Emilio Komar

La belleza de la vida

Volviendo a la cita del Fedón, de Platón: «Ahora bien, partiendo de ese razonamiento, ninguna otra cosa conviene al hombre considerar más, tanto en relación a sí mismo como a propósito de los otros, sino lo que es más perfecto, más excelente».

Santo Tomás enseña que todo en el mundo busca la excelencia; no solamente el hombre, toda la naturaleza trata de ir a lo perfecto. El peligro de orgullo no consiste en buscar la excelencia, sino en buscarla fuera de lugar, fuera de lo suyo, es el peligro de soberbia. Pero buscar la excelencia en lo suyo, realmente en lo suyo, es virtud. […]

A esto se une un problema muy serio: concebir la moral como costumbres. En griego hay dos palabras que suenan igual pero que se escriben distinto: éthos (ήθος) con eta larga, significa carácter, personalidad, y ëthos (έθος) con epsilon, e corta, significa costumbre.

Cuando Cicerón y otros traducen al latín la terminología filosófica griega se equivocan y al término éthos (que significa moral, porque moral apunta a la formación del carácter, de la personalidad, a la plenitud, a la perfección) lo tradujeron mores. De mos, moris, plural, mores, que significa costumbre.

Esto siguió su curso y a causa de la palabra, la moral comenzó a pensarse desde el punto de vista de las costumbres. Toda moral se expresa en las costumbres, pero su esencia no son las costumbres (usos aceptados socialmente) sino el crecimiento y la plenitud personal y la perfección. La ética verdadera es la disciplina de la perfección humana. No es un conjunto de deberes y de pecados, sino otra cosa. Si leen la «Ética a Nicómaco», la «Ética a Eudemo» y la «Magna Moralia», y los comentarios a estas tres obras de Aristóteles, se darán cuenta que se parecen más a una caracterología que a un libro de moral actual.

Pero hoy se la presenta por el lado de las costumbres, y éstas no siempre tienen un origen natural. Hasta hace poco nos saludábamos dándonos la mano, y ahora se besan hasta los varones. En Italia nos besábamos siempre entre amigos y compañeros. […] Al llegar a Argentina me encuentro con un médico compañero de la Universidad de Turin, lo abrazo y me dice «¡por favor… aquí en Buenos Aires…no, no!» Son costumbres distintas. En Alemania se toma cerveza negra caliente que a mí me hace vomitar. Son distintas costumbres. Hace 35 años en Buenos Aires estaban de moda los “milk bares” donde uno podía hacer un pequeño almuerzo, y estando una vez en uno de la Vascongada en Florida y Diagonal Norte, tenía en una mesita enfrente a un gallego, y en otra mesita había dos norteamericanos comiendo milanesa con puré y cada uno con una taza de café con leche. El gallego me dijo: «¿Vió usted? ¡Así son ellos! ¡Qué perversidad!», para él se venía abajo el mundo. Comen milanesas con puré y toman café con leche: ¡Mayor perversidad imposible!

Reduciendo la ética a las costumbres se falsea todo. La ética es en el fondo perfeccionamiento del ser de uno. Toda falla, todo pecado, es una mutilación en el propio ser. […]

Yo he distribuido algunas veces un texto de Nodet que dice: no es posible llegar a la paz interior en sentido psicoanalítico si no se eliminan del alma todas las mentiras vividas. Mientras haya mentiras, hay grietas. El pacto entre médico y paciente es decir toda la verdad, evitar todos los rodeos, y si hubo rodeos y reticencias tiene que aclararse por qué se llegó a ellos. Porque solamente la verdad puede recomponer un alma destrozada.

No es cuestión de una convención social, como si dijéramos: hemos convenido no mentir y no mentimos. Si compruebo que alguien me miente en algo importante pierdo la confianza. Si mi socio comercial me miente, yo empiezo a tomar mis recaudos. Si la esposa descubre que el esposo le miente, no hay calmante que la calme. Y viceversa, si el marido descubre que la esposa le miente algo se rompe, algo empieza a crujir. La mentira tiene su costo. No es algo meramente convencional que yo no cumplo o cumplo más o menos, y no pasa nada. Sé del caso de una niña que tenía total confianza en la madre, que la adoraba y para quien la madre era algo verdadero y perfecto, descubrió una mentira en algo importante y padeció un trauma que años después resultó muy difícil curar a un psicoanalista, a un psiquiatra. Porque la atormentaba una desconfianza muy honda. Cuando no hay confianza no hay relax.

De Gásperi decía «no hay mejor relax que la confianza». Lástima que este gran político italiano vivió poco tiempo. Se encontraba con Adenauer, otro gran político, y con el francés Robert Schuman: eran amigos y fundadores de la comunidad europea. Leí un reportaje después de un encuentro en Bruselas y De Gásperi decía de Schuman: «¡que calma esta faccia leale!» Una cara leal, calma. Y un «scaltro», un vivísimo, no calma.

Esas no son cosas para jugar porque muchas veces la necesidad de verdad en ciertos puntos esenciales es cuestión de vida o muerte.

La mentira es un ejemplo de ética. Las normas éticas tienen valor absoluto, no relativo.

El tema del orden natural hace patente, si se lo acepta, que esas normas que muchas veces se atribuyen a un convencionalismo social, tienen una base «in re», en las cosas. Y si son meramente sociales carecen de fundamento, no se toman en serio. El relativismo tiene un alto costo. Alguna vez he citado al Dr. Paul Schilder, un gran médico alemán de fama mundial. Clínico, psicoanalista, psicosomático. Aquí en Buenos Aires su discípulo fue el ya fallecido Dr. Enrique Krapf, que terminó su carrera siendo presidente de la Oficina Internacional de Salud Mental que depende de Méjico y Ginebra. El prologó y comentó el único libro de Schilder traducido al castellano, que yo leí para conocer su pensamiento. En este libro médico, lleno de historias clínicas, dispepsias, disneas, catarros, hepatitis, etc. cita a Platón en una página entera. Esto me sorprendió tanto que decidí estudiarlo. Lo habré leído 20 veces y por mucho tiempo no entendí por qué introduce el texto de Platón.

Dice allí:
«No hay ningún juego que sea solamente juego: siempre en todo juego hay alguna responsabilidad. Nos gusta engañarnos con la idea de que podemos prescindir de las acciones y de que podemos no actuar como personalidades totales, posponiendo nuestro compromiso interior. Pero en el fondo de nuestra personalidad sabemos que la verdadera belleza de la vida radica en su carácter profundamente serio e inexorable» (Imagen y apariencia del cuerpo humano, Bs. As., Paidós, págs. 230/231)

Después se refiere a un texto de «La República» de Platón. Me preguntaba por qué este médico tiene que hablar justamente de ese tema en ese lugar. En ocasiones hay que volver muchas veces sobre el mismo pasaje para entenderlo, y después de volver y leer el contexto me di cuenta: si la vida no se toma en serio, la vida no se «vive» en serio. Si no se vive al 100%, se vive al 20%. Entonces el estómago trabaja 20%, los pulmones 20%, el corazón 20%, los intestinos 20%, o un poco menos o más. Para que la vida sea orgánicamente plena es necesario que el hombre conscientemente tome la vida en serio. Entonces es por interés médico que Schilder llega a esa conclusión: la verdadera belleza de la vida está en su carácter serio e inexorable.

Emilio Komar, El optimismo cristiano, (curso de 1992), Bs.As., Sabiduría Cristiana, 2012.

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