó y dieron gracias a Dios con gran alegría.

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