San Gregorio de Nisa Santo Evangelio

«Seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará» (Mt 17,22)

† Evangelio según San Mateo 10,17-22

Jesús dijo a sus apóstoles:
Cuídense de los hombres, porque los entregarán a los tribunales y los azotarán en las sinagogas.
A causa de mí, serán llevados ante gobernadores y reyes, para dar testimonio delante de ellos y de los paganos.
Cuando los entreguen, no se preocupen de cómo van a hablar o qué van a decir: lo que deban decir se les dará a conocer en ese momento,
porque no serán ustedes los que hablarán, sino que el Espíritu de su Padre hablará en ustedes.
El hermano entregará a su hermano para que sea condenado a muerte, y el padre a su hijo; los hijos se rebelarán contra sus padres y los harán morir.
Ustedes serán odiados por todos a causa de mi Nombre, pero aquel que persevere hasta el fin se salvará.

 

«Seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará» (Mt 17,22)

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. He aquí la meta y el resultado de las batallas reñidas por Dios, de los peligros afrontados por amor suyo, la recompensa por las fatigas, el premio de tantos sudores: así es como los atletas de Dios consiguen el reino de los cielos.

Por lo cual, el Señor que conoce la fragilidad humana, anuncia por anticipado a los más débiles el éxito final del laborioso combate, para que con la esperanza del reino eterno, obtengan más fácilmente la victoria sobre el temor de la adversidad que han de afrontar en el tiempo. Por eso el heroico mártir Esteban se alegra por las piedras que le llueven de todas partes; recibe gustoso en su cuerpo, cual agradable rocío, los golpes que caen sobre él compactos como copos de nieve, y responde a los crueles homicidas bendiciendo, y orando que no se les tenga en cuenta este pecado. El conocía la promesa divina y veía que su esperanza estaba totalmente de acuerdo con la aparición de que entonces gozaba.

Había oído que los perseguidos por la fe serían acogidos en el reino de los cielos, y mientras sufría el martirio vio lo que le esperaba. El objeto de su esperanza se le hace visible, mientras a causa de la profesión de fe, corre para alcanzarlo: es el cielo abierto, la gloria divina del cielo espectadora de la carrera de su atleta; es el mismo Cristo que asistía a la prueba del mártir. Cristo que preside la lucha de pie, significa simbólicamente la ayuda que presta al luchador, y nos enseña que él mismo está presente en favor de sus perseguidos y en contra de sus perseguidores. Y en este sentido, ¿cabe mayor gloria para quien sufre la persecución a causa del Señor, que poder tener de su parte al mismo árbitro del combate? Dichosos los perseguidos por mi causa.

Nuestra vida tiene necesidad de un hábitat donde fijarse; si aquí no tenemos algo que nos relance hacia fuera, hacia más allá de la tierra, seremos siempre de la tierra; si por el contrario nos dejamos atraer por el cielo, seremos transportados al más-allá. ¿Ves a dónde conduce la bienaventuranza que, a través de avatares aparentemente tristes y dolorosos, te lleva a adquirir un bien tan grande? Lo había advertido ya el Apóstol: Ninguna corrección nos gusta cuando la recibimos, sino que nos duele; pero, después de pasar por ella, nos da como fruto una vida honrada y en paz. La aflicción es, pues, como la flor de los frutos esperados. ¡Por amor al fruto, cojamos también la flor! Movámonos y corramos, pero no corramos en vano: que nuestra carrera esté siempre orientada a la consecución del premio de nuestra vocación celestial. Corramos de modo que lo alcancemos.

Por tanto, no nos aflijamos cuando nos veamos combatidos y suframos persecución; alegrémonos más bien, pues, cuando se nos prive de los bienes apreciados en la tierra, se nos invita a gozar de los bienes del cielo, de acuerdo con la palabra de aquel que ha proclamado dichosos a cuantos por su causa sean afligidos y perseguidos: de éstos es el reino de los cielos, por la gracia de nuestro Señor Jesucristo, de quien es la gloria y el imperio por siglos sin fin. Amén.

San Gregorio de Nisa, Sermón 27, 9: PG 44, 1291-1295. 1299-1302

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