Sagradas Escrituras Santa Catalina de Siena

«Hasta los pelos de vuestra cabeza están contados» (Lc 12, 7)

† Evangelio según San Lucas 12, 1-7

Entre tanto, miles de personas se agolpaban pisándose unos a otros. Él se dirigió primero a los discípulos:
—Cuídense de la levadura —o sea de la hipocresía— de los fariseos.
Nada hay encubierto que no se descubra, nada oculto que no se divulgue. Porque lo que digan de noche se escuchará en pleno día; lo que digan al oído en el sótano se proclamará desde las azoteas.

A ustedes mis amigos les digo que no teman a los que matan el cuerpo y después no pueden hacer nada más. Yo les indicaré a quién deben temer: teman al que después de matar tiene poder para arrojar al infierno.
Sí, les repito, teman a ése. ¿No se venden cinco gorriones por dos monedas? Sin embargo, Dios no olvida a ninguno de ellos. En cuanto a ustedes hasta los pelos de su cabeza están todos contados. No tengan miedo, que ustedes valen más que muchos gorriones.

 

Santa Catalina de Siena, doctora de la Iglesia, co-patrona de Europa

Diálogos: Bondad infinita de Dios.

Diálogo, 18.

«Hasta los pelos de vuestra cabeza están contados» (Lc 12, 7)

Dios me dijo: “Nadie se escapa de mi mano, porque yo soy el que soy. (Ex 3,14) y vosotros no sois por vosotros mismos. Existís por mí. Soy el creador de todas las cosas que participan de mi ser y no del pecado que no es creación mía. Por tanto el pecado no es digno de ser amado. La criatura me ofende porque ama lo que no tiene que amar, el pecado… Al hombre le es imposible de salir de mi ser. O bien, permanece en mí bajo el peso de la justicia que castiga sus faltas, o bien permanece en mí guardado por mi misericordia. Abre, pues, los ojos de tu inteligencia y mira mi mano: verás que digo la verdad.

Entonces, al abrir los ojos del espíritu para obedecer al Padre que es tan grande, vi el universo entero enfermo metido en la mano del Padre. Y Dios me dijo: “Hija mía, mira ahora y sé que nadie puede escapar de mi mano. Todos están cogidos por la justicia o por la misericordia, porque todos me pertenecen, son creados por mí, y los amo infinitamente. Sea la que fuera su malicia, les haré misericordia a causa de mis siervos; escucharé la petición que me presentas con tanto amor y tanto dolor…”

Entonces, mi alma, como embriagada y fuera de sí en un infinito ardor de amor, sintió a la vez felicidad y dolor. Feliz por la unión con Dios, gustando su gozo y su bondad sumergida en su misericordia y sufriendo por ver ofendida una tan gran bondad.

 

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