Vladimir Soloviev

Escrupulosidad

EL SEÑOR Z. – Una escrupulosidad excesivamente desarrollada se transformó en manía y le condujo a la ruina.

LA SEÑORA – ¡Pero es terrible que un hombre se arruine por semejante absurdidad! ¿Y usted no consiguió hacerle entrar en razón?

EL SEÑOR Z. – Lo intenté con todas mis fuerzas y con la ayuda de un fuerte aliado, un peregrino proveniente del monte Athos, una personalidad muy notable, casi un «jurodivye». Mi amigo le respetaba mucho y le pedía también consejos en las cuestiones espirituales, de modo que comprendió rápidamente cuál era la raíz del mal. Conozco bien a este peregrino e incluso he estado a veces presente en las conversaciones que ambos tenían. Cuando mi amigo empezaba a exponerle sus dudas de carácter moral –si había tenido razón en cierto caso o si se había equivocado en otro–, Varsonofij le interrumpía bruscamente, diciendo: «¡Oh, basta ya con tus pecados! ¡No son más que tonterías! Escucha bien: peca quinientas treinta y nueve veces al día, pero luego arrepiéntete, porque todos pueden pecar y luego arrepentirse, pero tú pecas continuamente y no te arrepientes nunca. De hecho, si pecar es malo, peor es recordar siempre los propios pecados, porque significa que uno está lleno de rencor, y esto no es bueno. Y, sobre todo, no hay nada peor que ser rencoroso y tener siempre en mente los propios pecados. Es mucho mejor que te acuerdes del mal que te han hecho los demás, porque al menos te serviría en el futuro para estar atento a ese tipo de personas; pero el mal que has cometido olvídalo y haz como si no hubiera sucedido nunca. Existe un solo pecado mortal, el desconsuelo; es del desconsuelo de donde nace la desesperación, y la desesperación no es ya un pecado, sino la muerte misma del espíritu. Y además, ¿cuáles son tus pecados, ¿la embriaguez y cosas por el estilo? Una persona razonable bebe lo que puede soportar y no se emborracha, pero el estúpido bebe hasta agotar hasta el agua de la fuente y esto significa que la culpa no es del vino, sino de la estupidez humana. Otros, en su locura, arden en vodka, y no solo interiormente; yo mismo he visto a algunos ponerse negros y recubrirse en llamas. Pero llegados a este punto, si el fuego del alcohol se ha apoderado de ti, no se puede continuar hablando de pecado. En relación a las varias infracciones al séptimo mandamiento te daré un consejo en conciencia: juzgar es difícil, pero alabar es imposible. ¡No, no te lo recomiendo! Cierto, se trata de un placer agudísimo, sobre esto hay poco que decir, pero al final la cosa cansa y abrevia la vida. Si no me crees, escucha lo que dice un reconocido médico alemán». Varsonofij cogía entonces de la estantería un libro de aspecto anticuado y empezaba a hojearlo. «Mira, basta ya con el título: Macrobiótica, de Hufeland. Lee aquí, en la página 176…». Y empezaba a leer con voz sosegada la página en la que el autor alemán recomienda con gran celo no desperdiciar la energía vital. «¿Ves? ¿Y, por tanto, por qué una persona inteligente debería echarse a perder de ese modo? Cuando uno es joven y desconsiderado, estas cosas le parece quién sabe qué, pero luego uno se olvida de ellas y se tiene mayor respeto de sí mismo. ¿Qué ganas, entonces, recordando el pasado y pensando: “maldito, querría ser otro, he echado a perder mi inocencia, perdiendo la pureza del cuerpo y del alma?”. Créeme, hacer esto es una verdadera estupidez, significa convertirse en un títere en manos del diablo. A él lo que le gusta es que tu alma no vaya ni adelante ni atrás, sino que continúe dando vueltas alrededor del fango. Escucha, pues, mi consejo: en cuanto el diablo empiece a tentarte con el remordimiento, escupe a un lado y haz como si no fuera nada, diciendo: ¡son muy graves todos mis pecados, son verdaderamente graves! Haz esto y ya verás cómo el diablo te deja en paz… Te lo digo por experiencia personal. ¿Y qué otras culpas puedes haber cometido? Tal vez hayas robado. No es, al fin y al cabo, una gran desgracia, hoy lo hacen todos. Luego no pienses en esas tonterías, sino que estate atento únicamente a evitar el desconsuelo. Y cuando vuelvan a tu mente tus pecados –¿en qué ocasión he ofendido a alguien? o cosas por el estilo–, entonces, sal de casa y vete al teatro, o visita a cualquier amigo alegre, o lee algo divertido. Pero, si aún quieres una regla, esto es lo que te puedo decir: sé firme en la fe, y no por temor de los pecados, sino porque es agradable para un hombre inteligente vivir con Dios. Y vivir sin Dios es verdaderamente horrible.Penetra a fondo la palabra de Dios, porque si la lees con discernimiento, cada una de sus frases será para ti como un rublo que te habrán regalado. Y reza con sentimiento una o dos veces al día; estoy seguro que nunca te olvidas de lavarte, pues la oración sincera es el mejor jabón que existe para el alma. Para la salud del estómago y de otras vísceras haz ayuno; todos los médicos dicen que va bien después de los cuarenta años. No pienses en los asuntos de los demás, no te ocupes de cuestiones de beneficencia si te dedicas a otras cosas, pero a los pobres que te encuentres, dales sin llevar la cuenta de lo que das, y haz así también con las iglesias y monasterios; estos tesoros los tienes ya en el cielo. Compórtate así y tendrás salud de alma y cuerpo. Una cosa más: no hables con los beatorros, que se insinúan en el alma de los otros porque la suya está vacía». Estos discursos producían una influencia positiva sobre mi amigo, pero no conseguían vencer del todo las angustiosas sensaciones que lo asaltaban.

Vladimir Soloviev, Los tres diálogos y el relato del Anticristo, Segundo Diálogo.

%d bloggers like this: