P. Gustavo Seivane

El perdón

El perdón reúne. La falta de perdón separa, crea distancia, favorece aislamientos.

Lo reunido en el perdón habilita una fiesta. Se celebra la reconciliación. Regala camino, futuro común.

El que perdona, ama al perdonar, haciendo entrar la misericordia en el mundo. Gesta dignidad. Alarga la luz sobre las tinieblas.

El perdonado respira un aire renovador. Se siente aceptado. Cuenta con la posibilidad de cambiar. Ejerce la gratitud mientras ve sanar su alma.

Dios ofrece el perdón en Cristo. Cristo perdona al arrepentido. Su Sangre borra los pecados. Él es el Cordero de Dios que los quita, los elimina, y lavándonos de nuestros delitos, vuelve el alma más blanca que la nieve.

Su amor lo hace posible. El poder de su misericordia hace que un pecado perdonado ya no pueda ser hallado ni por el demonio. Ha dejado de ser. Y por eso de afectar.

«Tanto amó Dios al mundo que envío a su Hijo». En este envío, en la encarnación de la persona divina del Verbo, en el santo despliegue de su compasión, en el poder de la Pascua de Cristo, encontrará siempre el creyente la garantía de un amor personalizado, de una voluntad amorosa que permanece, es estable, no se muda, y quiere que todos los hombres se salven.

Si el Señor me perdonó, ¿no perdonaré? Si Dios me perdona, y yo no perdono, yo me pongo por encima de Dios. O compito en la administración de la justicia. O me considero más justo. O mejor juez. O algo no menos grave, me resisto a amar. Me rebelo. Me separo de la misericordia misma. Me alejo de la luz. Me constituyo árbitro y señor. En los términos de la parábola de hoy, me convierto en un miserable: «¡Miserable! Me suplicaste y te perdoné la deuda. ¿No debías también tu tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?»

Resulta cierto que perdonar no siempre es una espontaneidad del alma, sino más bien algo exigente. Algo que se entrama en una tarea espiritual. A veces, se perdonan sin dificultad faltas menores, ofensas que no han calado en el espíritu. Otras veces, en cambio, el perdón pide tiempo, una maduración, un lapso en el cuál sanar heridas, y orar por el que nos ha ofendido, y contemplar el misterio de Jesús. Especialmente en su gravísima Pasión.

Es decir, ejercer la fe, la esperanza, y el santo amor…

Cuando el cristiano se mueve en esta dimensión, en el estar dispuesto a perdonar, Dios toma la situación y la conduce al buen puerto de la paz. A veces, a la fiesta de la reconciliación.

Perdonar hasta 70 veces 7, significa perdonar siempre. Que no haya en el corazón del cristiano lugar sino para el Espíritu Santo, que trae lo de Cristo, y lo actualiza. Y Cristo es el perdón de Dios. Dios perdonando. El Señor ejerciendo su poder. El poder de transfigurar, cambiar el agua en vino, resucitar muertos, liberar de demonios, sanar las enfermedades, las cegueras espirituales, y las heridas del alma.

Así, nos dice: «Vengan a Mí…». No discurran vanamente. «Vengan a Mí». No se queden con sus pensamientos bajos e insustanciales. «Vengan a Mí», que soy «el Buen Pastor que conduce a las aguas tranquilas».

Y el Buen Pastor Resucitado nos dona el Espíritu Santo desde el Padre. Y este Espíritu, por medio de los sacramentos y de la oración, «viene a unirse a nuestro espíritu», dice San Pablo, y así nos sana y nos desata de aquello que nos oprime: la ira, la falta de perdón, la estrechez de corazón, la falta de esperanza.

Por el don de consejo venimos serenamente a percibir lo que nos conviene para adelantar en el camino de la santidad. Y no sólo en miradas a largo plazo, sino aún en los detalles actuales. Mientras perfecciona la prudencia, el don de consejo, nos invita a elegir vivir la bienaventuranza que enseña Jesús: sean misericordiosos.

La avaricia se disuelve con la misericordia. La avaricia que no sólo es de los bienes materiales, sino afectivos, o espirituales. La voracidad que destempla, y está fuera de la voluntad de Dios, llama a la injusticia, y así el hombre se resiste a perdonar, y aún a admitir que necesita ser perdonado.

La paz que procede del perdón, nos ofrece Jesús; siempre y en todo lugar, y por medio de su Santo Espíritu. Amén.

Gustavo Seivane

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