Mi Cristo Roto - Ramón Cue S. J

Mi Cristo Roto – Ramón Cue S. J. – ¿Quién te partió la cara? (IV)

Buenas noches, amigos:

En esta última noche, en que nos despedimos de mi Cristo Roto, he reservado la última mirada para lo que un muerto tiene de más incomprensible y abismal: su rostro.

Qué desconcertante esfinge la cara de un muerto.

Hay quien no la resiste y se libra de ella cubriéndola con un lienzo. Es peor: como en todo lo velado aumenta su misterio.

Y por debajo del lienzo se insinúan, más perturbadoras y agresivas, unas facciones más elocuentes en su mudez que si nos llamaran a gritos.

Pero no es éste el caso de esta noche.

Es el rostro de un muerto querido; y entonces se le mira y se le mira, con pasmo y ternura, insaciablemente, cara a cara.

Hay algo qué encadena nuestros ojos abiertos, a los suyos cerrados.

La certeza trágica de que nos lo roban. De que no lo volveremos a ver más en la tierra. De que están contadas, implacables, las horas para, mirarlo.

Va a soplar una ráfaga helada que aventará en ceniza esas facciones destruyendo su armonía.

Pero Cristo es un muerto distinto de todos.

Por eso, para aprender a contemplar su rostro Muerto, en este Viernes de Dolores, debíamos pedirle prestados sus ojos a María, la Gran Contemplativa Dolorosa.

Desde que se lo clavaron en la Cruz, Ella se instaló a sus pies, clavada en la tierra; con sus ojos clavados también, más tenaces que los clavos, en el rostro de su Hijo.

No se le escapó ni un latido de sus sienes, ni un temblor de sus párpados, ni el paso leve de la última respiración en la piel tensa de la garganta…

Asomarse á los ojos insondables de María en este Viernes de Dolores, es asistir a la proyección íntima y fidelísima de la Pasión de Cristo, registrada en sus pupilas y en ellas celosamente guardada.

Qué Sala de proyección, los ojos de la Madre, para contemplar la película más exacta y veraz de la Pasión del Hijo.

Préstanos tus ojos, Señora, para ver esta noche el rostro muerto del Hijo tuyo y hermano nuestro Jesucristo.”

Préstanos tus ojos para verlo de cerca. Como tú, cuando ya desclavado de los brazos de la cruz lo colocaron en los tuyos inmensamente abiertos, Madre Crucificada; y le cogiste el rostro con tus dos manos, y lo enfrentaste al tuyo, cara a cara.

¿Cuánto tiempo estuviste muda contemplándolo?

Era tan absorbente tu dolor que te olvidaste de llorar.

Y mirabas, mirabas, devorándolo hambrienta con tus ojos, aquel rostro que apretaban tus dos manos; y que con tenerlo tan cerca de ti, lo sentías infinitamente lejano y ausente.

Parecía que iban a rasgarse tus ojos abiertos, sin pestañear, en un interrogante pasmo sin respuesta.

Tus ojos iban y venían, por el rostro amado del Hijo, de pasmo en pasmo.

Le mirabas los oídos. Pero no le dirigías ni una sola palabra: sabías que estaban sordos.

Le mirabas los labios. Pero no le hacías ninguna pregunta, puesto que no aguardabas ya respuesta alguna.

Le mirabas los ojos. Con el dardo escrutador de tu mirada tratabas de levantar sus párpados caídos … pero desistías muy pronto de tu empeño. ¿Para qué, si al alzarlos, ibas a mirarte en unos ojos que no podían ya mirar los tuyos?

Fracasada, te quedó sólo un recurso.

Arrimaste más aquel rostro muerto al tuyo. Se juntaron las dos caras. Lo apretaste contra ti suavemente para no abrir de nuevo las heridas; y tus labios buscaron luego su sitio acostumbrado.

Lo besaste calladamente, para no despertarlo, como cuando era niño.

