P. Diego de Jesús

En Fuego y Lluvia

La tarde del sábado santo ya había resuelto yo por dónde llevar la homilía de aquella Noche Santa de Resurrección. Aunque sin mucha forma aún, al menos tenía clara la idea que quería transmitir: que la Pascua no se explica; se contempla y eso alcanza. Que para creer en la Resurrección no hacen falta fatigosos (y endebles) silogismos apologéticos sino ojos grandes para ver los hechos, oídos abiertos para escucharlos, y los demás sentidos todos, bien despiertos, porosos y absorbentes.

Recordaba vagamente un diálogo del teatro de Claudel (creo que en El zapato de raso) donde, hablando del amor, se ponía de relieve que éste no se explica sino que se manifiesta, se muestra sin más. Y que por inexplicable no se torna críptico ni incomprensible, sino todo lo contrario: diáfano y límpido como se muestra una mano abierta. Tarkovski, en Esculpir el tiempo, decía algo parecido. El cristianismo no es inmaterial, todo lo contrario. Es intensamente material, es supramaterial. Cree y confía en la materia mucho más que el materialismo ateo (Gramsci se lo había advertido a sus pares hace casi un siglo: ojo con correr al cristianismo por la materialidad porque están fritos; exaltan la materia más que todos nosotros juntos).

Una materia atravesada de Luz y Pneuma que es gramática y partitura del Mundo infinito de Dios. Que hay que tocar, oler, mirar y escuchar para creer.

Esas eran, casas más casas menos, mis desgarbadas ideas con que, entre corridas y confesiones, iba tallando la piedra bruta de mi sermón. En definitiva: que en esa Noche Santa, quien estuviera muy atento a los signos, sería testigo ocular de la Resurrección (único modo, según Lucas, de ser un apóstol auténtico).

Revistiéndome ya en la sacristía caí en la cuenta de que el bloque de piedra estaba aún ahí, casi sin cincelar. Y ya no había mucho margen de maniobra.

Y avanzamos los seis monjes a oscuras por el templo vacío hasta el atrio. El día había estado espléndido, con un silencioso sol radiante. Y fue ahí, bajando las escalinatas hacia el Fuego Nuevo que un aleteo angélico me dio la pista de que se avecinaba una Noche especial.

Pensé en el legendario aforismo borgeano: “la inminencia de una revelación”: a ese secreto redoblar de tambores olía la noche.

Un grueso y pesado gotón cayó sobre mi hombro. Un postulante susurra: está lloviendo. El Fuego estaba en igual estadio incipiente: apenas arrancaba la lumbre en los olivos de Ramos…

Lo que siguió es complejo de verbalizar. Y tal vez innecesario. Pues Dios tomó la Palabra y dijo todo lo que quería decir. Su abreviado Verbo rompió el silencio del misterioso Sábado Santo y se expresó con su consabida vehemencia. “Del sermón de hoy me encargo Yo”, resonó en mis adentros, mientras mi abombada cabeza seguía forcejeando con Claudel y Tarkovski intentando hilvanar algo.

El Fuego crecía y la lluvia también. Ambos, en un crescendo exquisito y acompasado. Y ahí me di cuenta del todo de lo que estaba ocurriendo. Del divino Sermón ya comenzado. Una sola palabra se había instalado en el centro de mi interior: “corpóreo”. El Cristianismo es un Misterio corpóreo. Y la prevención de Gramsci…

El Acontecimiento que da sentido a nuestra Fe estaba desplegándose ahí, ante nosotros, escrito con la inconfundible letra de su Protagonista. En Fuego y Lluvia.

Lo que más escapaba al orden casual era ese modo tan unísono con que ambos —fuego y lluvia— habían iniciado su música, como respondiendo a la batuta de un director de orquesta. O mejor: sin el como.

Todo acontecía sobre un escenario vertical, calvero del desierto.
Las llamas ascendían, gráciles, ondulantes, libérrimas; mientras la lluvia descendía en sincronía pero con el contrapunto de su ritmo estable y marcado y sus líneas rectas. Más que la obvia oposición entre lo ígneo y lo húmedo, contrastaba lo dionisíaco del indomable fuego con el agua apolínea y disciplinada. Las superpuestas partituras me hicieron acordar al Confutatis del Requiem de Mozart, con sus violines de fuego y cornos de lluvia. Suben las flammis acribus, el fuego enérgico y baja la cristalina lluvia convocándonos con los benditos.

