Romano Guardini

La sabiduría del corazón

La sabiduría del corazón surge de la confrontación de nuestra vida humana con la vida de Dios. De ahí viene el don de discernimiento, el don de ponderación, la comprensión de lo que tiene sentido y de lo que no lo tiene. Pues la sabiduría consiste en saber discernir entre lo valioso y lo barato, entre lo perdurable y lo caduco, entre lo auténtico y la apariencia.

Si preguntamos a la sabiduría lo que hemos de hacer, ella nos responde diciendo: tienes que introducir en tu vida cosas de la índole de Dios, es decir, cosas que no solo se acumulen, no solo exciten, sino que sean válidas, nutricias, constructivas, perdurables, cosas, por ejemplo, como el bien, la paciencia y el respeto por la libertad del otro.

Cuando he cumplido una obligación a pesar de que me resultaba desagradable, la situación pasa, la acción termina, pero algo permanece: el bien realizado. Esto es de la índole de Dios. O si voy con amor al encuentro de un ser humano que, tal vez, no me cae bien, si intento comprenderlo, si le ayudo, en este cumplimiento del mandamiento divino hay algo que permanece. Muchas cosas se deshacen a su alrededor: el encuentro pasa, la excitación se aquieta, el ser humano –tanto yo como el otro- morirá alguna vez. Pero el hecho de que, en ese momento, se obró el bien, eso permanece, pues es de la índole de Dios.

O bien: tengo un amigo que, como toda otra persona, tiene cualidades buenas y malas. Algunas de sus cosas producen alegría, otras, rechazo. Supuestamente, habría que pensar: quiero lo que causa alegría, lo otro no lo quiero. La sabiduría dice: ¡No puedes actuar así! No puedes escoger en una persona, pues en ella todo está relacionado: hasta en su mejor cualidad se filtra su debilidad más profunda. Si no aceptas por completo a una persona, la pierdes. Esta aceptación es paciencia. Es de la índole de Dios. Él lo hace contigo y con cada uno. También tú debes hacerlo de ese modo. Solo entonces se hará permanente tu amistad. Podrás intentar influir en tu amigo, acentuar una cosa, moderar la otra. Pero primero hay que decir sí al conjunto.

Lo más hermoso que puede darse en el mundo se realiza cuando un ser humano ama a otro, cuando se produce la maravilla de que un ser humano, que por naturaleza piensa sobre todo en sí mismo, se abre y recibe al otro en su corazón, de tal manera que el otro se vuelve para él tan importante como él mismo, tal vez hasta más importante, y así, cada uno se sabe cobijado en el otro.

Cuando esta maravilla se produce, surge en el hombre el deseo de aferrarla, de asegurarse de que no va a dejar de suceder. Pero la sabiduría del corazón dice: es necio querer forzar el amor. Exigir que surja, requerir que permanezca; insistir cuando el otro vacila; pretender comprarlo con méritos y deferencias… Todo eso sería necedad, pues el amor sólo puede vivir en libertad. Tiene que regalarse, y regalarse siempre de nuevo. Y que haya sido regalado durante diez años no significa que vaya a serlo otro año más. La meta es que así sea, pues a la esencia del amor pertenece la eternidad. Pero una eternidad que no proviene de aseguramientos, sino que brota siempre de nuevo de la libertad del corazón: “Quien quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa, sería sumamente despreciable” (Ct 8, 7).

Romano Guardini, La sabiduría de los salmos. Meditaciones.

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