Y en aquella mejilla helada de tu Hijo tropezaron tus labios con la huella de otro beso: el de Judas.

Entonces lo comprendiste todo.

Lo aceptaste todo.

Lo perdonaste todo.

Y tus ojos ya sin pasmo, volvieron a ablandarse y se acordaron otra vez de las lágrimas.
Llorabas mansamente mientras lo seguías besando mansamente en su mejilla.

Y tu llanto caliente iba borrando la huella del beso de Judas. Porque eras la Madre del Hijo muerto.

Y eres la Madre también de todos los Judas, de todos los verdugos, de todos los pecadores.

Tu beso de Madre en su mejilla nos reconciliaba a tus hijos malos con tu Hijo Bueno, Toda la Pasión se aprieta entre dos besos sobre la cara de Cristo.

El de Judas: relámpago de fuego que desencadena la tempestad.

Y el de María: sello y lacré final de la Corredentora.

Ante el beso de Judas, Cristo se queja: “Amigo, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?”

Ante el beso de María, Cristo ya no habla: “Todo está consumado”.

Señora, préstanos tus ojos esta noche de Dolores para saber mirar la cara de tu Hijo.

No te pedimos ni tus labios, ni su mejilla, porque sólo tú puedes besarle en su rostro.

Nuestros labios ya aprendieron su sitio.

Nosotros le besamos sus pies.

La Vida Resucitada de Cristo también comienza con un beso: el que ponen sobre sus pies floridos de disfrazado jardinero, los labios irrefrenables de María Magdalena.

***

Vamos, pues, a contemplar, amigos, el rostro muerto de mi Cristo Roto.

Aquí está el Cristo. Pero, ¿dónde está su rostro?

En nuestra búsqueda, chocan nuestros ojos, como en una pared de roca, contra esa superficie lisa, que al partirle de arriba abajo la cabeza, ha quedado en el sitio que ocupó su cara.

Y nuestros ojos, doloridos, resbalan defraudados por ella, buscando inútilmente unos ojos, unas mejillas, una frente, unos labios.

Nada. Mi Cristo Roto no tiene cara.

Se la cortaron de un solo tajo vertical.

En su Pasión todos se ensañaron en su rostro: Judas lo besó villanamente; un soldado lo abofeteó ante el tribunal con su mano enguantada de hierro; soldados y verdugos le mesaron la barba, le rasgaron la frente con espinas … Pero quedó entero, sin mutilaciones, su divino rostro.

María pudo besarle, muerto, su mejilla.

Nosotros esta noche, en nuevo pasmo, ante este Cristo sin rostro, sólo podemos preguntarle:

—¿Quién te partió la cara?

Cristo yo había oído muchas veces esta amenaza, en los labios trémulos por el odio, de un hombre a otro hombre: “¡Mira que te parto la cara!”

Y siempre pensé que los cegaba la ira en su imposible y loco desafío.

Todo suele quedar en un puñetazo, un bofetón, una cuchillada en la mejilla.

Sólo en Ti se ha cumplido, Señor, literalmente, la brutal amenaza. ¡Te han partido la cara!

De arriba abajo.

***

¿Por qué, Cristo?

Yo sé de muchos, que antes de meterse contigo en tus Imágenes, te destruían la cara, porque no resistían tus ojos.

No aguantaban que Dios los estuviera contemplando sereno, manso, impasible, mientras lo partían a hachazos.

No se atrevían a ofenderte cara a cara.

Y comenzaban aplastándote el rostro.

Eso ya lo hicieron los soldados en la Noche triste de tu Pasión Cuando jugaron contigo. No sé qué tendrán tus ojos que no los toleraron. Con un trapo sucio improvisaron una venda; te la pegaron a los ojos y apretaron el nudo fuertemente en tu nuca.

Apretaron cuanto pudieron, hasta hacerte daño, para que la luz de tus ojos no pudiera escapar entre tu cara y el trapo. Porque le tenían miedo hasta al resplandor de tu mirada.

Y entonces, sí; cuando te vieron vendado, se atrevieron.

Así somos los hombres de valientes.

Entre risotadas y burlas de soldadesca cuartelera te escupían, te daban bofetadas, te golpeaban con la caña en la corona hundiendo en tu frente las espinas; y con muecas y gestos de grotesca reverencia desfilaban por turno ante tus ojos vendados desafiando tu ceguera:

—Adivina, Cristo, ¿quién te pegó?

—Juguemos con Él, que no nos ve.

Pero la luz de tus ojos atravesaba la venda de trapo asqueroso y los veía a todos, los reconocía a todos, sabía los nombres y la historia cobarde y cruel de todos.

Primero, te vendamos. Y luego, ya tranquilos, te ofendemos. Insensatos.

No hay venda posible para cegar tus ojos.

Aunque machaquemos tu rostro nos sigues contemplando. Cristo mío Roto, te partieron la cara, pero inútilmente.

Yo te miro; no te encuentro los ojos; pero siento que me miras; aunque de un modo distinto que cuando tienes ojos, desde otra Imagen tuya.

Aquí, sin ojos, me fulminas con invisibles ojos.

No se ven, pero están.

Como si esa superficie que te aplastó, achatándote la cara, fuera sólo una venda transparente que se ilumina de pronto con la ráfaga oculta de tu mirada.

Te partieron la cara, Cristo Roto, pero yo nunca he tenido un Crucifijo con más bellos e irresistibles ojos.

Y son a veces tan serios y tan tristes, que me haces bajar, avergonzados, los míos.

Nunca soñé que en un trozo liso e insensible de madera, como éste de tu cara partida, pudieran encenderse, diferentes siempre, tantos, tan dulces y tan severos ojos.

***

Aunque no creáis, amigos televidentes, que siempre, a todas horas, yo logro adivinarle los ojos, en su cabeza tajada, a mi Cristo Roto.

No. Os lo confieso.

Lo normal es la lucha estéril y la desilusión impotente.

Trato de contemplarlo con toda el alma amontonada en mis pupilas y veo solamente madera en vez de rostro.

Madera impenetrable en que rebotan mis miradas. Madera durísima y esquiva que se resiste a mis ansias.

Ni ojos, ni oídos, ni mejillas, ni boca.

Sólo madera. Un pedazo vasto e informe de madera sobre los hombros de mi Cristo.

Como si mi Dios fuera ante mí el tronco inerte de un bosque. Un Dios de madera.

Y entonces, os lo confieso, amigos, protesto, y me quejo y me rebelo, y me encaro con mi Dios y le grito:

—¿Por qué no te dejas ver, Señor?

¿Por qué me condenas a servirte entre tinieblas?

Pareces un Dios ciego, insensible, sordo y mudo.

Te pregunto y no contestas.

Te hablo y no me entero nunca de si me escuchas siquiera.

Protesto y permaneces hermético.

Te suplico de rodillas que me mires, que me enseñes tus ojos, y es en vano. Como si fueras ciego.

Si me miraras una sola vez; si yo lograra ver tus ojos, aunque sólo fuera una fracción de segundo, yo sé que sería ya bueno, bueno de veras, para siempre. Que no podría ser ya malo nunca, nunca…

¿No quieres Tú que yo sea bueno? Pues ¡mírame, Cristo; mírame!

—Ya te miro —dijo una voz, dentro de mí, sin labios ni palabras—. Ya te miro, no aparto mis ojos de tu vida. ¿Qué sería de ti si Yo dejara de mirarte? Te miro, aunque tú no veas que te miro. Te ven mis ojos, aunque tú no veas los míos. Y ése es el mérito de la fe: avanzar hacia Mí de noche, tanteando en las sombras, persiguiendo unas respuestas que no llegan, alargando unas manos frustradas que nunca tocan nada. Adelante, hijo, por la noche de la fe; hasta que un día, en recompensa, veas la Cara de Dios. Esa será la felicidad eterna.

