Cuaresma P. Diego de Jesús

Y el desierto floreció

No siempre tuvieron alas, habrá pensado para Sí, mientras sigue con la mirada el paso rasante de una suerte de fláccido gusano alado que sobrevuela la inerte inmensidad. Hay un algo viscoso en esa oruga gigante de alas gelatinosas que las bate con frenesí mientras se arremolina sobre el Hombre sentado sobre piedra en la arena.

La inmensidad del desierto es escalofriante. Como un precipicio horizontal, abisma en vértigo su invertida profundidad. Su inerte monocromía no es una palabra serena y silenciosa sino un grito estridente, un gemido escalofriante ante la necrosis del orbe. El desierto es la sobreabundancia de vacío, la opulencia de lo vano, casi la apología de la nada. Hay abulia y desgano en cada uno de sus trazos. Lo pueblan mudos aullidos que insisten (con la fatigosa recurrencia de la arena) en ofrecerle una desgarradora gramática a la negatividad, al no-ser. El desierto es la ergástula sin muros.

Ni el cielo concede vestirse de un azul decente: más bien es de un desteñido celeste grisáceo. Y sobre ese apagado peltre aparece un dragón; alado también éste. A diferencia del gusano, su aspecto era más vertebrado, como un inmenso reptil de los aires. Sólo sus alas muestran cierta cosa más blanda, como húmeda y cartilaginosa, con membranas que van vinculando las falanges de sus alas. Su color es gris oscuro, salvo por algunos tonos más rosados en su abdomen. Su intenso aletear delata un peso descomunal que dificulta su vuelo, decididamente torpe y esforzado. Cruje como los fierros de una maquinaria desvencijada.

Es la hora del ocaso, aunque carezca por completo de la belleza con que suele revestirse el atardecer en el país de la vida. Más que penumbra lo que recubre el mortecino yermo es un agrisado velo, al punto que la dorada arena parece más bien un inmenso mar de tizne y ceniza.

La aterradora creatura, que cuenta con siete ojos espantosamente atentos, vuela en redondo también, con una inquietud feroz, como un carancho sobre el cadáver. Hay una monstruosa avidez en su múltiple mirar. Pero no se abalanza sobre la inerme figura de su supuesta presa, como si un poder invisible lo impidiera. Y en su desesperación sólo atina a vociferar fuego, que alumbra fugazmente el tenebroso escenario y le devuelve, por el instante del bramido, algo del oro perdido a la arena.

Más dragones van poblando de aullidos el tenebroso firmamento. De sus fauces salen, según la especie, bocanadas de fuego, de hielo o pestilentes vahos que cubren de hedionda fetidez el yermo.

El hombre de la arena, impertérrito, vuelve a pensar: no siempre tuvieron alas.

Pero no sólo el firmamento se ha ido poblando de alados reptiles, sino que de entre los peñascos del páramo asoman más y más monstruosos dragones, cual enormes comadrejas pero con piel de reptil. Y en medio de un escalofriante sisear, avanzan entrelazadas miríadas de serpientes en manada, hacia ese centro intocable, hacia ese gallardo hombre sentado en el vórtice mismo de la nada. Sentado en el centro del más atroz laberinto (el más perplejo, el más sutil), del que ningún hombre supo jamás escapar…

De la misma agrisada arena emergen incontables ejércitos de animalias desagradables: meticulosos arácnidos, roedores sarnosos, lagartos granulados con sus lenguas bífida y legiones de brillantes escorpiones con sus ostentosas tenazas. Se abren paso entre el polvo, al que fueron apegados desde la Caída. Castigados a comer polvo por Ése, ese hombre sentado sobre la piedra, en la arena, en el centro del Desierto universal.

En el desolado yermo no hay pájaros del cielo ni lirios del campo. No hay nada que asuma la alabanza, el cántico creatural. Sólo hay resistencia a la luz, resistencia a la vida, hechas forma y figura en los vestigios de la Bestia que hay en esta variedad de seres monstruosos y malignos que se refugian en estos rincones inertes del orbe, auténticas “zonas liberadas” que Dios le concedió a Satán para habitar.

