P. Diego de Jesús

El Divino Hijo Pródigo

Y antes de que el Padre pudiera tan siquiera acompañarte hasta el umbral, Tú, Señor y Dios mío, Tú ya habías partido. Nadie sabrá jamás cuánto tardaste en resolverlo, en disponerlo, en decirte para Ti: Sí, lo haré. Y lo hiciste. Lo hiciste, Señor mío. Le pediste al Padre tu Herencia. Y partiste, con esa Parte, tu inconmensurable Tercio, con ese Tesoro de infinita Herencia —Tercio que siendo tal, era a su vez idéntico al Todo— partiste hacia el nuestro, un País lejano. Hacia esa Lejura infinita devenida país.

Nadie sabrá jamás de ese viaje. Sí de tu partida; sí de tu estancia aquí y sí de tu retorno. Pero de ese viaje… de ese interminable recorrido desde el Seno del Padre al fango de nuestra nada, nadie ha sabido nada jamás.

Partiste.

Cuesta abajo partiste, dejando a tus espaldas, en progresivo achicamiento, como se desvanece y apaga el pabilo humeante, los últimos resplandores de ese cálido Hogar eterno, donde todo es Fuego y Luz, donde todo es mirar y ser mirado, donde todo es de un inefable gozo calmo y ardiente, donde todo es Música y Fiesta, donde todo es plenitud, contento, felicidad…

Hasta que el entresijo de la quebrada terminó de ocultar tu Origen. Y ya sin lumbre humeral, te internaste más y más en la helada espesura de la lejura, de la negrura, de cañada oscura en otra, de bajo en bajo, por las grietas más verticales y escalofriantes de la ergástula cósmica… con tu Parte a cuestas. Ay, Señor mío, Tú y tus sagrados Despropósitos…

Oh divino Lebrel, oh eterno Hijo, Juglar de tu Padre, ¿por qué nos has hecho esto?, resonará años después, por boca materna, el vértigo intradivino ante el rollo empuñado por «Uno de la Trinidad», en caída libre sobre el mundo.

Con todos los tesoros divinos alforjados, empecinadamente dispuesto y resuelto a despilfarrarlos, ¡íntegros!, en nosotros, tu perdición, tu enajenada perdición.

Oh Eterno Hijo Pródigo, que al franquear nomás el umbral trinitario entraste a derrochar sin cálculo ni previsión las fortunas de tu Padre entre nubes de estrellas y asteroides en ruina. ¿Para qué? Para nada. Por puro y deliberado derroche. Pero ese Poder que emanaba de Ti, se restituía íntegro al instante mismo en que era prodigado. Como las arenas vuelven a colmar el hoyo. Como la lumbre de vela encendiendo otra, no mengua su brillo. Como el balde cavando sobre el espejo del lago no deja baches…

Pero tu empecinado amor por nosotros no toleraba eso. Tu resolución no era tan sólo salir de la Casa de tu Padre, ni tan sólo donarnos tu heredad.

No. El Amor —ese Amor, el Tuyo, el insólito y sólo Tuyo— pide y demanda para sí el desangre. Amor que no tolera entenderse a sí mismo sin la pérdida real de lo donado. Y Tú, Señor y Rey mío, Dios de inmensa Majestad, Señor de Gran Poder, Tú lo hiciste. Rompiste tu blindada divinidad, para que se volcara entera sobre la nauseosa ciénaga de nuestro horrísono baldío poblado de aullidos. Y te vaciara a Ti. Lo hiciste. Y lo perdiste todo. Todo. Y lo despilfarraste todo. Todo. Tu lumbre se apagó, tu lago se secó.

Oh Hijo Pródigo: tu sacro Propósito es despropósito. Malgastaste, dilapidaste el Amor trinitario, por este amor sin sentido, sin futuro, sin nobleza, sin correspondencia… lo dilapidaste todo por amor a mí. Pensando: tal vez, si me despojo de todo, ganaré su corazón.
Y lo ganaste.

Raudo corrió un ángel de luz a avisar al Padre: ese hijo tuyo lo ha malgastado todo en gente de mala vida. Pero el Padre no contestó. Ni volteó siquiera su mirada, clavada sobre el horizonte, con vista al Gólgota. Pues allí, sobre ese punto exacto, vería en breve emerger, como el dorado Sol despunta recoloreando el orbe, a su Hijo Bienamado, a su Dilecto, a su Cordero herido, su dorada Dracma perdida, el Pródigo de sus entrañas.

