Literatura

Incipit liber

En el nombre de Dios —ojo: no del Gran Todo,
no del Gran Manitú ni el Punto Omega
ni del dios (Dios me libre) deseado
y deseante de ciertos camarotes de seda—
en el nombre del Padre que hizo toda cosa,
en el nombre del solo
Dios verdadero, el Dios de los profetas
hirsutos y los vastos patriarcas,
el de Inés y Cecilia,
sexo débil más fuerte que todas las legiones,
el Dios que sostenía la sonrisa
de Tomás Moro bajo el hacha negra,
el Dios de Louis Pasteur, el de Gaudí, de Chesterton,
de los analfabetos como yo,
el Dios de las amebas, de los Tronos
y las Dominaciones,
del simún y el Museo Británico, comienzo
esta declaración, esta memoria
del desolado tiempo que he vivido.

Que Él ponga en mis palabras una chispa de
Su innombrable fuerza.

I

La segunda mitad del siglo XX
era más pertinaz que una sequía
de los años 40.

Tenían —¿cómo no!— las Cinco Vías
de Tomás, el inmenso aventurero,
tenían los ocasos de Granada, el acorde
de octubre en los hayedos de Zuriza,
tenían a Audrey Hepburn (y a Raquel Welch), tenían
el Cervino, Florencia,
la Sexta Sinfonía de Beethoven,
el cielo azul —que es cielo y es azul—,
el silencioso grito de un minuto cualquiera
de la Madre Teresa de Calcuta…

Tropezaban con Dios en cada cosa:
un niño: Dios; una gaviota: Dios;
una mujer que dice —yo también—:
Dios; un buen verso: Dios. Pero eran ciegos,
sordos, inexplicables,
y negaron a Dios como quien niega
el mar o las manzanas.

II

La segunda mitad del siglo XX
no tuvo Dios ni dioses, ni siquiera
un poste de colores como Caballo Loco,
que ser menos salvaje que hombre blanco.

Y vino lo que vino:
si Dios no existe, el hombre es un fosfato
(un fosfato que vota, miren qué delicado).

Si Dios no existe —déjense de bromas—
no existen argumentos contra el horno
crematorio, el Gulag, la clínica asesina,
la bomba de neutrones, las Brigadas
Rojas, los Mao-Tse-Tung…
Si Dios no existe ¿quién me dice a mí
que no me cague en todos los restantes fosfatos?
Si Dios no existe, sálvese quien pueda.
Si Dios no existe, el Mandamiento Nuevo
es «jodeos los unos a los otros».

Considerad, hermanos, con qué fidelidad
lo cumplió la segunda mitad del siglo XX.

III

La segunda mitad del siglo XX
la humanidad del hombre dimitió.

¿Para qué molestarse en decir no
con la palabra no? Mejor con metralleta,
John Kennedy, mejor con rifle, con pistola,
con granada de mano.
¿Por qué esperar al punto
final para acabar la discrepancia,
Bob Kennedy, pudiendo terminarla
con un tiro?

¿Por qué pedir justicia
con razones, pudiendo, Martin Luther,
pedirla con un kilo
de Goma-2?

¿Por qué perder el tiempo
en ser humanos, Aldo Moro, José María
Ryan, Manuel Expósito, almirante Carrero,
Anwar El Sadat, por qué, muertos y muertas
cuyos nombres se mezclan y confunden
en el olvido igual que las mandíbulas,
los zapatos, los trozos de chatarra, los dedos
en el súbito asfalto ensangrentado,
por qué perder el tiempo en ser humanos
pudiendo ser un cóctel Molotov,
un Cetme, una PO-3, un artilugio?

IV

La segunda mitad del siglo XX
llevó la compasión a un grado alejandrino.

Para ayudar al viejo de lentos sufrimientos,
nada tan tierno como asesinarlo.
Para que no haya niños de mirada famélica,
eliminar los niños.

Durante la segunda mitad del siglo XX
el crimen fue la forma más sublime
de la filantropía.

V

La segunda mitad del siglo XX
proclamó la bandera de la paz y la vida:
la vida de Mick Jagger,
la vida de Alí Agca, la de Charles
Manson, la de Bokassa,
la de José Rodríguez, son sagradas;
la vida de las focas y la de las sequoias
y hasta la vida de los vietnamitas
son sagradas, etcétera…
Muy bien, señores,
pero mientras el Universo se llenaba
de palomitas rosas, mientras todos ustedes
hacían el amor y no la guerra,
en cada útero un Auschwitz, un Dachau, un Stalin,
un Führer, un Vietnam, un Paracuellos,
un negro y fiero y ciego bombardeo.
Todo legal, no sufra, todo a cargo
de la Seguridad Social, naturalmente.