El Señor los conoce. Y sabe bien que carecen de poder sobre Él. Ha ido al Desierto justamente para enfrentarlos. Para liberar la zona liberada. Para confrontar cara a cara. Y no a título personal, sino en orden a resolver el asunto humano. Cristo no se ha internado al desierto a modo de un “retiro”, para prepararse a su misión, como un deportista se concentra. Ni a preparar y repasar su Sermón de la montaña. Nada de eso le hace falta. Cristo se ha internado al desierto para domesticar el desierto. Para someter las huestes del Malo. Para ponerlos por escabel de sus pies. Cristo se ha internado en el desierto para recuperar el desierto.

Los escribas registraron cuarenta días y cuarenta noches. Lo cierto es que fue eso pero también fue una eternidad. Pues el Hombre de la arena era el Eterno. Por eso quien fuera hoy al desierto lo encontraría aún allí, plantado como una pica en Flandes, sentado sobre una piedra en la arena.

Y sobre el final de la Operación apareció Satán; la Bestia, el oscuro amo del Desierto. No hubo pulseada ni forcejeo ni lucha. Apareció Satán para hacer su penúltima oferta, buscando un arreglo.

Los dragones sobrevuelan con histeria el negro firmamento. Las serpientes han formado un círculo, un trenzado anillo de perversión. Y en su centro, Nuestro Señor, imperturbable, muy sentado sobre la piedra del arenal. Y Satán le camina en círculos alrededor, como un desquiciado moscardón, como un león enjaulado recorre en ocho su impotencia. Su nerviosismo hiperkinético, su discontinua verborrea, su géstica excéntrica, brutal, histriónica… contrasta abruptamente con el hidalgo señorío de Cristo, el aplomado y flamante Señor del Desierto.

No sólo no hay trato. El Señor ha instalado en el epicentro mismo del terreno enemigo sus tres anclajes, sus tres picas, sus tres bastiones: la Palabra, el santo Temor y la Adoración. Ya no hay vuelta atrás: el Desierto jamás volvería a ser el nido de demonios que fuera desde tiempo inmemorial hasta aquel atardecer. El imperturbable León de Judá, el Guerrero victorioso había plantado para siempre su dominio allí. Había cavado tres pozos que manarían aguas vivas para siempre. De ser la desolada nada poblada de histéricos aullidos ha pasado a ser el ámbito del Amor sereno, donde los amantes buscan “hablarse al corazón” como profetizara Oseas.

Satán se alejó esa noche vociferando amenazas de que volvería. Y tras él se replegaron todas sus tropas. Satán se aleja. Cristo permanece para siempre.

Sí, el Señor permaneció sentado, en la misma roca, con las manos sobre las rodillas.
Levanta apenas la cerviz como la gacela huele la lluvia.

Luego se inclina y toma un puñado de arena entre sus manos y lo deja caer silenciosamente. Y no lo dice ni tan siquiera lo piensa; pero sabe que acaba de modificar para siempre el Desierto.

Y fue entonces que llegó la aurora… y el desierto floreció. Admirables lirios vistieron los campos de arena; admirables pájaros cantores surcaron los cielos nuevos. Esa inerte vastedad antes poblada de gimientes demonios conoció al alba el dulce canto angélico; y los célicos Principados descendieron para servir a su Dios y Señor, sentado sobre la piedra, en el vasto yermo. El sol desperezándose devolvía, grano por grano, el oro a la arena. Y hubo agua, y viñedo, y sombra de cedros, y zorros y liebres. El yermo mudó en vergel, el árido baldío en Edén.

Esa aurora nacía el monacato. Un Hombre, tocando la arena con Palabra, Temor y Adoración, hacía brotar sus tres fontanas y así daba a luz el primer Éremo.

Del polvo vienes y al polvo volverás, había sentenciado Dios. Pero no al mismo polvo: procedes del polvo poblado de aullidos, y volverás al polvo dorado, al oro en polvo del desierto hecho paraíso de oración.

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