P. Diego de Jesús

Custodios de la Biblioteca que no cabe en el mundo

Los exégetas modernos (y tras ellos, muchedumbre de teólogos) son muy dados al arte de adelgazar lo que por los evangelios nos enteramos de Jesús. Tienen una obsesiva adicción (o una adictiva obsesión) por bajarle de peso: que esto no lo dijo, que aquello sí pero no como nos llega, que tal escena está armada y tal otra retocada… con el penoso adicional, pobres, de percibir que de todos modos, con todas las dietas hechas, Cristo sigue obeso.

Si todos conocemos bien el drama de la anorexia (y hemos aprendido a detectar sus causas, sus precursores, sus síntomas, sus prevenciones), no estamos igualmente preparados para ayudar (y prevenir) esta otra anorexia, infinitamente más peligrosa, dañina y mortal, que aqueja al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Esta anorexia se cobra anualmente miles de víctimas. Miles, repito. Obispos, curas, monjas, laicos…

Y un agravante a este descuido es que no estamos tomando las medidas adecuadas a pesar de llevar ya muchas décadas instalada la contagiosa enfermedad entre nosotros.

Casi todos los derrapes teológicos (y digo “casi” por no ser apodíctico, pero tiendo a creer que es sin el casi), surgen de este adelgazamiento, de esta erosión, de esta relativización de las palabras y gestos del Señor anoticiados por los evangelios. Pues como una cebolla que se empieza a pelar o una hilacha del sweater de la que se empieza a tirar, cuando se quieren acordar, no queda cebolla sobre la tabla y el pullover entero devino en madeja. Alcanza con empezar, despacito, a tironear del Cristo que no camina sobre las aguas o no multiplicó los panes, o del Ángel de la Anunciación, o que no dijo exactamente eso que nos avisa Lucas o Mateo… para que el hilo nos lleve derecho al centro del laberinto donde ser devorados.

La búsqueda de las tan mentadas “ipsísima verba” no desembocan en la Boca del Maestro, sino en las fauces del león. El drama es que las “otrísimas” palabras (esas que se le atribuyen al Maestro pero no las dijo) son un pantano engañoso del que nadie sale con vida.

Sí. Los exégetas modernos, movidos por este impulso obsesivo, no cuentan ni con domingos ni feriados: trabajan a destajo por bajarlo de peso a Nuestro Señor. No pueden hallar reposo hasta no verlo reducido a un traslúcido fantasma. Quieren adelgazado hasta tornarlo un exiguo y pálido espectro, sin ademanes concretos, sin gestos precisos, sin timbre de voz, sin contundentes parlamentos, sin miradas penetrantes, sin llanto ni risa ni estornudo… sin Carne. Para ellos es todo lenguaje, puro logos; Verbo pálido sin Sangre.

Están siempre, ante cada escena evangélica, afilando su cuchilla con la chaira, cual hábito de carnicero, alistados para desgrasar la pieza puesta delante: que seguramente no fue allí donde avisa el evangelista; ni fue probablemente a esa hora; ni estaban presentes los que registra el texto; ni dijo exactamente lo que consigna el relato…

Ante la “Buena-Noticia” procuran que el primer término le vaya comiendo la orilla al segundo… hasta devorarlo. Sin caer en la cuenta de que sin noticia no hay mordiente para que lo bueno pueda hacer bien alguno.

Digan que el Señor no es revanchista; que si no, uno podría imaginar la vengativa escena de uno de estos lustrosos exégetas presentándose en Juicio. Y que el alguacil avise: Su Majestad, comparece ante este divino Tribunal, el señor Fulano de Tal. Y el Juez Soberano, revolviendo papeles con notorio desconcierto, repita el nombre en tono dubitativo… hasta decir: no, no, aquí no hay registro alguno de Fulano de Tal. ¿Está seguro? Y el alguacil insistiera, hasta que nuestro Señor, como acordándose de golpe, zanjara: ¡no, claro, ya sé de dónde la confusión! ¡Fulano de Tal jamás existió!, ¡no fue más que un recurso literario! ¡Que pase el siguiente!

Padecer por un cuarto de hora la vertiginosa experiencia de ser inexistente, podría ser un buen purgatorio para algunos…

Pero volvamos a nuestro mundo sublunar. Donde crece el Reino, sin venganzas, por la acción poderosa del amor.

Pues ante esta avanzada de los exégetas ocurre algo curioso. Más que curioso: maravilloso.

Una suerte de “ágere-contra”, aunque carezca por completo de tal intención.

Y es lo que les pasa a los amigos del Señor. A los muchos amigos que aún le quedan. La mayoría de ellos ni saben que existe esta penosa enfermedad. Para todos ellos los evangelios no precisan ser esmerilados ni abreviados, ni adelgazados ni reducidos.

Estos amigos del Señor padecen un “mal” muy inverso: viven disconformes con lo apocado del testimonio apostólico. Que Marcos es escueto; que Mateo puede llegar a ser lacónico; que Lucas, cuando empieza a mostrar y deleitar con un Cristo de doce años, salta sin anestesia a los treinta del Jordán.

Los amigos del Señor están enfermos también, pero enfermos de amor.

Y el amor pide más, requiere más, hambrea más.

Reclama por los detalles.

Los de Belén, los de Egipto, los de Nazaret. Demanda pormenores. El amor vive de las minucias del Amado. De si miró más así o más asá. Muere por un detalle sobre el amigo de infancia o sobre cómo terminó lo del pescado asado a orillas del Tiberíades. Los amigos del Señor no pugnan por un Jesús más flaco, con menos Carne, sino todo lo contrario: batallan reclamando más noticia, más testimonio, más información. Los amigos del Señor, insaciables, tampoco cuentan con domingos y feriados: buscan sin descanso el Rostro vivo de Jesús y no se contentan con menos que el timbre exacto de su Voz.

También ellos van por todo.

El amor es así: intrépido, audaz, lanzado. Si el narrador lo registra ovillado, durmiendo en la proa de la barca, ¿cómo no presumir que eso mismo hizo un sinfín de otras ocasiones? Y con esta sola pista avanza el lebrel en busca de su presa: que de seguro ha dormido allí, en el cabezal, con luna nueva y con luna llena; en otoño y primavera; días felices y días aciagos. Que lo despertaba Juan en algunas ocasiones y Pedro en muchas otras. Que ha despertado taciturno algunas veces, y otras muy locuaz. Alguno lo habrá visto desperezarse incluso.

Si sabemos por Juan que fue con ellos a las bodas de Caná, ¿cómo no presumir que ha ido a docenas de otros casamientos, cumpleaños y fiestas? ¿Cuántas nazarenas se habrán enamorado perdidamente del hijo de José? ¿Cuántos nazarenos habrán disfrutado de la amistad franca, noble y viril del taciturno carpintero? ¿Pero cómo saberlo? ¿Cómo acceder a esa data sin inventar? Los amigos del Señor saben de este cómo. Son expertos en este cómo. Si los exégetas hacen cursos interminables para aprender a adelgazarlo, los amigos del Señor, sin más ciencia que el amor, saben engordar los evangelios.

Saben que lo que los evangelistas recogieron es Palabra de Dios. Pero saben, a su vez, que lo que éstos omitieron son también gestos y palabras del Verbo divino, y por eso, Palabra de Dios. Y así se deleitan en Ellas.

Como ya dijimos, no se trata de ningún contra-ágere… pero en la secreta providencia de los divinos Designios, estos engordadores de la encarnación compensan y reparan lo que la anorexia exegética provoca.

Cuando el exégeta, con voz engolada, avisa que el texto no expresa con exactitud lo ocurrido, el amigo del Señor responde: ¡claro que no! ¡lo acontecido fue eso y mucho más! ¡No mucho menos!

El amigo del Señor es así: completa en la carnadura de su amante corazón lo que falta al relato evangélico, para bien de los amadores del Señor.

Ellos son los custodios de aquella inefable biblioteca de las que habla san Juan (Jn 21,25) donde están registradas todas y cada una de sus palabras y de sus gestos. Desmesuradas bibliotecas que no entrarían en el mundo entero pero caben, holgadas, en el ensanchado corazón del amigo de Jesús.

Diego de Jesús

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