***

Mi Cristo Roto, sin cara, es el símbolo plástico de mi fe.

Me paso muchos ratos mirando y mirando ese tajo vertical que es su rostro inexpresivo, como quien se ejercita y se entrena para esos días nublados y borrascosos de nuestra vida, en que miramos al cielo y el cielo es una superficie lisa y metálica, como el Rostro de mi Cristo, que nos aplasta despiadada o nos rechaza implacable.

Pero no deja de ser doloroso, amigos, tener siempre presente a mi lado un Cristo sin cara.

Ante esta brutal mutilación paso y aguanto las otras mutilaciones por penosas que parezcan.

Hasta presiento que acabaré por acostumbrarme a verlo manco y cojo de su lado derecho.

A lo que no se hacen jamás mis ojos es a verlo sin cara.

Cada vez que tropieza mi mirada con el tajo de su rostro se lastiman mis pupilas y protesta el corazón.

Es lo que más me cuesta no poder restaurar.

Para mis ojos espinados de arrastrarse por los miembros mutilados de mi Cristo, sería una dulce medicina poder descansar en el oasis de su rostro.

Por eso la punzante tentación de restaurárselo. Imposible. Se lo prometí.

Aguantaré toda mi vida, cara a cara, a este dulce y terrible Cristo sin cara.

Muchas veces le pregunto:

—¿Cómo era, Señor, el rostro que te rebanaron?

Con mi fantasía te completo fácilmente el brazo y la pierna derecha que te faltan; porque tengo en tu lado izquierdo el módulo de ambos para recomponerlos.

Pero tu cara, ¿cómo era?

¿Estabas vivo o muerto? ¿Mirabas severamente o con dulzura? ¿Tenías los ojos cerrados o fijos en el que te contemplaba? ¿Qué había en tus labios? ¿Siete Palabras, Agonía, Expiración o Insondable Silencio?

Imposible adivinarlo.

Más imposible acertar con tus facciones.

Te he puesto ya mil caras, creadas por mi fantasía, y ninguna me convence.

¡Qué difícil dar con la Cara de Dios!

***

Comprendo que tantos artistas hayan esquivado el compromiso de enfrentarse con el rostro de Cristo. Y se refugien en el ardid de un difícil y atrevido escorzo.

Porque un escorzo arriesgado se domina con técnica.

Pero el riesgo audacísimo de pintar la cara de Cristo, además de la técnica requiere el amor.

Técnica y amor, que han poseído, sin embargo, muchos inspirados pintores y escultores al plasmar el rostro de Cristo.

Cada artista, en su aventurado esfuerzo, nos ha dejado una visión parcial solamente, un instante concreto nada más, una interpretación fugaz de ese rostro inasequible, infinito en su riqueza sicológica, inabarcable en su multiforme expresividad.

Por Salas, Palacios, Catedrales, Colecciones y Museos andan repartidas esas parciales interpretaciones del rostro de Cristo.

Aunque pudiéramos reunir en un solo retrato los esfuerzos creadores de todos los artistas cristianos, la síntesis de todos ellos no llegaría jamás a reproducir fielmente el infinito rostro de Cristo.

Pero también este esfuerzo que trata de superar sus limitaciones para acercarse a Dios, es, como nuestra fe, una ofrenda y un homenaje dé amor.

Es el sueño incoercible de los hombres por ver la Cara de Dios.

Y como los rostros que yo inventaba eran siempre un fracaso, yo les he pedido prestadas a mis pintores y escultores favoritos, las caras que ellos han creado en sus retratos de Cristo.

Y ya que no puedo restaurar físicamente su rostro, me dedico, en un juego de mi fantasía y de mi cariño, a restaurárselo idealmente, colo- cando sobre su cabeza sin facciones, las caras que para Cristo ha soñado el arte universal.

Consumo en este juego, ratos y ratos.