Cinco, veinte, sesenta millones, ochocientos
millones de personas —Dios lleva cuenta exacta—
asfixiadas, quemadas, trituradas
(con absoluta higiene y música ambiental
para que nadie diga).
Yo he escuchado sus llantos diminutos,
he visto sus milímetros de espanto,
sus deditos de leche desvalida
moviéndose en el cubo funerario.

Yo levanto estos versos como un volcán de rabia
y grito a las estrellas
que el mayor genocidio de este planeta fue
la segunda mitad del siglo XX.

VI

La segunda mitad del siglo XX
fue una escena de cama
de dimensiones cósmicas.

El Arte fue la cópula,
la Cultura la cópula,
la Diversión la cópula
y la Revolución también la cópula.

Allí todo fue copula-copulae… Todo menos
la cópula, que fue
durante la segunda mitad del siglo XX
sodomita, enfundada, interrupta, egocéntrica,
auricular, estéril, solitaria,
informática, teledirigida,
only for women, multitudinaria,
etcétera, etcétera, etcétera…
De todas las maneras
inferior a los perros.

VII

La segunda mitad del siglo XX
se propuso llegar al Paraíso
ahorrándose el viaje.

Ser Agustín sin recorrer de bruces
todo el dolor que media
entre el robo de peras y la visión beatífica;
ser Francisco de Asís sin merecerlo
por el hambre y el no y el parecido
con los lirios del campo;
ser —ay— Juan de la Cruz sin noche oscura
ni cadenas voraces ni dolencia de amor;
ser María Goretti, pero llegando a un trato.
Ver a Dios sin limpiarse el corazón.

Para volar tan alto,
tan alto, les vendieron un atajo:
pastillas, sobrecillos, jeringuillas,
perfectos sucedáneos —pensaban— de la ascética.
Ascética sintética.

Una fumata, tío, y el éxtasis. Un sorbo
de este rollo y las ínsulas extrañas.
Un pinchacillo aquí y escuchas en diez pistas
el hosanna de oro de los coros angélicos.

Lo malo es que el atajo era mentira.
Lo malo es que aquel cielo era mentira.
Lo malo es que la puerta que Ferlinghetti & Dylan,
Limited (very limited) cantaban
los condujo —mentira, «Lasciate ogni speranza»—
al Horror infinito.

VIII

La segunda mitad del siglo XX
fue amiga de los ríos y los quebrantahuesos,
de la ballena azul y los otoños,
de la gentiana Clusii y el Yosemite Valley.

Muy bien. Me apunto a todos esos bosques,
a las corrientes aguas
puras, al Aconcagua, a las aves ligeras;
me apunto a todo locus más o menos amoenus;
al lupus homini homo, si esto le hace feliz.

A lo que no me apunto es a después
de tanta historia con Mamá Natura
asesinar 1.000 niños ustedes ya me entienden.

A lo que no me apunto es a morir,
igual que Jimi Hendrix,
con catorce pinchazos diz que de paraíso
debajo de la lengua.
A lo que no me apunto ni borracho
es a clamar por la Naturaleza
con un dispositivo en la vagina,
una funda de plástico ya saben,
un kilo de pastillas en el alma
y millones de hermanos que no llegan
a especie protegida.

IX

La segunda mitad del siglo XX
dijo que la Verdad no era verdad,
que cada cual con su opinión, y todos
a ser homini lupus en paz y compañía.

No es verdad que hoy es martes,
no es verdad esta lluvia, no es verdad Paraguay
ni mi bigote ni sus estornudas
ni dos y dos son cuatro: todo son opiniones.
Usted hoy se ha comido un plato de opiniones
—perdón, una opinión
de opiniones (tampoco voy a imponerle el plato)—;
a usted, cuando se sienta,
le pica esa opinión que le ha salido
en toda la opinión.

Pero ¿qué digo usted!
Usted es solamente
una opinión. Yo soy una opinión.
Esto es sencillamente
una conversación entre opiniones.

X

La segunda mitad del siglo XX
atinó con la Llave
de la Sabiduría: un hombre, un voto.

