Gustave Thibon

La plenitud soñada

«¿Cómo hablaré a los hombres?», se preguntaba Saint Exupéry poco antes de que su voz se apagara en el silencio eterno. Es el tormento de todo hombre que intenta escribir, no por el puro afán de reunir palabras, ni por el deseo de difundir ideas, sino para hacer que sus hermanos participen de una verdad y un amor que viven en su alma con más fuerza que él mismo. ¿Dónde hallar las palabras que designen, que alcancen la fuente del ser? ¿Dónde encontrar los términos que trasciendan más allá de sí mismos?

Y, ante todo, ¿qué es el hombre? Un ser que piensa, que ama, que va a morir y que lo sabe. Poco importa que se esfuerce en olvidarlo, que intente vendarse los ojos inútilmente con las apariencias: los ojos del alma no se ciegan como los del cuerpo, y el hombre lo sabe. Es su única certeza, la única promesa que no ha de fallar, la gran paradoja de la vida, cuya suprema verdad se halla en la muerte.

Haga lo que haga y desee lo que desee, tanto si se aferra al pasado como si corre hacia el futuro, tanto si se busca como si huye de sí mismo, tanto si se endurece como si se abandona, en la sensatez como en la locura, el hombre no tiene más que un deseo y una meta: escapar de las redes del tiempo y de la muerte, traspasar sus límites, llegar a ser más que hombre. Su verdadera morada es un más allá, su patria está fuera de sus fronteras. Pero su desgracia estriba —y ahí está el nudo de esa perversión que llamamos error, pecado o idolatría— en que, engañado por las apariencias y buscando lo eterno al nivel de lo efímero, se aleja aún más de la unidad perdida, de la plenitud vislumbrada entre sueños.

Habría que hacer ver a los hombres la maravilla de la realidad divina que su sueño presiente y a la vez oculta. Hacerles comprender que el hambre de Dios se esconde en las cosas en apariencia más ajenas a lo divino: sus ocupaciones cotidianas, sus pasiones terrenas, su mismo materialismo, porque la materia sólo tiene valor como signo del espíritu. En realidad, todo el mundo busca a Dios, ya que todo el mundo pide a la tierra lo que ésta no puede dar. Todo el mundo busca a Dios, puesto que todo el mundo busca lo imposible.

Si el supremo valor del hombre consiste en la superación de lo humano y en la aspiración expresa o tácita hacia el ser inefable al que un Padre de la Iglesia griega llama «el más allá de todo», nuestro siglo no me parece indigno del beso de la eternidad. Tal vez nunca como ahora el hombre se haya sentido tan a disgusto encerrado en sus propios límites. Así como ha logrado la desintegración del átomo, ha hecho también estallar dentro de sí todas las dimensiones de lo humano. De tal modo se ha vaciado de su equilibrio natural y de sus seguridades terrestres que ya sólo puede detenerlo al borde de la nada el contrapeso de lo absoluto.

Mi única ambición es invitar a los que me lean a hacer coincidir su mirada con esa gota de luz eterna que es el vestigio y el germen de Dios en el hombre. Porque la muerte —el único hecho indiscutible del futuro— nos espera según la altura de nuestro deseos, como una novia o como un verdugo, y de todos los actos de nuestra alma sólo subsistirá nuestra participación en aquello que, por no proceder del tiempo, no morirá con él. Cronos únicamente devora a sus hijos.

Hace un instante me complacía en ver al hombre tan despojado de sí mismo que no le quedaba otro remedio que acudir a Dios. Pero hay otros momentos en que me pregunto si aún le queda sustancia humana suficiente para que pueda prender en ella el injerto divino. El violentar de modo habitual los ciclos de la vida, la desaparición progresiva de las diferencias y de las jerarquías, el individuo transformado en grano de arena y la sociedad en desierto; la sabiduría reemplazada por la erudición, el pensamiento por la ideología, la información por la propaganda, la gloria por la publicidad, las costumbres por las modas, los principios morales por fórmulas muertas, los padres por tutores; el olvido del pasado haciendo estéril el futuro; la desaparición del pudor y del sentido de lo sagrado; la máquina rebelándose contra su autor y recreándolo a su imagen; todos estos fenómenos de erosión espiritual, aliados al orgullo exacerbado de nuestras conquistas materiales ¿no corren el riesgo de conducirnos hasta ese grado límite de agotamiento vital y de autosuficiencia más allá del cual la piedad de Dios asiste, impotente, a la decadencia de todo lo humano?