Me consuelo al pensar que desagravio su rostro ofendido, volcando en él toda la historia del arte. Todos los estilos.

Por el tajo de su cara van pasando, en un desfile lento y sabroso, Museos, Colecciones, Galerías, Catedrales, Pinacotecas…

Me siento Velázquez y le ofrendo un rostro de rey, soberanamente reposado y sereno.

O acudo a Juan de Mesa para darle el patetismo barroco del Gran Padre o del Cristo de Vergara.

O a Montañés; y en contraste, lo envuelvo en la olímpica belleza clásica de Jesús de Pasión, o del Cristo de los Cálices.

Si invoco a Fra Angélico, consigo un dulcísimo rostro que contagia perdón y ternura.

Pero si voy a Leonardo, una infinita tristeza desolada ensombrece, como en “La Cena”, a mi Cristo Roto.

Entonces corro al Greco; y las lágrimas temblorosas del Expolio ruedan, sin caer, por la madera transfigurada.

Si un día lo quiero terrible en su justicia, me basta pensar en Miguel Angel y la Capilla Sixtina.

Pero esto dura poco. Prefiero la paz y el reposo de la muerte. Entonces hago dormir a mi Cristo con las cabezas yacentes que acostó en Castilla Gregorio Fernández.

Que se hacen más duras, afiladas y cadavéricas si evoco a Mantegna.

Y que cobran su máxima tragedia fúnebre con sólo acordarme de Grünewald.

Pero a las que yo despierto inmediatamente, alzándolas del pecho hundido, hasta verlas, tensas y erguidas, en la Suprema Expiración del Cachorro, por Ruiz Gijón.

Esa insuperable cabeza de Cristo, en Triana; que al mismo tiempo que lucha esforzada con la muerte, preludia ya en su gesto, el triunfo infalible de la Resurrección.

¿Cuántas horas habré gastado poniéndole caras a mi Cristo Roto? No lo sé.

No acabo nunca. Todo me parece poco para desagraviar y embellecer su rostro aplastado…

Y vuelvo a empezar…

Repaso los rincones de viejos Museos olvidados.

Me acuerdo con júbilo de más pintores, de nuevos retratos, de perdidas esculturas que me descubre en su esfuerzo mi memoria.

Y otra vez el desfile de caras y caras bellas se va proyectando sobre la pantalla lisa de mi Cristo sin rostro.

***

Pero desde hace unos días he tenido que renunciar también al consuelo de este juego cariñoso.

Mi Cristo Roto es terrible en sus exigencias. No concede treguas. Y me lo ha prohibido también.

Yo creí al principio que le gustaba y complacía.

Al menos lo toleraba silencioso.

Hasta que un día no pudo aguantar más y me interrumpió severamente:

—¡Basta! No me pongas ya más caras. He tolerado tu juego demasiado tiempo. Esperaba, en silencio, a ver si tú mismo acababas por comprender que no era de mi agrado lo que suponías un desagravio y un consuelo. Pero veo que es inútil. No acabas de comprenderme. No me pongas más esas caras que pides de limosna al arte de los hombres. Quiero estar así, Roto sin cara. Prometiste que jamás me restaurarías…

—Y lo sigo prometiendo, Señor —le contesté confuso y sincero—. Yo creí que este juego de las caras no era restaurarte.

—No me restauras físicamente el rostro, es verdad. Pero buscas en el fondo, sin darte cuenta, otra restauración que te permita escapar de esa angustia que te produce mi cara partida. Sé sincero: buscas mi consuelo, ¿o el tuyo? Examínate.

Yo callaba. El Cristo Roto me acosaba implacable. Seguía:

—Te acongoja mirarme como estoy. Y fabricas con tu imaginación mentirosas caras bellas que interpones entre tus ojos y mi cabeza partida en tajo. No acabas de aceptar la verdad, sin atenuantes, de mi Pasión. Prefieres la mentira de tus fantasías. Y cada una de esas caras es un disfraz sobre mis dolores. Basta. Acéptame así. Roto, sin cara.