La escena no puede ser más bella, más elocuente, más explícita. Todo queda dicho allí, en fuego y lluvia, y no precisa de intérpretes. Es la Resurrección de Cristo expresada desde la Trinidad. Un Padre recuperando a su Hijo; un Hijo emergiendo del abismo, un Espíritu haciéndolo posible.
No hay Tratado de Teología que pudiera decirlo mejor.
El Agua no apaga el Fuego, no puede anegarlo; ni las llamas pueden detener el torrente. Se besan en el Aire, como Verdad y Justicia.
Y en ese Beso, que no se ve, nos salvan.
El Fuego es domesticado por el sacerdote, que lo recoge del indómito incendio y lo torna antorcha. El Agua, pasada por el Fuego, (que también será domesticada en la Liturgia bautismal) los derrama a ambos por los ocho lados de la Fuente del Nuevo Paraíso. Es la nueva arcilla del Nuevo Adán, para la Regeneración del orbe. Arcilla untuosa, de un gris reluciente, que nadie palpa y acaricia si no se cae; y es molde perfecto para campana nueva.

Fuego y lluvia componen la horma y matriz de la nueva creatura: el Hombre laudatorio, el Hombre-Alabanza.

Lo que siguió fue un segundo Signo, tan bello y elocuente como el primero. Y fue el Signo de la Nave, la Nave del Templo (nombre que lleva la iglesia cristiana desde hace milenio y medio), abarrotada de empapados viajeros, que literalmente corrieron detrás de la Luz para treparse a la balsa salvífica, al Arca que salva del diluvio universal. Nave y Arca que es Barca galilea, donde el Señor, en esa Noche Santa, ya no duerme en la popa como antes, sino que conduce la Nave muy despierto, erguido en la proa como una llama ardiente, como un inviolable cirio pascual. Las olas todas rompen su bravura contra su Pecho, como si nuestro Señor fuera el mascarón de proa de este drakkar de vikingos argentinos.

El Mundo, afuera, en su violenta tempestad, arreciaba contra la endeble nave invertida, como los tártaros en el cine de Tarkovski. La escena, adentro, no puede ser más entrañable: en una oscuridad serena y envolvente, en absoluto tenebrosa, los navegantes escuchan atentos y absortos a la Voz del divino Nauta, la Palabra de Dios. La luz de los cirios no rompe la oscuridad: la alumbra y le otorga calidez.
Rostros empapados y encendidos, ojos inmensos puestos a la escucha…

Y salpican la noche los “y dijo Dios” del Génesis, mientras parece que el cielo se derrama entero a baldazos sobre el tejado del templo. Y Abraham levanta el cuchillo sobre su maniatado hijo, mientras estridentes fogonazos ajan la noche y el Ángel grita ¡detente! en el instante mismo en que braman los truenos todos. Y Moisés entra al Mar Rojo abierto al medio y lo atraviesa como por la costura de un sagrado Libro… Las mejores joyas de la Biblia parecen escogidas para adornar la noche. Y el escenario no muda de telón: por las claustras asoman las zetas de relámpagos que intentan azotar los muros inconmovibles del Bastión divino y el Señor, levantando la Voz por encima del ensordecedor aguacero confiesa, por boca de Isaías, su enloquecido Amor por los empapados marineros: aunque se moviera y retirara el Tupungato, Yo no, mi Amor no se mueve de este Lugar. Y la Quinta lectura le pone voz y letra a lo que los hechos ya narraban por sí mismos: que su Potente Palabra, la bravura de su entrañable Voz, no desciende en lluvia sin más, para anegar y aplastar y ahogar. Que no. Que cae para recoger y levantar, para elevarnos como ese llamear vibrante del Fuego Nuevo. “No vuelvo vacío” clama el Señor Resucitado a voz en cuello como guerrero en la batalla, “¡Vuelvo al Padre, llevando cautivos!” y más rayos ajan el firmamento, y más truenos retumban como trombones, y más crece el amor en la Nave de los locos. Y llega Baruc para avisarnos del “dónde” de esta enloquecida Sabiduría, y Ezequiel anuncia con solemne dicción que se nos dará un corazón nuevo y que será trasplantado en esa misma noche por Dios en nosotros.

No cesaba la lluvia, ni el tronar ni los estallidos de luz. Pensé en un momento que el Arca iniciaría su marcha, despegada del suelo por la crecida de las aguas torrenciales. Y no pude evitar el deseo: ¡ojalá que sí! ¡Que arranque este templo de cuajo y lo lance al mar! ¡Que a ningún comedido se le ocurra echar anclas! Que la Nave desamarre por completo y se lance como cáscara de nuez a la deriva, rumbo al naufragio salvífico, al cataclismo libertador, a la Jauja sempiterna.

Así comenzó en este Yermo encantado la Vigilia Pascua. Tres horas después, pasada ya la medianoche, cesó la lluvia, bajaron las aguas, la paloma retornó al Arca, concluyeron los cánticos y desembarcamos todos para festejar en Jauja al Cristo Resucitado de entre los muertos, de Quien habíamos sido todos testigos inmediatos.

En Fuego y Lluvia nos había sido revelado.
En Fuego y Lluvia lo habíamos visto y oído, tocado y palpado con nuestras manos.

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