Cartas

Carta 142 – A Celina

J.M.J.T.

Jesús +

El Carmelo, 6 de julio de 1893

Querida Celina:

Tus dos cartas han sonado como una dulce melodía en mi corazón… Me siento feliz al ver la predilección de Jesús hacia mi Celina. ¡Cómo la quiere, y con qué ternura la mira…!

Ahora ya estamos las cinco en nuestro camino. ¡Qué suerte poder decir: «Estoy segura de hacer la voluntad de Dios»! Y su santa voluntad se ha manifestado claramente respecto a mi Celina. Es a ella a quien Jesús ha escogido entre todas para ser la corona y la recompensa del santo patriarca que ha cautivado al cielo por su fidelidad. ¿Cómo te atreves a decir que has sido olvidada o menos amada que las otras? Yo te digo que has sido ESCOGIDA de manera privilegiada, que tu misión es tanto más bella cuanto que, siendo el ángel visible de nuestro padre querido, eres a la vez la esposa de Jesús.

«Es verdad —piensa tal vez mi Celina—, pero en definitiva yo hago por Dios menos que las otras, tengo muchos menos consuelos, y por lo tanto menos méritos». «Mis planes no son vuestros planes», dice el Señor. El mérito no consiste en hacer mucho ni en dar mucho, sino más bien en recibir, en amar mucho… Se ha dicho que hay más felicidad en dar que en recibir, y es verdad; pero cuando Jesús quiere reservarse para sí la felicidad de dar, no sería educado negarse. Dejémosle tomar y dar todo lo que quiera. La perfección consiste en hacer su voluntad y al alma que se entrega enteramente a él el mismo Jesús la llama «su madre y su hermana» y toda su familia. Y en otra parte: «Si alguien me ama, guardará mi palabra (es decir, cumplirá mi voluntad), y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos en él nuestra morada»

¡Ay, Celina, qué fácil es agradar a Jesús, cautivar su corazón! Lo único que hay que hacer es amarle sin mirarse uno a sí mismo y sin examinar demasiado los propios defectos…

Tu Teresa no se encuentra en este momento en las alturas, pero Jesús le enseña a «sacar provecho de todo, del bien y del mal que halla en sí». Le enseña a jugar a la banca del amor, o, mejor, no, él juega por ella sin decirle cómo se las arregla, pues eso es asunto suyo y no de Teresa. Lo que ella tiene que hacer es abandonarse, entregarse sin reservarse nada para sí, ni siquiera la alegría de saber cuánto rinde su banca. Pero, después de todo, ella no es el hijo pródigo, y por tanto no vale la pena que Jesús le ofrezca un festín, porque «ella está siempre con él».

Nuestro Señor quiere dejar «las ovejas fieles en el desierto». ¡Cuánto me dice esto…! Él está seguro de ellas: no pueden descarriarse, porque están cautivas del amor. Por eso Jesús las priva de su presencia sensible para ofrecer sus consuelos a los pecadores; y si las lleva al Tabor, es por breves instantes: los valles son, por lo regular, el lugar de su descanso. «Allí es donde él sestea a mediodía».

La mañana de nuestra vida ya ha pasado, hemos gozado de las brisas perfumadas de la aurora, todo entonces nos sonreía, Jesús nos hacía sentir su dulce presencia. Pero cuando el sol cobró fuerza, el Amado «nos condujo a su jardín y nos hizo recoger la mirra» de la tribulación separándonos de todo y hasta de sí mismo. La colina de la mirra nos fortaleció con sus perfumes amargos, por eso Jesús nos hizo bajar de nuevo y ahora estamos en el valle y él nos conduce suavemente a lo largo de las aguas.

Celina querida, no sé muy bien lo que te digo, pero creo que comprenderás, que adivinarás lo que quisiera decirte. ¡Seamos siempre la gota de rocío de Jesús! Ahí está la dicha, la perfección… Afortunadamente es a ti a quien estoy hablando, pues otras personas no sabrían comprender mi lenguaje, y confieso que a muy pocas almas les suena a verdadero. En efecto, los directores hacen progresar en la perfección a base de un gran número de actos de virtud, y tienen razón; pero mi director, que es Jesús, no me enseña a llevar la cuenta de mis actos, él me enseña a hacerlo todo por amor, a no negarle nada, a estar contenta cuando él me ofrece una ocasión de demostrarle que le amo; pero esto se hace en la paz, en el abandono, es Jesús quien lo hace todo y yo no hago nada.

Me siento muy unida a mi Celina. Creo que no es frecuente que Dios haya hecho dos almas que se comprendan tan bien, sin que haya nunca entre ellas una nota discordante. La mano de Jesús, al tocar una de las liras, hace vibrar al mismo tiempo la otra… ¡Vivamos escondidas en nuestra Flor divina de los campos hasta que declinen las sombras; dejemos que las gotas de licor sean apreciadas por las criaturas! Puesto que nosotras le gustamos a nuestro Lirio, sigamos siendo gustosas ¡su gota exclusiva de rocío…! Y a cambio de esta gota, que habrá sido su consuelo durante el destierro, ¿qué no nos dará él en la patria…? El mismo nos lo dice: «Quien tenga sed, que venga a mí y beba» Así pues, Jesús es y será siempre nuestro océano… Como el ciervo sediento, nosotras suspiramos por ese agua que se nos promete; pero nuestro mayor consuelo es ser también nosotras el océano de Jesús, el océano del Lirio de los valles.

Sólo tu corazón podrá leer esta carta, pues a mí misma me cuesta descifrarla. Se me acabó la tinta, he tenido que echar saliva en el tintero para arreglármelas, ¿no es para reírse…?

Abrazos a toda la familia, pero sobre todo a mi Rey querido, que recibirá un beso de su Celina de parte de su reina,

Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz
rel. carm. ind.

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