—Quiero aceptarte, Señor. Pero no sé. Ayúdame.

Callábamos los dos.

¿Qué iba a añadir yo? No me atrevía ni a mirarlo.

Hasta que el Cristo, en un tono más dulce e insinuante, prosiguió:

—A no ser que quisieras ensayar otro juego; ponerme otras caras … Esas, sí las aceptaría…

—¿Cuáles, Señor? Te las pondré en seguida. —No lo creo. Te conozco.

—¿Por qué no? —insistí decidido deseando complacerle—. Dime de qué caras se trata.

—Temo que no lo entiendas. Incluso que te escandalices como los fariseos. Es una lección muy dura.

—Pondré todo mi esfuerzo en comprenderla. ¿A qué caras te refieres? Dímelo.

—A otras; pero reales, no fingidas, como las que inventabas. Y que son también mías, muy mías… Como la que me cortaron de un tajo.

—¡Ah, creo adivinar, Señor! —interrumpí satisfecho.

—A ver. Explícate —me urgió Cristo.

—¿No te refieres a las Caras de los Santos, de los Apóstoles, de los Mártires, de las Vírgenes; que son tuyas porque sus dueños, al participar de tu santidad, resultaban semejantes a Ti?

—¿Ves cómo no aciertas? —sonrió mi Cristo tristemente—. Es verdad que esas caras son mías, como tú has dicho. Pero ésas, ya las tengo; y nadie me las niega ni regatea. Yo quiero otras caras que también son mías … Las de los Santos son muy fáciles de colocar sobre mi rostro aplastado. Pero ésas que yo reclamo, muy pocos, contadísimos, se atreverían a ponérmelas.

—Yo sí; dímelas —atajé vehemente.

—Bueno, —respondió mi Cristo con calma—. Tú me lo has pedido. Después no te quejes.
Hizo un descanso, como para tomar fuerzas. Respiró profundamente. Dudó. Me pareció que se volvía atrás.

Yo estaba ya asustado. Le tuve miedo a mi Cristo. Me arrepentía de haberle urgido. Casi forzado. Pero no había remedio.

Sonó su voz pausada y segura.

Me preguntaba:

—¿No tienes por ahí un retrato de tu enemigo? De ése que te tiene envidia y no te deja vivir. Del que interpreta mal, por sistema, todas tus cosas. Del que siempre, por todas partes, va hablando mal de ti. Del que te desprecia. Del que te arruinó. Del que dio malos y decisivos informes sobre ti. Del amigo traidor que te puso una zancadilla. Del que logró echarte del puesto que tenías. Del que te calumnió vilmente. Del que te estropeó tus planes. Del que te persigue siempre. Del que no te perdona jamás. Del que te engañó miserablemente. Del que te echó a la calle contra toda justicia. Del que te denunció. Del que metió en la cárcel a tu hermano. Del que se aprovechó de la guerra y mató a tu padre…

—Cristo, por favor, ¡no sigas! —exploté indignado. Cada frase me había ido encendiendo; al fin no pude más. —Calla, Señor, por piedad —le supliqué con voz sumisa.

—¿No lo ves? Ya te lo previne. Es demasiado, ¿verdad?

—Es antihumano, Cristo. Es absurdo —callé un instante—. Pero no me hagas caso, sigue; sigue hablándome. Te lo suplico. Sigue.

Porque Dios es un abismo misterioso que al mismo tiempo que nos asusta y acongoja, nos atrae y encadena irremisiblemente.

—Sigue, Señor; sigue hablándome.

—Bueno. ¿Te has fijado bien en las caras de los leprosos, de los anormales, de los idiotizados, de los mendigos sucios y malolientes, de los imbéciles, de los locos, de los que se babean …

—Y, ¿me vas a decir, Cristo, que ésas son también caras tuyas? ¿Y que te las ponga?