Una sola diminuta perla, y de las menos preciosas, hubiera alcanzado y sobrado para comprar mi vida. Apenas un denario. Una moneda de cobre. Pero no. Señor de la Desmesura, Señor de la divina Locura, Señor del Exceso sin cordura: Tú volcaste —con un dejo de violencia, o de vehemencia al menos—, Tú diste vuelta tus inmensos cofres desbordantes de oros, de joyas y tesoros, como una cuba de dados, sobre el retumbante pedernal. Ante el Enemigo. Y ante mí, su inerme esclavo y su porquero. Y, mudo, compraste, en un sobreprecio disparatado, mi vida para Ti.

Y fue entonces que el Madero, izado despacio, con la solemnidad con que se enarbola la bandera, se fue recortando, límpido, sobre el horizonte palestino. Y el Padre lo vio. Y supo que su extraviada Dracma, su Cordero degollado pero vivo, su Amado Hijo Pródigo había comenzado su regreso, su «Réditus».

Y allí quedamos.
Solos.
Tú, desnudado de todas tus riquezas.
Yo, liberado de mis tristezas.
Pobres y andrajosos ambos.
Mendigos ambos: uno por condición; el Otro, por libre opción.
A la vera del fango del chiquero.
El divino Príncipe idiota, devenido en irremediable vagabundo, conmigo, su estúpido lacayo, valuado en «todos los tesoros de la Sabiduría y Ciencia de Dios». ¿Cómo no van a hablar las huestes angélicas de «sobreprecio» y «despilfarro»?…

Y Tú, Hijo Pródigo, entrando dentro de Ti —allí donde se engolfa, intacta, la plenitud de la divinidad corporalmente—, entrando Allí me dijiste: «salgamos ya de aquí». Y emprendimos juntos un largo viaje. Un viaje al Origen. A Tu Origen. A tu Casa paterna: Narnia. El Camino inverso al que Tú habías hecho, al descender a los abismos aberrantes de donde rescatarme.

Y fue así que iniciamos el largo Viaje de Regreso. Por caminos terribles, escabrosos, escarpados. O, por tramos enteros, bajo el escalofrío de ese otro vértigo, horizontal, por estepas inertes sin contornos. Dos hirsutos harapientos, recortados sobre el Infinito. Dos famélicos viandantes. Pordioseros. (Otra vez les relataré la fascinante y terrible aventura que fue este periplo con que fui llevado hasta los Lugares Altos, pero no hoy…).

¿Que describa cómo era Él? Lo he intentado fatigosas veces con magros resultados. Sólo conciliando imágenes muy opuestas cabe balbucear con torpeza una descripción: mi Amado es como un ágil cervatillo, sus pies y cornamenta eran como el de un venado inmenso y maduro; pero su suavidad era de Cordero; Cordero herido, de lana escarlata, que no dejó de sangrar en todo el recorrido (el fuego gotea y se desangra hacia arriba…). Mas su porte era de brioso pastor; sus espaldas, vastas cual águila en vuelo; y su suave silbo, de juglar o trovador; su rugir era de León. Y su gallarda prestancia, la de un Príncipe heredero. Pero si ya resulta conflictivo aunar todas estas imágenes, créame el lector que sólo podrá atisbar veladamente cómo fuera este Pródigo Dios y Señor Nuestro, si aceptara anudar en un solo sujeto al desvalido Pordiosero con este Cordero, Príncipe y León, Juglar y Pastor.

Y así fue que anduvimos la infinita travesía hasta que nos saliera el encuentro su Padre, devenido en Padre Nuestro. El respeto y el pudor —¿o sería un honrado temor?— me refrenaron y permanecí a un tiro de piedra de aquel encuentro, que luego todos conocimos por su propia Boca. No supe entonces qué se dijeron (cuentan ángeles que hablaban de mí…). Sí vi de lejos ese afamado abrazo, aquel legendario beso, su deshilachado sayal de mendigo recubierto con vestidos de púrpura y lino fino, vi las sandalias, y vi el anillo. Y comencé a escuchar a lo lejos la música, y los coros angélicos clamando: ¡estabas muerto pero has resucitado! Y me conmoví entero. Y me postré en el verdísimo pastizal. Y lo adoré. Pues me fue dado comprender que estaba en Dios. En su divina Fiesta, en su Magnum Convivium. Por derroche de un Hijo Pródigo.

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