¿Cómo mostrar a los hombres esta dimensión divina que, al entregarles el infinito, les curaría de su aberración?

Al hombre moderno, antes que hablarle de Dios hay que ayudarle a darse cuenta del vacío y falsedad que encierran todos los ídolos por los que inútilmente intenta sustituir a Dios. Hay que hacerle descubrir, como quiere santa Teresa, que su deseo no tiene remedio, que es insaciable y más real que todos los objetos en los que hasta ahora ha intentado en vano satisfacerse. Si lo comprende así, el mismo deseo le irá llevando hacia Dios. El diagnóstico indica el remedio: analizando las causas profundas de la sed es como más directamente se llega a la fuente.

Hemos sido creados para lo divino, pero también para lo sensible. Soñamos al mismo tiempo en la plenitud espiritual y en el amor humano y por eso caemos tan fácilmente en su trampa. Cuando la belleza sensible se nos ofrece, ya no nos basta aceptarla como tal, es decir, como una cosa efímera y limitada, y le pedimos que sacie nuestra sed de misterio y de absoluto. Esperamos de ella un Dios a quien podamos estrechar entre nuestros brazos, la prueba del espíritu por los sentidos y de lo eterno por el tiempo… Hasta que llega la hora inevitable y nos damos cuenta de que lo que estrechamos en ella no es Dios, sino nuestro deseo desorientado pero incurable de Él. Dichosos entonces si descubrimos que ese ser impotente para saciar nuestra sed sufre también nuestra misma sed, y de este modo logramos asociar nuestras dos miserias en una única plegaria. Ésa es la única posibilidad de supervivencia del amor humano. No se trata de encontrar a Dios el uno en el otro, sino de buscarlo juntos. La pobreza reconocida y aceptada nos lleva hacia la verdadera riqueza, mientras que la emisión de falsa moneda sólo puede conducirnos a la ruina.

«Amor es la reducción del universo a un solo ser y el ahondamiento en ese único ser hasta llegar a Dios» (Víctor Hugo). La fórmula es extraordinaria por su precisión y densidad. Reducir en superficie (el universo se desvanece en aras de un solo ser) y aumentar en profundidad (descubrimos a Dios a través de un solo ser penetrado a fondo). En su primer estadio, el amor es un pecado de idolatría (tú solo); en el segundo, ya es la virtud de la religión (Dios en ti). Toda alma se concentra en un solo punto de ese inmenso velo de apariencias que llamamos universo, pero, en ese punto preciso, el velo se desgarra y nos deja ver la realidad divina.

Esta vida que amo con toda la ternura de un hijo, con toda la pasión de un amante, me ha colmado de dones que desbordaban mis deseos, y he de morir con los ojos y el corazón llenos de sus dulces recuerdos. Pero ¿qué es el recuerdo de una imagen, más que el reflejo y la promesa de un modelo? ¿Puedo hacer algo mejor que desear el modelo a través de sus copias? Lo más puro que la tierra me ha dado es lo que me venía de más allá de la tierra, y más que un esbozo de porvenir era una llamada hacia la perfección eterna. Lo que me atrae más allá de la vida es esos fulgores de eternidad que la atraviesan. Tengo sed de la luz inmarcesible de la que proceden esos fulgores efímeros. En la certidumbre de la derrota, una sola esperanza me queda: el Dios que me creó a su imagen y semejanza me perdonará quizá que en sus criaturas finitas nunca haya amado más que a su imagen infinita. Porque Te juro que jamás he amado, que jamás he buscado a nadie más que a Ti, que eres la inocencia infinita, la boca que no sabe decir que no. A veces he borrado y confundido las distancias y los planos, he podido ahogarme en el barro o perderme en las nubes, pero en ese barro sólo he buscado la huella de Tus pasos y en esas nubes la estela de Tu luz. Si mi locura ha traspasado los límites de Tu ley es porque traducía la impaciencia de mi amor. Y si he desconocido los bienes velados de la tierra ha sido por perseguir la inaccesible pureza de Tu bien. Es verdad que tuve también mis ídolos, que me fueron dulces y próximos como el anochecer y el lecho al trabajador fatigado: pero Tú estabas en ellos y detrás de ellos, y mi adoración los ha atravesado siempre para llegar a alcanzarte. Castígame si quieres, no tengo miedo de Ti. Abre el desierto bajo mis pasos y aparta de mis labios todas las fuentes: siempre mi sed de Ti me atará a Ti.

Gustave Thibon, Nuestra mirada ciega ante la luz, Rialp, 1973.

 

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