El manejo es sencillo:
un drogadicto, un voto; un premio Nobel,
un voto; dos maricas, dos votos; un apóstol,
un voto; un loco, un voto; un cuerdo, un voto;
William Shakespeare, un voto; Pedro Pérez, un voto;
Santa Teresa, un voto; Charles Manson, un voto;
Platón, un voto; Claudia Cardinale,
un voto; usted, un voto.

Acto seguido
una rápida suma, y miren qué sencillo
fue para la segunda mitad del siglo XX
el Wahrheitserkenntnisweg.

XI

La segunda mitad del siglo XX
funcionó por razones
que la Raison jamás conocerá.

Pero yo sí conozco algunos casos,
freres humains qui apres nous vivez:
Andrés se hizo fascista por profundos
motivos de peinado,
Yvonne marxista porque las milongas
de los Quilapayún, Pedro bakuninista
por Margarita, Plácido católico
por, afición al órgano (en el mejor sentido),
Giambattista se hizo socialista
dicen que por la rima, Doña Pura
testigo de Jehová por una minipimer,
Juan y Pedro mormones por razones
de estricta sastrería.

Insondables abismos del organismo humano:
durante la segunda mitad del siglo XX
nadie fue calvinista por Calvino,
ni sartriano por Sartre, ni budista por Buda,
sino que por, o sea, que sentían
un no sé qué, que quedan balbuciendo
aquellos antropoides.

XII

La segunda mitad del siglo XX
fue mediocre también en la herejía.

Pensemos en los grandes
clásicos del error, profesionales
como Pelagio, Arrio,
Lutero, Hus, Calvino: arduos años en trato
con la Biblia y los Padres de la Iglesia,
orando en penumbras temblorosas,
pasando doctorados, sínodos, conclusiones…
De repente una idea infernal: el filioque,
la sustancia, distingo, de humanitate Christi…
Advertencia, Tractatus, advertencia, concilio,
más advertencia, insumisión, condena
y el final conocido:
pregonero, tambores, las calles agolpadas
y una fogata multitudinaria
cuyos fulgores crepitaban años
y años en las memorias campesinas
y se perpetuaban en trovos y consejas.

Durante la segunda mitad del siglo XX
todo fue más chapuza: el padre Van der Buden
a base de ir en cueros entre los tulipanes
dijo no sé qué cosa (ni él tampoco
debió saberlo mucho). A Don Hans Kraus
le bastó con algunas mugres tercermundistas
de Der Spiegel. A Paqui Rodríguez, peluquera
de Mula (Murcia, España), se le ocurrió su cisma
bajándose el tirante del bikini
al borde de un cubata perezoso.

También incompetentes
para el mal. Ni siquiera merecían
el honor de una hoguera.

XIII

La segunda mitad del siglo XX
dio pasos de gigante.

Hubo no obstante algunos reaccionarios,
gentes que se negaron a avanzar con su tiempo
—una monja ruinosa de Calcuta, unos papas,
Escrivá, Solzhenitsyn, Lech Walesa,
Jérome Lejeune y otros,
sin olvidar los pérez con sus codos gastados
en el amargo roce de los lunes y martes
y unos pocos millares de silencios postrados
bajo la lucecita latiente del Sagrario—,
gentes insolidarias, no cabe duda,
gentes
reacias a vivir a cuatro patas
y a dar aquellos pasos de gigante
camino de la nada.

Nadie lo supo, y ellos sostenían
la máquina del mundo.
Luminosos rebeldes, ellos fueron
el rumbo de la Historia
durante la segunda mitad del siglo XX.

SALMO FINAL

Grandes son Tus hazañas, Señor, fuerte Tu brazo:
Tú salvaste a Tu pueblo de la lluvia de napalm,
de los tanques del Pacto de Varsovia,
de Nixon, de Jomeini, de Fernández Ordóñez.

Señor, Tú nos libraste de los que nos traían
la libertad en sus cañones, Tú
has sacado a Tu pueblo intacto de las fauces
de Kruschev, de la CIA, de Playboy, de Alí Agca.

Tu fuerza no la vencen los missiles
ni L ’Etre et le Néant
ni Gaddafi ni la Trilateral.

Tu amor no tiene fin, Señor: Tu pueblo,
que atravesó el desierto y el Mar Rojo,
también logró pasar —mayor prodigio
la segunda mitad del siglo XX.

Miguel d’Ors, Es cielo y es azul, Octubre de 1981.

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