—Naturalmente. Y, ¡me las vas a poner!

—Imposible.

—Espera. No acabé aún. Toma bien nota de esta última lista y no olvides ningún rostro. Tienes que ponerme la cara del blasfemo, del suicida, del degenerado, del ladrón, del borracho, del asesino, del criminal, del traidor, del vicioso, de la prostituta… Yo callaba. Imposible contestar.

—No sé, Señor. No entiendo nada. «Esas caras, ¿sobre tu cara?

—Sí, ¡sobre la mía! —prosiguió Cristo cada vez con más fuego—. Y, ¿te extraña que los tolere y los quiera sobre mi cara? Pero, ¿no ves que los llevo en mi corazón, que es más, infinitamente más, que llevarlos sobre el rostro? ¿No ves que he dado por todos la vida? Por todos, ¿oyes? ¡Por todos!

Calló Cristo.

Yo, desconcertado, evitaba hasta mirarlo. Cuanto más replicarle.

Su voz, más íntima, proseguía:

—Lo que más me decepciona es que te escandalices. Que te asustes farisaicamente. Qué lejos estás de Mí, entonces. ¿Cuándo me comprenderéis? ¿Qué sabes tú de mis planes? ¿Qué sabes de mis designios sobre las almas? ¿Qué podrás tú entender de las infinitas locuras de mi Amor?

Nunca me habló mi Cristo con tan soberana y divina solemnidad.

Temblaba en su voz una resonancia de eternidades.

—Ahora vas a comprender un poco lo que fue la Redención. Escucha: Yo me hice responsable, voluntariamente, de todos los pecados, lacras y degeneraciones de toda la humanidad a lo largo de toda su historia. Yo cargué con todas sus blasfemias, crímenes, aberraciones y vicios. Todo pesaba sobre Mí. Y con todo eso a cuestas me clavaron en la Cruz.

Mi Padre se asomó para verme. El se mira siempre en mis ojos. Yo soy el espejo en que se contempla mi Padre complacido. Soy su Rostro. Dios no tiene cara visible. Yo soy la Cara de Dios.

Se asomó desde el Cielo para verme en la Cruz y contemplarse en mi Rostro.

Clavó sus ojos en Mí. Y su pasmo fue infinito.

Sobre mi rostro vio superpuestas, sucesiva y vertiginosamente, las caras de todos, absolutamente de todos los hombres.

En mi cara estaban todas las caras.

Porque yo, voluntariamente, para que El no los castigara, daba la cara por todos los hombres, mis hermanos.

Y así, quedé sin cara.

Mi Padre, desde el Cielo, durante aquellas tres horas de mi agonía en la Cruz, estuvo contemplando, sobre mi cara, el desfile trágico de todas las caras. Era horrible. Pero mientras tanto yo le decía. “Padre, perdónalos; no saben lo que hacen”.
Y mi Padre los perdonaba. Mi Padre no los condenaba. Mi Padre los
amaba porque estaban en mi cara. Porque yo daba por ellos la cara. Porque ellos eran entonces mi cara.

Y se reconcilió con aquella humanidad que El veía en el espejo de mi rostro.

No era Yo sólo el que estaba en la Cruz.

Ni moría Yo sólo.

Todos os apretabais en Mí. Y todos moríais Conmigo. Yo tenía innumerables rostros. Infinitas caras.

Sobre mi cara lívida y destrozada; sobre las heridas, los rasguños, el polvo, la hiel, la sangre y los salivazos, se iban proyectando todas vuestras caras.

Nunca, por una pantalla, ha pasado un desfile tan repugnante, tan grosero y pervertido.
Mi Padre, que no quitaba los ojos de mi cara, reconocía, sobre ella, todas vuestras caras:
La del soberbio, con la frente armada, en desafío, de protestas y de rebeldías.

La del sectario, maquinando la destrucción de Dios y de su Iglesia. La del asesino y criminal, fría, calculadora, repulsiva.

