El plan de este día es abordar de un modo muy somero consignas, pautas, sobre la Lectio Divina, este arte milenario con que el cristianismo amonedó un modo muy concreto, muy práctico, muy disciplinado también, con que tratar con Dios. Es ciertamente la escuela de oración originaria de todas.

No hay nada previo a la Lectio Divina en la historia de la espiritualidad cristiana y tal vez sea ese un argumento más —interesante— para sospechar, presumir, que realmente se trate de una modalidad primordial para la vida de oración.

Tras ella, la Iglesia en su largo andar ha encontrado, ha descubierto, modos distintos, alternativos… o más que alternativos, complementarios de la Lectio Divina. Pero es en rigor importante acentuar, avisar con cierta vehemencia, que todas esas escuelas en los siglos posteriores, del Medioevo para aquí, si se quiere, no pueden existir, no pueden darse, no pueden vivirse como espiritualidades en la Iglesia, sino son prolongaciones de esta espiritualidad fontal, original. Nadie en la Iglesia puede rezar sino es partiendo de la Lectio Divina.

Sobre la base, sobre la roca firme de la Lectio Divina, se puede abrir un abanico inmenso de espiritualidades, de estilos, de carismas, eso tan variopinto que se da en la Iglesia muy lícitamente, pero que tienen que poder partir del encuentro con un acto vivo, con un Dios que se comunica con el hombre, un Dios que nos habla, un Dios que habla ciertamente a través de su palabra.

Bien. La Lectio Divina, como saben, está armada, está diseñada por los monjes de la antigüedad en cuatro pasos clásicos: la lectura del texto, la meditación, la oración que brota de ese meditar y la contemplación.

Leer, meditar, orar, contemplar, siempre han sido los cuatro verbos sobre los cuales se armonizó el esquema. La idea de este retiro, en esta jornada acotada, es hacer a vuelo de pájaro un planeo sobre estos cuatro pasos de la Lectio Divina, pero no como una conferencia, no como una clase teórica, sino proponiéndoles una experiencia real y personal de esta propuesta.

Es muy importante este acento para entender bien que vamos a hacer un retiro, de modo que se sumerjan en esta experiencia, que atiendan a la teoría pero que inmediatamente puedan pasar a un intento.

Se trata de meternos en el adentro de las Escrituras, bucear por dentro, como quien desciende, se sumerge, en una piscina de aguas salutíferas y desde ese sumergirse el texto pueda obrar en nosotros. Ante todo cambiar un poco la idea de una conferencia, de venir a recibir información seca, en seco, y hacer un retiro espiritual, una experiencia personal, un ejercicio real, concreto, de la Lectio Divina.

Nosotros siempre decimos en el Monasterio: a rezar se aprende rezando, como a nadar se aprende en la pileta. No es que no haga falta aprender, ciertamente que sí. No se improvisa ni en nadar ni en rezar. Se aprende en un arte, una docilidad por parte del que intenta aprender y una docencia en el que enseña, ciertamente, pero en el agua, no en un pizarrón. Nadie aprende a rezar ni a hacer la Lectio Divina en un pizarrón sino Escritura en mano y corazón lanzado tras las honduras de esa Escritura.

Incluso con ese desafío tan hermoso… Léon Bloy tiene una expresión muy linda, desafiante, con cierta audacia, en que alienta a gustar y ver qué bueno es el Señor, aunque más no sea para refutar, aunque más no sea para decir que es una quimera, un engaño o un embuste. O no, corroborar que era cierto, que era genuino lo que nos dicen los que nos preceden en el camino…

Vean si es cierto. Yo les aseguro que es cierto, pero vean que es cierto… Que sumergirse en las Escrituras es una aventura apasionante, una experiencia inefable. Que quien hace esta experiencia, quién descubre este tesoro, no lo deja más.

