Parte I

Sobre la base de estos pasos dados, de este tiempo de disposición y de lectura reposada del texto, comienza la instancia en que empezar a rumiar el texto, como le decían los Padres…

Rumiar un texto sagrado no significa pensarlo y pensarlo y pensarlo… reflexivamente, mentalmente, tratando de ver qué significa esto y lo otro, sacando conclusiones y más conclusiones sobre la doctrina misma o sobre Dios, o conclusiones morales para tratar de concluir qué hacer y qué no hacer…

Sino que justamente, en vez de eso, la rumia es un ejercicio muy silencioso del alma, sin el ruido de la lógica, de la operación o actividad mental… La rumia es un una forma muy sencilla y profunda en que permitirle a la palabra poder ella misma nutrirme, transformarse en luz, en alimento, en nutriente, por el poder de ella misma y no por una suerte de astucia o actividad mía con que yo sea el que le «saca el jugo» al texto. No tengo que sacarle «yo» el jugo, tengo que dejarla reposar en mí, para que ella emane su jugo…

Y esto obliga a decir algo muy hermoso y valioso sobre los evangelios y es hacer alusión al poder de esta Palabra. Poder de ser la Lectio del Evangelio. La noción de Evangelio única que tenemos no está en los evangelios, sino en san Pablo, que sí lo dice: el evangelio es poder de Dios. El dinamismo —eso significa poder en griego— arrollador, la energía del Dios potente, omnipotente. Usamos mucho la palabra omnipotencia, pero el prefijo alusivo a la totalidad, tal vez no nos deje entender que está diciendo eso: poder. Dios tiene poder. Su palabra es poderosa.

Es fundamental, bajo esta espiritualidad de la pasividad, de la irresistencia, de la docilidad, del dejar a Dios ser Dios, que al correrme «yo», darle efectivamente cabida a un Dios potente, a un Dios poderoso, que realiza su obra. Dejar ser el protagonismo de un Dios que tiene autoridad y eficiencia. Lo que Dios dice, se hace. Pero no porque su consigna, su mandato, sea «obligatorio», sino porque es poderoso intrínsecamente, es decir, hace lo que dice.

La Palabra de Dios hace lo que dice. Y dijo Dios: haya luz, y hubo luz. Y no porque se tuviera que obedecer el mandato de hacer luz, sino porque el decir de Dios genera la luz. No son consignas, instrucciones a subalternos. Es el poder con que su hablar cristaliza en realidad lo que está diciendo. Dios dice luz y hay luz. Dios dice agua y hay agua. Dios dice galaxia y hay galaxia. Y es el mismo «Y dijo Dios», la misma Voz de Dios del Evangelio. Esa continuidad de los «Y dijo Dios…» del Génesis y las palabras de Jesús en el Evangelio, es la de esa misma Palabra que estaba al principio, que estaba junto a Dios, y esa palabra que me estoy llevando a la boca, la que estoy asimilando, comiendo, y es esa palabra que internamente por sí misma es explosiva.

El Papa Benedicto tiene una expresión muy elocuente, va a decir que la Palabra de Dios es performativa… Performativa significa que le da forma a lo que toca, a lo que alcanza. Es una palabra que cincela por sí misma, que talla por sí misma. Es filosa, no solo como una espada de guerra (también, por qué no…), pero no solo en su acepción de esgrimir o de batallar, sino que también es una palabra que performa, talla, hace. Es operativa. Es una palabra viva y eficaz.

La eficacia de la Palabra es siempre y cuando caiga en «nosotros», en nuestro más profundo centro, en el humus más negro, en la tierra más abierta de nosotros mismos. Por eso es tan importante toda la dispositio de la que hablamos. Porque si cae al borde nosotros, en el costado de nosotros, a la vera de nosotros, no hay nada que hacer… Pero no porque la semilla fuera estéril, no porque la Palabra sea ineficaz o impotente, sino porque su eficacia, su potencia, sólo puede realizarse y deplegarse dentro de nosotros. Pero si cae allí donde debe caer, entonces no hay más que hacer. Lo demás es silencio.

Y esto tiene que ver con esta meditatio, esta rumia, este alojar. La Palabra tiene que ser alojada. La meditación justamente no es otra cosa que una hospitalidad con la palabra. La Palabra debe ser recibida, alojada, guardada… Guardar —ese verbo que se relaciona tan íntimamente con la Virgen— en orden a que sea su propio poder el que transforme. Guardar la luz y guardarnos nosotros con ella, y esconderse en el escondrijo donde ella misma está escondida en nosotros. Esa idea de san Juan de la Cruz tan hermosa…

Esconderse es todo lo contrario al movimiento con el que quisiéramos desesconder la palabra del texto sagrado para sacarla de allí y ponerla entre cuatro alfileres en tergopor o entre vidrios para microscopio. No se trata de sacar, extraer la palabra de Dios del texto. Eso es explotarla. Se trata de cubrirla y sin tocarla esconderse uno donde ella está…

Como uno que teme que el tesoro se pulverice entre las manos si lo extrae. Tiene que dejarlo allí, tiene que ir él donde está lo encontrado. Como en la parábola del tesoro escondido en el campo, en Marcos, en el capítulo XIII. Los Padres insisten en que se trata justamente del tesoro de la palabra de Dios, que no hay que quitarla de su propio ambiente, de su propia atmósfera, y que somos nosotros los que tenemos que ingresar en ella.

Por eso el gran desafío es meternos en ese Libro que se abre, en ese pliego que nos imanta, que nos convoca, ingresando por esta meditación, por esta demora de la Palabra en el paladar, en la boca, como lo hace el catador con el vino. Esta demora, este encharcamiento de la palabra en nosotros, es lo que genera la magia del viaje y nos sumerge en el misterio. Y de eso se trata, de que nosotros podamos sumergirnos en el misterio de Dios. No es traerlo a nuestro minúsculo mundito. Nuestro lugar es ínfimo, minúsculo. El lugar de Dios es inmenso. Por eso no se trata de restringirlo a Dios a nosotros, sino de ampliarnos nosotros a la inmensidad de Dios.

Y en ese sentido no hay nada más maravilloso que el viaje al interior de la Escritura. Desentendiéndose del propio yo, de la propia casa, del propio origen de uno. Se está de viaje, uno dejó lo propio, se está en lo totalmente Otro, lo totalmente ajeno, nuevo, sorprendente.

Para el hombre actual y mucha espiritualidad de la Iglesia actual sucede todo lo contrario: lo importante es lo que el texto me dice a mí, porque lo importante soy yo. Y esa es la falacia, la quimera más espantosa… Dios es Dios.

Cuando se invierte la polaridad de este movimiento en el que extraer de la Escritura un mensaje que aproveche a mi propia vida, a mi propia circunstancia, a mi propio mundito, a mi propio yo, estamos de salida a Dios.

De ese movimiento autista, solipsista, tullido, en esa autoreferencialidad en la que todo lo que se dice, lo que se habla, todo se piensa en función de mí, en una cosa absolutamente atrofiante, en un achicamiento atroz, como esas enfermedades que nos van reduciendo monstruosamente y se termina en una asfixia por el encurvamiento, por esa cifosis con que el hombre actual se encurva entero sobre sí… de esa enfermedad epocal del hombre actual… hay que salir. Eso hay que revertirlo a riesgo de morir.

Y cuando entonces ya no importa tanto lo que el texto me dice a mí, donde no importa tanto aplicar el Evangelio a mi vida, y empieza a importar aplicarme yo entero al Evangelio, di vuelta la polaridad, invertí el movimiento centrípeto a centrífugo. Y me lancé. El viaje puede ser largo, complicado, y tener mil dificultades, pero ya revertí el cuadro. Es cuando el enfermo siente ya pasó lo peor. Empieza a remontar un vuelo… La salida de sí.

Salí «de mí» tras ti clamando… La Lectio divina es un viaje de salida. Hoy que se gusta tanto hablar de una Iglesia en salida, en una acepción apostólica diferente… pero aquí está la salida, no en buscar barrios marginales solamente. Sino salir del propio cuartito interior, a la inmensidad de Dios.

Esa inmensidad de Dios… cuando la meditación, con la masticación serena de ese versículo, ya me torna libre para detenerme en una palabra, en un verbo, para darle más vueltas a ese adjetivo, no para pensarlo mucho —insisto— sino porque me quedé en dos palabras, en una frase, y eso empieza a destilar un sabor, un néctar, que se sumerge en el interior mío, en el interior de Dios, de tal modo que empieza a vincularse a otros néctares y a otras flores, de otras Lectios, de otros textos, de otros días, otros años… Todo empieza a vincularse dentro de mí, o dentro de Dios, porque ya no sé donde estoy, si es en mí o si es en Él, como notaba Santa Teresa…

Esto es maravilloso y no es una realidad mística, en el sentido de «fenómenos sobrenaturales extraordinarios». No. Es simplemente la verdad indisociable con que un evangelio me habla sobre cualquier otro evangelio, me refracta, me hace eco en cualquier otro evangelio. Pero no por un estudio comparado, acudiendo a las citas y a las notas adicionales… Esto ocurre sin que yo lo maneje ni lo manipule, porque está en el mismo suelo interior.

Esto empieza a ocurrir. Ciertamente no en la primera vez, porque no tengo una anterior donde refractar… ni tal vez en la segunda o tercera Lectio… Pero cuando empieza a haber suelo, capas geológicas, estratos, capas de humus sobre humus adentro de mí, de lectios sobre lectios sobre lectios, cuando ingresa una nueva palabra, esa sola palabra entra a encadenarse como armónicos en la música, entra a reverberar sobre otros textos, sobre otras imágenes, sobre otros gestos de Jesús, sobre otras palabras de Jesús…

¿Y yo cómo hago…? Nada, no hagas nada, porque lo que hagas va a ser para estorbar… Vos quietito… Cuando la maravillosa irresistencia hace la apertura a una oración que es profunda, visceral, entrañable…

Cuando empieza a vincularse todo con todo, eso se llama la analogía de la fe. Es el misterio por el cual cualquier versículo bíblico tiene que ver con cualquier otro versículo bíblico, porque son todos expresiones complementarias de una misma y única Palabra.

En definitiva es el misterio de la verdad de nuestra fe por la cual decimos: Palabra de Dios, y no palabras de Dios. En el principio existía la Palabra y la que nos habla es la Palabra, no las palabras.

Esa unidad, esa identidad unitaria, de un solo Logos descompuesto, por decirlo así, como se descompone la luz en colores, en multitud de palabras, entra justamente a vincular todos los tonos y todas las expresiones entre sí. Y cuando me quiero acordar dentro de mí se ha decantado una sinfonía de luces y colores que se refractan entre sí, y yo me quedo contemplando eso, maravillado, admirado de cómo se refracta la luz… espejos en espejos, dentro de mí…

¿Y para qué sirve eso…? Para nada… Y para todo. Su máxima inutilidad es expresión de su suprema utilidad, de sus insuperables beneficios. Porque nos transforma. Porque nos transfigura.

Y esa es la meditación. Y si me refiere a otro texto y lo tengo a mano, voy al otro texto, y voy a la profecía que me dice lo mismo de Jesús pero en el reverso de la trama… y voy al salmo y vuelvo a la palabra de Jesús… No hay margen de error, no hay modo de errar, de equivocarse y forzar una vinculación falsa. En absoluto… Son todas facetas de un mismo diamante. Hay piedra libre para asociar lo que se quiera con lo que se quiera, sin posibilidad de errar.

Sí tenemos posibilidad de errar justamente en la otra meditación, la moderna, donde empiezo a pensar y extraer de las palabras reflexiones y conclusiones. Esa precaución que tuvo la Iglesia siempre, sobre todo desde la Contrarreforma en adelante, para escapar de la libre interpretación de los textos sagrados. Así nacen las herejías y los disparates, por las conclusiones mentales.

Acá en cambio estamos en un ámbito previo a cualquier juicio, estamos en la pureza de la intuición directa vinculándose con cualquier otra intuición.

Y si estas capas geológicas y estos otros verbos alternativos al que me estoy llevando a la boca hoy, entran sobre el verbo actual, esto es gracias a la memoria, a que he guardado en mi corazón los textos. Que no significa aprenderse de memoria el Evangelio (no estaría mal, sería maravilloso y valiosísimo intentarlo…) pero aunque no sea así, sí alojarlo. Alojarlo de un modo tal, con un amor tal, que esa sea la garantía de memorización.

La memorización no es posible solamente por recursos mnemotécnicos, con que buscar «grabar», sino que se trata de una memoria afectiva que guarda, porque justamente es propio del amor guardar… Porque el amor sabe guardar, alojar, recoger, resguardar del olvido. Y uno no se olvida de cosas maravillosas que ha vivido y no porque se lo haya propuesto… Y así hay que permitir que trabaje la memoria y se guarden las palabras de Jesús en el corazón.

Y que esto habilite esta fiesta sinfónica, lumínica, en donde todo lo guardado entre en un movimiento sorprendente que es el país mágico de Dios, donde justamente sus paisajes, sus visuales, hacen que un monje, por poner un ejemplo, que lleva décadas y décadas leyendo el mismo Evangelio pueda sentirse sorprendido y fascinado ante lo jamás visto, lo jamás percibido. La recombinación de los colores.

La lectura es la misma de siempre, la que inexorablemente podría generar aburrimiento como un cuentito lineal. Pero justamente la meditatio rompe absolutamente con esa linealidad y genera una comunicación con los otros textos infinita, inagotable…

Y me sorprenderá, no necesariamente porque me lleve a un paraje en donde nunca había estado. Sino que me sorprenderá el mismo paraje, pero nunca percibido así. Es el mismo rostro el que puede volverme a conmover. Para que no me aburra el texto no tengo que encontrar cosas «nuevas». No se trata de cosas «nuevas». El asombro no necesita de la novedad. Necesita del candor virginal con que poder ver lo de siempre como nuevo. Nuevo como movimiento irrumpiendo del Origen. Como agua viva que está brotando del surgente.

Eso es tener un evangelio en la boca, disfrutándolo, saboreándolo, gustándolo, eso es meditar sin pretensiones, sin la avidez del mercantilismo, del utilitarismo, del aprovechamiento que saca tajada, de la especulación.

Y cuando lo trago y lo guardo, surge —a veces, no siempre— una respuesta de amor. Y ese es el tercer paso: la oración.

La oración como respuesta de amor del hombre que escucha a Dios y le responde. A veces devolver a Dios no es más que un suspiro de gratitud, un Amén, un Fiat, un «sí, quiero», «sí, acepto», o un «oh» de admiración.

No se trata de decirle: ¿terminaste de hablar…? Ahora hablo yo, porque es un diálogo, ¿no…? No. Invertir la polaridad en la que el hombre siempre es el centro de la escena, es la oración más profunda. Esa tremenda arrogancia debe deponerse y dejar a Dios ser el centro. El justo centro.

Por eso la Lectio divina es un acto de resarcimiento, de reivindicación, de justicia. Dejarlo a Dios ser Dios, y yo ser una excusa, un humilde siervo que escucha y que eventualmente responde… Y no entrometer «mi tema»… Lo que no quita que en otra instancia oracional pueda hacerle mis súplicas, mis pedidos, ordenados, sanos…

Pero en la Lectio, cuando Dios me está hablando, primero lo escucho, después lo escucho, y después lo escucho. Y después le respondo algo… Algo simple, algo corto… Y es maravillosamente liberador no estar obligado por consignas opresoras, desafiado, urgido por darle como respuesta esa fabricación y proliferación de palabras y verbos y oraciones… No. Es relajarse, bajar los hombros, abrirse y decir nada… Yo, Maestro, nada… escucho y disfruto de lo que digas

Es tan hermoso y tan fácil rezar… que merece el nombre de los nombres: Evangelio. Es una buena noticia como pocas otras podamos recibir. El Evangelio es la buena noticia de que en la oración Dios hace, Dios dice, Dios maneja, Dios maniobra, Dios tensa… Y yo, escucho, disfruto…

Parte III

Retiro abierto de Lectio Divina.
Capilla Sagrada Familia de las Hermanas Franciscanas.
Córdoba, 7 de octubre 2017.

 

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