La misma alegría de Cristo llevaba consigo la invasión de su ser por la alegría del cielo: pues es el amor de Dios el que fue crucificado en su persona, y este amor es esencialmente alegría, dicha, dulzura infinita… Los sufrimientos del cielo no penetran nunca hasta la región más íntima del alma, aquella donde reina la paz de Dios. Esta región no está por ello preservada del sufrimiento: está sencillamente más allá del sufrimiento… como Dios mismo. Esto no significa que Cristo haya sufrido menos. Sufría al contrario más, padeciendo la lucha entre la dulzura divina y las tinieblas del infierno: así es en el fondo la cruz. El sufrimiento es un misterio espiritual, aumenta con la sensibilidad: cuanto más saboreaba Cristo la felicidad de Dios, tanto más sufría en su corazón la desgracia de los hombres que rechazaban un amor tal.

M. D. Molinié, Lettre nº 1 sur le prière

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