Es un antes y un después, una conversión dentro de la conversión, una experiencia de Dios, tal vez inédita en sus vidas. Como quien descubre en su propia casa, que habita hace años, décadas, un balcón, con una vista inmensa, un acceso a un lugar que ni sabíamos que existía. Vivíamos hacinados en un cuartucho, y teníamos eso… Lo cual hasta puede generar dolor por el tiempo perdido, pero nada de eso debe detenernos ni arremolinarnos en experiencias tortuosas, sino ante todo entregarnos al gozo del descubrimiento… Para lanzarse a gustar la maravilla de la palabra de Dios, como encuentro palpitante, vivo… El pulso vivo de Dios.

Bien. Estos cuatro pasos, de leer, meditar, orar, contemplar, en realidad precisan de un paso previo, que algunos Padres espirituales pueden consignar y otros no… Pero hay en verdad un paso previo, que a lo mejor no le haga justicia llamarlo «paso», sino que es como el cero de la planta baja… Muchos Padres, como Guigo el Cartujo, hablan de una escalera espiritual, donde cada «paso» es un peldaño. Y está bien. Pero toda escalera requiere, antes de subir el primer peldaño, el mirar si está bien afianzada, afirmada, si la escalera está bien plantada en suelo firme, para poder empezar a trepar… Y esto gustaban de llamarlo en el Medioevo, sobre todo en el Císter, la «dispositio».

La disposición es entonces el paso cero. Es la planta baja de la Lectio Divina. Y es la puesta a punto, por decir así, de toda la nave a utilizar, que nos permita finalmente iniciar el vuelo, el viaje… Porque es eso, es un viaje al interior de Dios.

Y tal vez uno ha pensado hace años que esto de la dispositio era una suerte de burocracia previa…y los años me han ido convenciendo más y más… y más y más… que este paso es tal vez el crucial para la Lectio Divina. Y que si falla tanto la experiencia, es por errores en esta disposición de la escalera, que no está firme, no en la lectura ni en el modo de meditar ni en la forma de rezar… sino que salteándose o minimizando, precarizando esta cuestión inicial, tras eso, todo sigue «mal parido», si se me permite la expresión…

Quien no dedica un lindo rato de tiempo a este prepararse, a prepararlo todo en orden a la lectura, no llega a buen puerto. Me dirán que esto es una cuestión de economía de tiempo, que los monjes vivimos en una burbuja monástica y podemos dedicarle una o dos horas a la Lectio y en la vida corriente no se pueden dar el lujo de tanto tiempo a disposición… En principio, si ustedes tienen solo un ratito, olvídense, esto no es para ustedes… Entiendo que la vida actual es complicada, las corridas, el trabajo, la familia, las preocupaciones, las obligaciones… Pero para que la Lectio Divina funcione, se necesita tiempo. Es inexorable. Al menos media hora, cuarenta minutos como un piso mínimo… Ahorren tiempo. A muchos jóvenes que van al Monasterio, casados, con hijos, con una vida difícil, les decimos que hagan Lectio una o dos veces por semana… Es preferible hacer la Lectio menos veces pero como Dios manda.

La Lectio Divina se inicia a Biblia cerrada, para encontrarnos con el silencio que es asombro, admiración… Como en el silencio del Cielo del Apocalipsis al encontrarse con el Libro sellado. Regenerar el asombro y la admiración ante lo que podría no ser. Dios no tiene obligación de hablarme. Para nada. Y es más, es casi una locura de su parte. Un amor extremoso, desubicado, exagerado… ¿quién soy yo para que me hable…? Es una desproporción ontológica. Es mucho más insólito que un hombre hablando con una hormiga, haciendo el ridículo como un desequilibrado, porque esta es una distancia mínima en relación a la distancia entre cualquier creatura y el Creador. Las criaturas son ante todo eso: minúsculas creaturas, la hormiga, el microbio, el ser humano, en una distancia abismal, infinita, ante Dios.

