P. Diego de Jesús

Los que Tú me diste

Ricardo de San Víctor, un inmenso monje escocés del luminoso Medioevo, va a decir –en su comentario al Cantar de los Cantares– algo que a la sensibilidad actual puede impresionar un poco. El brulote dice sin más así: “Dios no puede más que amarse a Sí mismo”.

Puede resultar peligrosa e incompleta esta afirmación, como si negara que Dios nos ame realmente a nosotros, sus hijos adoptivos. Pero no, no incurre en ningún error. Alcanza con lo que agrega de inmediato: que por dentro de ese Amor intradivino se da el amor a la obra de Sus Manos.

Y más allá del asunto humano, puede la frase parecer infeliz o inadecuada para expresar el generoso y altruista amor divino. Pero no. Si Dios fuera una mole maciza, sin vínculos internos, no habría posibilidad alguna de escaparle a la aporía. Es más: si así fuera Dios (monolíticamente Uno), ese amor a Sí mismo sería de un narcisismo y egoísmo espantoso.

Pero en Dios, en los adentros de Dios, hay lugar para el Otro; en Dios hay Otros. A Quienes amar infinitamente… sin salirse del Amor único con que Dios se ama a Sí mismo. Dios ama a Dios, pues Dios puede decir “Tú” sin salir de Sí mismo. Dios es el prójimo de Dios, dirá santo Tomás.
Y en el intercambio de ese Amor, en el centro y vórtice mismo se da esta curiosidad: el amor a cada uno de nosotros.
Pero esto tiene su modo, su forma, su orden amoroso.

En el centro de la Mesa trinitaria hay un cordero, una oveja. La Teología del íconos nos enseña que se trata del Hijo humanado, que se hizo Víctima de propiciación por nuestros pecados. Pero esa Carne que asumió para el Sacrificio es la nuestra; somos nosotros. Por eso cabe decir: en el centro de la Mesa trinitaria estamos nosotros, las ovejas de su rebaño. En el centro del Amor intradivino está el cordero, como obsequio mutuo de las Personas divinas.
Cordero es el Hombre. Entre el Ecce Agnus del Bautista y el Ecce Homo de Pilato no hay distancia. Hay plena convertibilidad.

Pero volvamos al obsequio.
Hay un Padre que ama al Hijo; tanto, que le regala una esposa, un rebaño, un cordero. Tanto amó Dios al Hijo, que le entregó un Mundo. “Una Esposa que te ame, mi Hijo darte quería” pone Juan de la Cruz en boca del Padre. Ese es el “Tanto” del Padre al Hijo.
Y el “Tanto” del Hijo al Padre, consiste en que Éste, colmado de gratitud, recibe su Regalo y se entrega entero a este don, en señal de su filial amor. Lo recibe, lo cuida, lo valora… pues es dado por su Padre.

Con este encuadre hay que asomarse al Capítulo 10 de San Juan, al Misterio del Buen Pastor que da su vida por las ovejas. En verdad: da su Vida a las ovejas, por el Padre; porque son obsequio de su Padre. No por otra cosa. Va de nuevo: Dios no puede más que amarse a Sí mismo.

Creemos que Juan X habla mucho de nosotros, las ovejas. Sobre qué debe hacer o dejar de hacer el rebaño. Y no. No pasa por ahí el centro del asunto. (Dicho sea de paso: casi nunca los Evangelios tratan sobre nosotros, sino sobre Dios…).
La figura central del relato no es la oveja sino el Padre. El Autor del obsequio y el Destinatario de todo el despliegue del Pastor, su Hijo.

Lo decisivo del Teo-Drama que despliega este Evangelio no pasará por la conducta de la oveja, sino del tremendo Conflicto en juego: si la oveja está en manos de su Dueño o queda en poder de un tercero. Y la reacción diferente de uno y otro ante la irrupción del enemigo, el lobo. Así, Padre, Pastor, mercenarios y lobo: son ellos cuatro los que protagonizan y despliegan este Drama. No la inerme ovejita que no entiende un belín. Otorgarle importancia a ella sería como considerar a Barrabás protagonista de la Pasión. Y no, Barrabás no entiende un pito. Es el Bar-Abbá, el Hijo del Padre quien despliega y resuelve el Drama para liberación del bandido, la oveja negra blanqueada en su Sangre.

Podemos creer que lo esencial del cristianismo es nuestra entrega y respuesta al Señor. En definitiva: que lo esencial del cristianismo somos nosotros mismos. Cuando lo decisivo es lo que se da en ese vertiginoso mundo invisible que nos circunda, donde se baten y debaten y resuelven grandes cosas. Hay un Padre que dona, hay un Hijo que es Mayoral del don, hay nefastos asalariados y hay lobos temibles. Y es entre ellos que se disputa esta Guerra. Lo nuestro, de algún modo, ni siquiera consiste en ser soldado que batalla en favor de un bando o de otro: nosotros somos el islote rocoso en disputa. Nosotros somos el botín.

Ver avanzar al Guerrero Pastor en rescate de la oveja usurpada, es ver en Acto el apasionado Amor a su Padre y Patria. “¡Los que me diste!” clama a Voz en cuello el aguerrido Mayoral avanzando sobre el fortín enemigo, lleno de mercenarios y chacales. “¡Los que me diste!” es el “¡Santiago y cierra España!” de este divino y bucólico Reconquistador.

Nunca terminaremos de sopesar lo suficiente esto: somos Suyos. Ese es nuestro valor. Y nos ama no por mero “altruismo”, por amor a lo otro. Sino a lo propio. A lo que el Padre le regaló, le confió, le dio. Nos ama por amor al Padre.

¿Esto achica o desluce el amor que nos tiene?
En absoluto. Por el contrario, explica por qué su amor por nosotros sea tan grande: porque es amor a Dios, a su Padre, el Autor del regalo, de “los que me diste”.
El divino Lebrel nos persigue porque el celo por los regalos de su Padre lo devora. Nos persigue y rescata de manos enemigas, bajo el grito de guerra más enamorado que haya resonado en el orbe: ¡por los que Tú me diste!, brama, con intenso y amoroso acento en la u.

El “tanto” del Amor de Dios por nosotros, ese “tanto” es Amor de Padre a Hijo y de Hijo a Padre; es Amor trinitario.
Todo nace y se resuelve en el Primer Mandamiento, que en Dios es Mandato Único. El Padre por amor infinito a su Hijo Único, le entrega las ovejas en obsequio. El Hijo, por amor infinito a su Padre, las rescata, las cuida, las carga y las conduce hasta la Casa del Padre.
“La Vida por ellas”, es el pulso vivo del Amor divino, la circulación misma de la eterna entrega mutua: en cuyo centro, en su más quieto vórtice, estoy yo, está cada uno de nosotros.

Nuestra vida no se da por fuera de este círculo de Amor eterno, como si de un satélite se tratara, sino que vivimos, nos movemos y existimos y pastamos y somos amados en el centro más ígneo de este Fuego intra-trinitario. Somos, también nosotros, el cordero del centro de la Mesa trinitaria. Corderos de Dios a Dios, corderos de Dios para Dios.
Somos la ofrenda y la expresión de ese Amor mutuo.
Somos el centro mismo de ese “Dios no puede más que amarse a Sí mismo”.

%d bloggers like this: