P. Diego de Jesús

¿Qué tiene tu Palabra?

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¿Qué tiene tu Palabra, Señor? ¿Qué tiene?

Tu Voz atraviesa mis párpados cerrados como sabe hacerlo la luz delgada. La piel de los ojos no es telón pesado sino visillo de lino fino. Tu cristalina Voz ingresa, sin esfuerzo ni ruido. Y una vez dentro, desde el cóncavo alféizar de mis retinas avanzas sin demoras, surcando ideas y recuerdos, recelos y pasiones, vastos desiertos interiores, hasta alcanzar mi más profundo centro. Y es allí donde se engolfa tu hablar, y en un dique de luz, quedas Tú, Señor mío, diciéndote pleno.

¿Qué tiene tu palabra, Señor? ¿Qué tiene? Que al decirte de nuevo reinventas el fuego y el cosmos entero.

Más noche, más invierno y oscuridad hay de las puertas de mi alma para dentro, que en la cálida intemperie de tu Majestad. Abandona tu Voz el calor divino de tu Boca, para lanzarse al gélido páramo de mis adentros. Mis entrañas duras no te abrieron, mas tu Voz resucitada lo atraviesa todo, muy resuelta en su inclaudicable interés. Mi párpado cerrado no impide tu paso; al contrario: le ofrece la seda que revista y aplaque tu desnuda Luz. Entras y avanzas. Y vas manchando en rojo el hielo frío de mi estepa inerte, que se va desliando al calor de tus llagadas plantas puras. Oh Heraldo del Padre, alegre Cazador, ingenioso Peregrino, oh divino Hermes, qué tiene tu Palabra, tan de pluma, tan de acero, tan a la vez Mensaje y Mensajero.

Y arremete tu humano Timbre, hecho silbo de luz, por oscuras quebradas, por cavernas y desfiladeros (ese interminable adentro tan sinuoso como tus jotas y tus eses), hasta alcanzar ese centro de mi yo, en que tu Voz, para grabarse y dibujarse, cobra fuego y color. Es tu Ley, sellando el corazón del discípulo. Son tus labios, besando la llaga del leproso. Es tu flecha, cazando antes de la Aurora. Es tu Soplo aleteando, una vez más, sobre el caos primordial. Es tu Aliento derritiendo la inerte estatua de mi semejanza.

¿Qué tiene tu palabra, Señor? ¿Qué tiene? Tú frotas entre sí tus sílabas, y esa lúdica fricción otorga la luz del Primer Día, con que el apagado yermo interior conoce el calor primordial.

También hoy, te acercaste, te agachaste entero para quedar a mi altura, me tomaste de los hombros con la evidente intención de que mi cabeza gacha se emparejara a la Tuya, y tras mirarme con firmeza, inhalaste. Señal inequívoca de tu inminente Palabra. Cuánto amo esa instancia… (También Dios inhala para hablar). Y como siempre, cerré mis ojos, como uno los cierra al echarse agua fresca en la cara, o ante el viento o el sol muy de frente. Y tu suave silbo dijo «No temas a los hombres». Y como Tú al sol, también yo al mío, le insisto: hazlo de nuevo, dilo de vuelta. «No temas a los hombres» me concedes. Y tu luz inicia el recorrido… No fue consigna, ni mandato, ni consejo sobre el trato. Tú lo sabes, Señor, que hay conjuro en tu Voz.

Una misteriosa fuerza persuasiva arde en tu timbre, cuyo mayor ingenio es hacer onomatopeya de todo cuanto dices.

El dardo encendido ya inició su recorrido, como un cometa del firmamento interior, como bengala de salvataje. Así tu «No temas a los hombres» en su largo viaje, va encendiendo cada acre de entraña atravesado.

¿Qué tiene tu palabra, Señor? ¿Qué tiene? Que Tú dices «no temas a los hombres» y se torna casi imposible, casi ridículo tenerles miedo. No es tanto su fuerza persuasiva cuanto performativa. No es tanto la sabiduría que preña, cuanto la fuerza inconmovible con que ella misma expulsa todo temor, al conjuro de la Voz.

Y avanza tu luz verbal por mi oscuro lodazal. Es brisa ligera pero intensa; sutil pero rotunda. Nítida como un filoso cristal. Y yo, al constatar el poder de su magia, con celeridad me apresuro a su beneficio: y como moviendo pesados muebles, procuro acercar, uno por uno todos mis temores, al paso raudo de Tu Voz.

¿Qué tiene tu palabra, Señor? ¿Qué tiene?, que hasta el roce de mis miedos con la orla de tu Voz, los pulveriza.

La lumbre de tu tono los envuelve, uno por uno, como un herrumbroso hierro sopleteado al Fuego, y así cada temor es templado en la fragua de tu Aliento.

La Luz de tu Voz tiene algo peculiar: le otorga calidez a la oscuridad, expulsa la sordidez de la tiniebla… sin lastimar el candor de la penumbra. La luz de tu Voz no acaba con la noche: la hace amable. Como las miles de diamantadas estrellas titilan poderosas sin arruinar el terciopelo negro que las expone. Así, Tú, Señor y Dios mío, me hablas al oído, regalando palabras nocturnas que palpitan en la noche como el pulso mismo del timbre de tu Voz.

¿Por qué al oído?, no lo sé. Pues no hay terceros presentes. Ni hay embargo de sigilo en lo que dices. Tal vez te acerques, cubierto de rocío, a la puerta de mi oído, para vencer mi sordera; para exhalar tu fragancia con que devolverme el aliento. No lo sé. Sólo sé que ahora suspiro por Ti.

Qué tiene tu Palabra, Señor, que siendo Roca inconmovible que no pasará jamás, nadie se sumerge dos veces en tu misma Voz…

«No temas a los hombres» me dices en un susurro. Y gran parte de la hermosura de tu decir es que sea tan preciso tu hablar. No es un amorfo e indefinido «no temas». Sería estéril; sería mentiroso, sería irresponsable. Como un padre en cuclillas ante un hijo, me dices a qué no temer y a qué sí. Amo la nitidez de tu dicción. Tu claridad es mi seguridad.

Los hombres de este siglo parecen no temer a Dios ni a su enemigo, mientras viven asustados por sus pares. Curioso daltonismo, de miedos invertidos. Incluso puede ocurrir dentro de la Iglesia misma: feligreses temerosos de sus curas, curas con pánico a su obispo, obispos con miedo al Papa… mientras unos y otros insisten en que a Dios no hay que temerle y mucho menos al Mal.

Pero tu incansable Voz, Dios y Señor de gran Poder, insiste y renueva el conjuro: no le temas a los hombres; no vale la pena; no tiene sentido; no son más que palillos de romero seco. Incapaces de rasguñar siquiera el alma. Teme más bien al que puede complicarte la Eternidad… Muere de miedo de sólo pensar que puedas renegar de Mí. Deja ya de distraerte con minúsculos temores infundados y ten el coraje de tener miedo, miedo en serio a escuchar en el Juicio: no te conozco. Tiembla entero y alcanzarás sabiduría. Tiembla entero, como trinan las hojas al paso del Viento de mi Voz. Y no te alejes jamás de ese tremolar…

¿Qué tiene tu palabra, Señor? ¿Qué tiene?, que recibida en las honduras más profundas de la interior bodega, desde la amable penumbra del Secreto, rotas las cadenas del miedo, aligerados de todo respeto humano, alivianados de todo reparo en la opinión de los otros, sube y crece la misma Voz guardada, sembrada en los subsuelos, para tornarse espiga de brío y esplendor que flamea libérrima desde las abiertas terrazas, anunciando verdades como puños.

Ay de aquel que sembrara tus palabras en los calientes y resecos tejados, y quisiera luego cosechar espigas en los frescos sótanos. Nadie se burla de tu agricultura. Tu Voz es inentendible a plena luz e intransmitible en los bajos rastreros. ¡Baja a escuchar y sube a proclamar! Qué grande es la verdad de esta secuencia.

Y cuando la brisa se detiene, abro lentamente los ojos. Y ya no estás. Y percibo bien que no te has retirado vuelto sobre tus pasos; entiendo que has partido hacia delante. Ya no estás ante mí, pues tu Timbre y tu Voz no eran tuyos… eran Tú mismo, que ahora estás en mí.

«No temas a los hombres», eras Tú, Señor, era tu Rostro.

Diego de Jesús

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