¡La inclinación de un Dios que decide hablarme, con el agravante de que decide hablarme a mí personalmente…! No un Dios que esparce palabras como una avioneta fumigando un campo o por un megáfono diciendo cosas a la marchanta… Dios no habla a la marchanta, y es parte del vértigo que hay que tener cada aurora, cada madrugada en cada Lectio: renovar el asombro, la admiración de que Dios no sólo le habla al hombre, me habla a mí… Este vértigo ante lo no debido…

Desempolvarse de la maldita rutina, el maldito acostumbramiento que hace que tomemos como normal, lo que no es nada normal, que tomemos por lógico lo que no es nada lógico, que tomemos por obvio lo que no es nada obvio… Vale para todo en la vida, para levantarse y percibir que uno está vivo, que tenemos ojos que ven colores y lo decodifican todo, un corazón que bombea sangre… para la valoración de lo que somos y de todo lo que hay a nuestro alrededor… Y vale para todos estos regalos que nos hace Dios y entre todos los regalos… ¡que nos regale hablarnos… comunicarse…!

Antes de sumergirse en el texto concreto a leer, hay que renovar la fe, el asombro: Creo, Señor, que eres Tú el que me va a hablar. Esto que se da como un presupuesto, la fe, que vivimos como algo ya afianzado, algo que ya me dieron… Sin embargo la fe necesita gimnasia, necesita renovarse, crecer por el ejercicio… Y ejercicio no es vivir de rentas. Tengo que desarrollar la fe y la fe crece con actos. Toda virtud crece por la repetición de actos. Actos de fe. Y hacer actos de fe no es hacer siempre lo mismo. Es la adhesión a varios artículos de fe. Son ejercicios distintos. Pues este es uno, creer en su palabra, es un acto de fe. Creer que es Suya la palabra, y no de Lucas, de Mateo, de Juan… Es Dios el que me habla el Evangelio. Y esto ya es muy profundamente una dispositio, una fe que se renueva, una fe que se actualiza, que se pone a punto, que se reactiva…

La dispositio es un tiempo de preparación interna y externa. No somos ángeles, vivimos encarnados y también, además de la fe y el asombro, necesitamos cerrar la puerta, disponer un lugar ordenado, limpio de otras cosas, poner una imagen o un ícono del Señor, un rostro de Jesús, encender una vela, una lámpara… Y ahí me recojo en esta plegaria inicial suplicante. Vibrando. Pido hacerme dócil a su palabra, ser como la Virgen, abierto, para quedar fecundado con la palabra de Dios. Que se haga en mí su Verbo maravilloso, su Verbo eterno. Rezo. Beso y toco esa Escritura cerrada. Y entonces recién la abro. Tal vez han pasado tres, cuatro, cinco minutos de Lectio. En buena hora.

He hecho antes lo que el Señor dice en la parábola de los sembradores, me he asegurado de que la palabra caiga en una tierra roturada, abierta, porosa, blanda, esponjosa, dócil, para que la semilla de luz entre y se sumerja bien profundo. Y no caiga entre yuyos, entre piedras…

Lo último en decir de la dispositio, es que antes de lanzarse sobre el texto sagrado, también hay que recordar de qué trata todo esto, en definitiva. Y valerse de esta imagen frecuente de la Escritura que nos describe justamente el movimiento de descendimiento de Dios hacia el hombre, pero que no concluye en ese descendimiento. Dios va a venir a mi alma a través de su palabra —que es su vehículo, que es Él mismo— desciende, para llevarnos a Sí. Es decir, que esa experiencia que voy a tener de esa palabra que desciende a mí, no es la de una piedra echada cayendo pesadamente en el fondo de un estanque y ahí queda… No. Es un descendimiento de Dios en su Palabra a mi corazón para un ascenso. Es una elipse perfecta, un movimiento como el del águila, como el de un ave rapaz, que desde las alturas iniciales se hecha verticalmente sobre su presa, pero en este caso no para matarla, sino para salvarla, rescatarla y llevarla a Sí, hacia su Nido. Un movimiento como el de la lluvia que desciende y empapa la tierra pero vuelve y condensa haciéndose nubes… Así la Palabra de Dios como Palabra desciende a nosotros para llevarnos cautivos, para llevarnos tras de Sí al Padre. Esto que pueden leerlo en el Capítulo 55 de Isaías, o más del derecho de la trama en el Himno de la Carta a los Filipenses de San Pablo… El Hijo, el Verbo eterno, que estaba eternamente en el seno del Padre pero que no guardó ávidamente para sí todo el tesoro, el secreto, sino que desciende, se abaja a la hondura del infierno del hombre y desde esas honduras de lo ínfero resurge en un movimiento ascensional. Eso es lo que va a ocurrir en instantes ante esta Palabra de Dios que vendrá en un instante a llevarme consigo a Sí.

Y porque me va a llevar consigo y me va a llevar a lo desconocido, a lo sorpresivo, a lo impredecible —y esto es importante a la hora de desmarcarse de otras prácticas de piedad— uno de los elementos claves de la Lectio es me va a sorprender. El factor sorpresa, por llamarlo así, es importante en la experiencia de la Lectio cotidiana, donde tal vez no ocurren grandes cosas en el sentido sensiblemente conmovedor, de la espectacularidad… Es una experiencia humilde, simple, pero aún con mucha opacidad, en la Lectio Divina ocurre lo que yo no preví que fuera a ocurrir, y esto es garantía de veracidad, de autenticidad.

Sólo si en la oración ocurre lo que yo no preví que iba a ocurrir, puedo decir que esta oración en mí la está protagonizando Dios y no yo. El que irrumpió en la escena ha sido Otro y no yo. Mientras que en la oración ocurra lo que preví que ocurriera, al menos hay un margen muy lícito de desconfianza en cualquier persona sensata, despierta, con un mínimo de criterio crítico, para dudar de su autenticidad… Es raro pensar que pueda tener vida propia algo que sucede exactamente como si yo lo moviera como a una marioneta… Entonces, ante una oración predecible en todos sus sentidos, la Lectio Divina rompe, hace añicos esa certeza de que realmente estoy rezando… No todo el que reza, está rezando…

Es bueno cuestionarse: ¿estoy rezando realmente…? Y un modo de responder es si en la Lectio Divina es Otro el que lleva la voz cantante, el diálogo, el encuentro, es Otro el que maneja la situación, Otro que modela el encuentro. Ese Otro puede estar enojado, o contento, puede creer que lo oportuno es alentarme o que lo oportuno es darme una paliza o que lo oportuno es interpelarme o que lo oportuno es silenciarse…

La sorpresa, la experiencia palpitante, palpable, de estar tratando con un Dios vivo, con una espada cortante de doble filo, viva… Hay que romper con toda posibilidad, todo riesgo de autoengaño, de automanipulación del encuentro y dejarse conducir… No tratar de manejar un Dios de bolsillo, hecho a mi medida, romper cualquier atisbo de querer manejar la situación. Dios es inmanejable. La clave es justamente la irresistencia a su acción.

Hay un aforismo, una expresión antigua, un tanto tautológica, si se quiere, pero intensa: «Dejar a Dios ser Dios»…

Bien, abro entonces el libro, voy a la cita consignada de la lectura, que ha de ser breve, ciertamente, como el Evangelio del día, justamente para poder masticar un bocado decente, con una manifestación delicada, prolongada, que me asegure una asimilación de la digestión.

El mismo hecho de abrir el libro es un gesto sacramental, es la maravillosa apertura de Dios sobre nosotros, la lectura del libro es un abrazo, la maravilla de un Dios que estaba cerrado y se abre…

Algo crucial en esto es la lectura reposada, serena, bajando ese frenesí, ese aceleramiento tan propio de la cultura en que vivimos… Yendo al paso, palabra por palabra, sin desbocarse ni detenerse, leyendo el texto completo… Un paso muy sereno… como un paseo despreocupado… ¿Adónde vas…? A ningún lado… estoy caminando, paseando… es un caminar gratuito que no es ni errático, ni es peregrinar… Y llegar al final no por terminar de leer el texto ni por salir a la caza de cosas que se puedan inferir… No. Sin armas. No se trata de salir a conquistar ni a atrapar liebres, zorros, perdices. No. Y tampoco esa avidez de leer, leer, como una avaricia… Más bien como cuando nos hacían caminar con las manos juntas y en la espalda… Y leerlo así paseando por el texto, una vez, dos veces, cuatro veces… llego al punto y vuelvo… Sin ninguna reflexión sobre lo que leo…

Y tal vez algo interesante en esta lectura inicial es escribir el texto, que es una manera muy serena de seguir leyéndolo, comprometiendo otros sentidos además de la vista, como el tacto… La grafía va recibiendo esa misma comunicación interior, percibiendo ese texto con más cantidad de poros abiertos, con más sensores abiertos. De modo que lo vea, lo toque, lo escuche. Leerlo también en voz media… (así nació la lectura, nadie leía en voz baja… mentalmente…) para no perder «absorción», porosidad, contacto sensible…

Por eso insiste San Juan en su primera Carta: «Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos tocado con nuestras manos acerca de la Palabra de Vida»…

Reconcíliense con este contacto material que es justamente todo lo contrario de una religión gnóstica, de pura abstracción mental, inmaterial, espirituosa, fantasmagórica… El cristianismo es la intensa y fabulosa proeza de un Verbo hecho carne, oíble, visible, palpable… Escribir, decir, leer, escuchar… todos los sentidos exteriores e interiores involucrados y potenciados mutuamente en una sinergia fabulosa… Lo que los oídos han escuchado, lo que la boca ha anunciado, lo que los ojos han recibido… Y está el Rostro de Jesús allí, en la penumbra de la letra… Y Jesús aquí, caminando sobre las aguas, o en Samaría, sentado al mediodía sobre el borde del pozo de Sicar, traspirado, con calor, con sed, pidiendo de beber… Y yo lo escucho y lo veo y lo imagino y lo recuerdo… El mismo Cristo, el mismo pozo de Samaría de cuando lo leí o escuché en otro tiempo, pero ahora con una frescura, con una vivacidad actual, nueva, inmediata… Aquí es donde empiezan a moverse las aguas de la magia. No es el libro que leí ayer o esta mañana, acá hay algo distinto, vivo, que se está moviendo…

Esta lectura sola, reposada, antes de la meditación, es ya estar rezando con todas las letras. Esta lectura sola es estar escuchando a Dios. Esto no es lo previo al acto, sino que la lectura del texto ya es oración. Escucharlo a Dios hablar es estar rezando. No es que la oración empieza cuando «yo» empiezo a hablarle a Él, cuando yo entro en escena y llega la hora de mi protagonismo, del parlamento de mi Lectio. No soy el centro del mundo ni de la oración. Dios es el centro. Dios es el protagonista. Dios en la lectura se está comunicando conmigo y eso es oración. Es Dios comunicándose conmigo y no yo comunicándome con Él. Dios es el que me habla, más allá de que se genere una respuesta dialogal de mi parte, que es absolutamente secundaria.

Lo que sigue son variaciones en el mismo plano. Dios hablándome es lo más grande que puede sucederme. No hay nada más arriba, más sutil, más importante que esta lectura. «Me habló Dios» ese es el estupor… Es una experiencia de fin. Es el fin de amor para el que fui creado.

Parte II

Retiro abierto de Lectio Divina.
Capilla Sagrada Familia de las Hermanas Franciscanas.
Córdoba, 7 de octubre 2017.

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