Teófanes el Recluso

Los asuntos de la vida cotidiana

Está muy extendida la creencia de que, en cuanto nos ponemos a hacer algo en casa o fuera de ella, nos salimos del ámbito de los asuntos divinos y agradables a Dios. De aquí que cuando surge el deseo de vivir de modo agradable a Dios y se habla de ello, normalmente se une a esto el pensamiento de que, para realizarlo, uno tiene que abandonar su casa y la sociedad e irse al desierto o al bosque. Pero resulta que no es cierto ni lo primero ni lo segundo. Los asuntos de la vida cotidiana y de la vida social, de los que depende el mantenimiento de las familias y de la sociedad, son cosas dispuestas por Dios, y su cumplimiento no significa alejarse del ámbito de lo que a Dios agrada, sino que es parte de nuestro camino en los asuntos divinos.

Al tener una creencia tan equivocada, todos actúan de tal manera que en estos asuntos domésticos y sociales no se preocupan ni lo más mínimo de pensar en Dios. Veo que esta creencia también la domina a usted. Deséchela y convénzase de que lo que usted hace en su casa y fuera de ella, en la esfera social, como hija, como hermana, ahora como moscovita, tiene que ver con Dios y que a Dios le agrada. Porque para cada uno de los distintos aspectos que tienen que ver con eso existe su correspondiente mandamiento. Y ¿cómo no va a agradarle a Dios que cumplamos sus mandamientos? Más bien, con esa errónea creencia seguro que hace usted que estas cosas no le sean agradables, porque no las realiza con la disposición que Dios quiere que se cumplan. Así, estas ocupaciones no producen ningún fruto y, además, alejan la mente de Dios.

Corrija, pues, dicha idea y empiece ya a realizar todos sus quehaceres con la conciencia de que Dios mismo nos manda a hacerlos, y ocúpese de ellos como cumpliendo un mandamiento divino. Cuando se disponga de esta forma, ni una sola tarea de la vida cotidiana la separará de Dios, sino que, por el contrario, la acercará a Él. Todos somos siervos de Dios; a cada uno le ha señalado un lugar y una misión, y observa cómo la realiza. Él está en todas partes. También la mira a usted. Conserve esto en su mente y cada cosa que haga, cualquiera que sea, hágala como si se la hubiera encargado Dios directamente.

Realice así sus quehaceres domésticos. Y cuando vaya alguien a su casa o usted misma salga afuera, tenga presente, en el primer caso, que Dios le ha enviado a esa persona y que está mirando si usted la acoge y la trata según Él quiere; y en el segundo caso, piense que Dios le ha encargado hacer algo fuera de casa y está mirando si usted lo realiza como Él quiere. (..)

Además de con la errónea creencia ya mencionada, nuestros quehaceres suelen ir acompañados con una especie de debilidad o enfermedad, por así decir. Se trata del afán. Realizar con diligencia las tareas que tenemos que hacer es un deber, respaldado por una terrible amonestación: Maldito el que hace la obra de Dios con negligencia. Pero el afán o la preocupación excesiva, que carcome el corazón y le quita la paz, es una enfermedad del pecador que pretende organizar su propio destino y trajina en todas las direcciones. El afán desmedido dispersa los pensamientos e incluso impide concentrarse en el asunto que uno se trae entre manos. Así que mire dentro de sí y, si descubre que a veces la domina esta forma de afán, esfuércese en expulsarla y no darle lugar. Debe usted tener diligencia a la hora de realizar sus tareas, y al hacerlas con todo cuidado espere de Dios el éxito, consagrándole su labor, por pequeña que sea; pero el afán reprímalo.

Actúe usted así y sus ocupaciones y asuntos cotidianos no la apartarán de Dios.

¡Que Él la ayude!

Teófanes el Recluso, Qué es la vida espiritual y cómo perseverar en ella, Carta 49.

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