Cuaresma P. Diego de Jesús

La rosa sin por qué

La intensa escena que nos narra el Evangelio (Jn 2, 13-25) no ocurre tan sólo allá lejos y hace tiempo, en Jerusalén hacia dos mil años. Con el mismo realismo (si no mayor) acontece, en la exactitud y minucia con que el Evangelista nos lo relata, aquí y ahora, a las puertas de nuestro corazón, templo del Dios vivo.

Quien despresurizara esta verdad para quedarse, con calma burguesa, con relato lejano, además de mentirse, caería en un cinismo atroz, como quien siguiera una escena escalofriante ocurriendo en el ingreso de la casa, por el visor del portero…
Hay que tomar coraje, dejar el visor, levantarse e ir hasta el umbral de la puerta a presenciar los hechos.

Allí está Nuestro Señor. Hecho una furia.

Muy distinto a aquel Amado, cubierto de rocío, pasando las noches del invierno oscuras.
Sus ojos son llamas de fuego. De su boca asoma un bramido contenido.

Y no, no tiene cara de muchos amigos. Y tal vez sea porque no tiene muchos amigos.

No golpea y espera, como en el Cantar o el Apocalipsis. No mendiga que le abra. Avanza resuelto, sin ambages.

Por un instante, ante tanta violencia, se me cruzó la idea de que era un enemigo. Pero de inmediato entendí que no: que el enemigo era yo. O mejor dicho: que el enemigo estaba en mí, con la casa tomada.

La casa de oración, tomada.

—Vengo a expulsar a los mercaderes de tu plegaria—, me dijo.

Amagué a darle una respuesta de aval, de permiso, de concesión… pero antes de que sonido alguno saliera de mi boca, la operación comando estaba en pleno despliegue. En los interiores mismos de mi plegaria vi cómo derribaba a patada limpia las mesas del lustroso mercantilismo, del pulcro comercio con Dios, del yo-te-doy-tú-me-das. Vi cómo a latigazos y bramidos sacaba a una caterva de operadores y negociantes de cada rincón de mis oraciones: de la Misa, del Oficio, del Rosario, de la Lectio… De cada ámbito, como ratas salían en desbandada: sobornos, arreglos, compra-y-ventas, especulaciones, roscas, canjes, coimas, cohechos…

Y el Señor, como León rugiente, con una violencia escalofriante, descomunal, desarticulaba, uno por uno, todos los aceitados mecanismos y engranajes de corrupción enquistados en el templo de mi oración.

Su Voz poderosa, su escalofriante clamor de Fuego, bramando en cólera gritaba: —¡raza de víboras!, ¡han manchado lo más sagrado!, ¡han transformado mi casa de oración en cueva de ladrones! ¡No se contentan con sobornarse entre ellos que quieren sobornar a Dios! ¡Fuera de aquí!

Sudado y desgreñado, con un respirar agitado, lo vi como jamás lo había visto. Su enojo denotaba un celo, un exquisito celo, por la pureza de la plegaria. De mi plegaria, en definitiva.

En parte me dio temor. No podía dejar de pensar que la furia era contra mí. Y en cierto modo, claro estaba que lo era. Pero en un segundo momento entendí que, muy por el contrario, había venido a socorrerme, a rescatarme, a liberarme de manos de estos bandidos que se habían apoderado de mi oración.

Me miró y dijo:
—He venido a liberar la rosa sin por qué.
—¿Sin por qué la rosa, la liberación o tu venida? —pregunté con absoluta inoportunidad.

Ni me contestó, y sin envainar su espada avanzó hacia mis oscuros adentros. En busca de la rosa cautiva y perdida, presumí.

En busca y rescate de esa flor perfumosa que es plegaria cristalina y pura, gratuita, desinteresada, magnánima, que corre y se derrama como agua limpia sin pretensiones. Esa hermosa flor que gusta de ser cortada antes de dar fruto para deshojarse sin ruido a los pies de su Señor. Esa rosa, blanca y delicada, que es amorosa adoración, regalada compañía, silente rendición. En busca de esa rosa cautiva que reza porque reza, que reza por rezar.

Oh rosa profunda, oh rosa inalcanzable, flor ingrávida. Tu aroma es el amor puro que ningún hombre jamás supo cultivar. Ni tan siquiera aspirar. ¡Déjate encontrar!

Y fue entonces que, emergiendo desde el negro jardín de mis honduras, reapareció el Señor. Ya no había violencia ni en su porte, ni en sus ojos ni en su voz. Más parecía un aplomado Príncipe guerrero retornando de sangrientas batallas. La silenciosa rosa cautiva lo precedía, portada por su mano muy extendida.

—He aquí la rosa sin marca ni signo, sin mancha ni vejez —me dijo—. Cuídala. Es lo mejor de ti mismo. Cuídala de los otros; cuídala de ti mismo. Ella es la sublime pérdida del tiempo; por eso importa. Yo soy responsable de ella.
—Tú eres responsable de ella —repetí casi sin darme cuenta.
—Cuídala —repitió sereno, entregándomela en mano—; cuídala como a la niña de tus ojos.

Y con tono más épico y solemne, declaró: —pasarán las rogativas y novenas, preces y súplicas pasarán; toda plegaria pasará. Al final, inerme y pura, sólo quedará la rosa sin por qué, la alabanza blanca y pura.

Acerqué entonces, en mi torpe ceguera, mi cara hasta ella.
Hay espina en su fragancia, pensé.
Pero aspiré ese aroma tan puro que lastima de muerte.
Eres el sueño de nadie —le dije—
bajo los místicos párpados de quienes te buscaron.
Oh rosa de la plegaria pura,
que no buscas ni ciencia ni sombra ni otra cosa;
oh rosa sin arrimo y sin por qué:
eres contradicción pura,
en ti está la clave de todo arcano,
el remedio a todo lo malo;
tuyo es el secreto del más sublime provecho.

Tu sin-por-qué es la respuesta más definitiva
a todas las preguntas.
Tuyo es el perfume de la plegaria sin agravio,
tú misma eres la casida de la oración sin nada a cambio.
Te cuidaré.
Para que al volver el divino Hortelano,
encuentre gratuidad sobre la tierra.

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