La confianza de María es su esperanza en virtud de su fe en la misericordia de Dios. Se apoya en el poder y el amor de Dios con la misma firmeza que una roca. (…)

Miremos cómo se realiza este movimiento de confianza en María en la anunciación. El ángel le anuncia que va a dar a luz a un niño que llevará el nombre de Jesús: María no comprende puesto que es virgen: «¿Cómo será esto pues no conozco varón?» (Lc 1, 34). Así la fe de María es puesta a prueba. Es necesario que su confianza no se conforme con su situación actual, que no sucumba a las tentaciones del temor o de irresolución que, a cada momento, corren el peligro de hacerle tomar la esperanza por una utopía. Al no ver cómo la palabra de Dios puede realizarse en el plano humano, María debe interrumpir sus pensamientos, descentrarse de sí misma para apoyarse únicamente en Dios.

Cuando María escucha la palabra del ángel «nada hay imposible para Dios», consiente y se pone en sus manos y aun va más lejos al pedir que esa palabra se cumpla en ella. (…)

Para que se levante la esperanza en el corazón humano, es preciso a menudo que nazca de la desesperación. Dios quita todos los medios humanos para que el hombre se fíe únicamente de él, sino se vería tentado a creer que debe su victoria a sus propias fuerzas o a las alianzas extranjeras. La confianza consiste a menudo en «esperar contra toda esperanza» (Rom. 4, 18). Por eso la confianza está en la base de la vida y nos orienta hacia el porvenir, es esencialmente dinámica.

También la confianza nos eleva por encima de nosotros mismos, rompe los límites del presente y de lo inmediato; es salida de sí, impulso y abandono. Para fiarse, es preciso despegarse del hoy y de nosotros mismos, hay que creer que ninguna situación es irremediable, que ningún complejo es definitivo.

Jean Lafrance, El poder de la oración, Cap. 11

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