Thomas Merton

La renuncia

El camino hacia la contemplación es una oscuridad tan densa que ya ni siquiera impresiona. No hay nada en él que pueda ser percibido y acariciado como heroico o incluso insólito. Y, así, el contemplativo concede un valor supremo a la rutina cotidiana de trabajo, pobreza, dificultades y monotonía que caracteriza la vida de todos los pobres, de todas las personas faltas de interés y anónimas en el mundo. (…)

El ascetismo más seguro es la amarga inseguridad, el trabajo y la nada de los verdaderos pobres. Es depender por entero de los demás. Es ser ignorado, despreciado y olvidado. Es no conocer la respetabilidad o la comodidad. Es recibir órdenes y trabajar duro por poco o por nada: una ruda escuela que la mayoría de las personas piadosas trata de evitar a toda costa.

Por otro lado, no hay que echarles toda la culpa. La miseria por sí sola, la indigencia por sí sola, no es el camino hacia la unión contemplativa. Ciertamente, no pretendo decir que para ser santo hay que vivir en una chabola, o que un monasterio contemplativo deba empeñarse en reproducir la forma de vida que se lleva en las viviendas miserables. No son la suciedad y el hambre lo que hace a los santos ni siquiera la pobreza misma, sino el amor a la pobreza y el amor a los pobres.

No obstante, es verdad que un cierto grado de seguridad económica es moralmente necesario para proporcionar un mínimo de estabilidad, sin el cual difícilmente se puede aprender una vida de oración. Pero «un cierto grado de seguridad económica» no significa comodidades, la satisfacción de todas las necesidades materiales y psicológicas y un alto nivel de vida. El contemplativo debe tener una alimentación, una vivienda y un vestido dignos, pero también tiene que compartir algunas de las privaciones de los pobres. Tiene que poder identificarse honrada y sinceramente con los pobres, poder ver la vida a través de sus ojos, y hacerlo porque es realmente uno de ellos. Ahora bien, esto no es posible si no comparte en cierta medida el riesgo de la pobreza, a saber, hacer muchos trabajos que resultan desagradables, sufrir muchos inconvenientes con paciencia y contentarse con muchas cosas que podrían ser infinitamente mejores. (…)

Para vencer nuestros apegos secretos —los que no podemos ver porque son causa de nuestra ceguera espiritual— nuestra propia iniciativa es casi siempre inútil. Tenemos que dejar la iniciativa en manos de Dios, que trabaja en nuestras almas, bien directamente en la noche de la sequedad y el sufrimiento, bien a través de los acontecimientos y de otras personas. (…)

Cuando llega el momento de entrar en la oscuridad, donde estamos desnudos, impotentes y solos, donde vemos la insuficiencia de nuestra fuerza más grande y la vaciedad de nuestras virtudes más sólidas, cuando no tenemos nada propio en que apoyarnos, nada en nuestra naturaleza que nos sostenga, nada en el mundo que nos guíe o nos dé luz, entonces descubrimos si vivimos o no por la fe.

Es en estas tinieblas, cuando no queda nada en nosotros que pueda agradar o consolar a nuestra mente, cuando parece que somos inútiles y merecedores de todo desprecio, cuando parece que hemos fracasado, cuando parece que hemos sido destruidos y devorados, es entonces cuando el profundo y secreto egoísmo, que estaba demasiado cerca de nosotros para que lo identificáramos, es arrancado de nuestras almas. Es en estas tinieblas donde encontramos la verdadera libertad. Es este abandono el que nos da fuerzas. Es ésta la noche que nos vacía y nos purifica.

Thomas Merton, Nuevas semillas de contemplación, 35.

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