San John Henry Newman

La llama que se expande hasta el final

Hay que tener en cuenta, primero, que las personas irreligiosas no pueden saber nada sobre los santos escondidos. Y segundo, que nadie —practique o no la religión— puede descubrirlos sin estudiarlos muy atentamente.

Si, después de todo, se dicen que son pocos estos cristianos de calidad superior, ¿qué se sigue de ello? Lo cierto es que bastan para llevar adelante la obra silenciosa de Dios. Así fueron los apóstoles; otros pueden nombrarse, en cada generación, que les sucedieron en la santidad.

Estos comunican su luz a cierto número de astros inferiores, mediante los cuales, a su vez, se distribuye por todo el mundo. Los focos principales de luz quedan entretanto fuera del alcance de la mirada, incluso de la mayoría de los cristianos sinceros; del mismo modo que no se ve el Autor Supremo de la Luz y la Verdad, del cual procede en definitiva todo bien.

Un puñado de personas, dotadas de una gracia sublime, rescatarán el mundo durante los siglos venideros. Y en los que nos han precedido, incluso un solo hombre ha imprimido una imagen en la Iglesia que, por la misericordia de Dios, nunca será borrada. Estos hombres son puestos, como el profeta, en su atalaya, y encienden sus faros en las cumbres.

Cada uno recibe la llama sagrada y luego la pasa a otro, reponiendo sus carbones y ajustándolos mejor si cabe, con el firme propósito de que siga tan brillante como cuando llegó a sus manos.

Y así el mismo fuego que se encendió en el monte Moria, aunque parezca a intervalos que decae, se ha mantenido incólume hasta nosotros, y confiamos que lo mantendrán hasta el final.

John Henry Newman, La fe y la razón, Sermones universitarios.

 

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