Caras de checas, de presidios, de campos de concentración.

Caras de prostíbulos.

Bocas apestosas de blasfemias.

Labios repugnantes con asquerosas babas.

Ojeras hundidas, marcadas a fuego de lujuria.

Pupilas obnubiladas y viscosas de los drogados. Aliento inaguantable, a vino fermentado, en los borrachos.

Narices curvas, aves de presa, en los ladrones, los avaros y los explotadores.

Palidez de madrugada sórdida en el vicio.

Rictus de amargura, de desesperación, de odio, de rabia, de despecho. Dentaduras pestíferas, con dientes podridos, en los envidiosos.

Turbadoras miradas de perversión, de complejos sicológicos, y de misteriosas subterráneas anormalidades.

Yo sentía pasar sobre mi pobre boca crucificada, el cigarrillo de opio, el vaso de whisky, la droga, el veneno, el vómito, el pus, la agonía, la muerte.

Qué infinito dolor y qué infinito amor, en mi cara.

Mi Padre contemplaba el desfile desde el Cielo y perdonaba: ¡ya erais mis hermanos!

Mi Madre, María, con sus ojos en los míos, contemplaba el desfile de caras desde la tierra, al pie de la Cruz. Y fue entonces cuando le dije:

—Mujer, mira a tus hijos.

Y en Mí, os aceptó a todos. Se hizo Madre de todos.

Os amó a todos infinitamente.

Porque a todos os veía en la cara de su Hijo.

¿Comprendes ahora lo que fue mi Redención?

¿Adivinas la locura de mi amor que fue capaz de dar la cara por todos vosotros?

¿A quée ahora ya te atreves a poner sobre la mía todas esas caras?

Estoy seguro de que ya no volverás nunca a ponerme esos disfraces mentirosos que mendigabas a los Museos.

¡Qué ridículo el arte de los hombres! ¡Qué insondable el amor de Dios!

***

Mi Cristo Roto enmudeció desde entonces.

Me había dado la suprema y más difícil lección. Y no ha vuelto a hablarme más.

Esta noche nos despedimos de Él.

No olvidéis nunca, amigos, esta superficie lisa y monda de su rostro tajado verticalmente.
Es una pantalla de proyección ante su Padre. Es un portarretratos vacío.

Pero ya conocemos su uso.

Amigo, ¿tienes un rostro de hermano al que no puedas ver? ¿Lo odias? ¿Te causó mucho daño? ¿Te lo sigue haciendo? ¿No consigues perdonarlo?

Ya sabes lo que pide Cristo.

Anda, sé valiente; coge esa cara antipática y repugnante de tu enemigo; acércala a Cristo; atrévete, decídete.

Aunque te tiemble la mano.

Aunque se te rebele, encabritado, tu amor propio.

Aunque griten y protesten, epilépticos, tus más elementales instintos. Anda. Acerca más esa cara.

Júntala a la de Cristo en la Cruz.

Que queden superpuestas. Facciones sobre facciones.

Mira ahora: Cristo está en la Cruz con la cara de tu enemigo.

Cierra los ojos.

Entreabre los labios.

Acércalos a los pies de Cristo.

Y, ¡bésalo!

Besarás a un Cristo que tiene la cara de tu enemigo.

Ya no lo odias.

Cristo sonríe agradecido y contento.

Te envuelve, musical y acariciadora, una voz eterna: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”.

Y sentirás que en tu corazón, sin odios ni rencores, empieza a despertarse el amor.

***

El retrato de los que amas, familiares y amigos, lo pones en tu cartera sobre tu pecho.

El retrato de tu enemigo lo colocas sobre la cara de Cristo. ¿En mejor sitio mi enemigo?

Sí. Ese es su único sitio.

La única manera de contemplar su retrato, sin odio y con amor, es colocándolo sobre la cara de Cristo, que dio la cara por todos sus enemigos.

La cara de Cristo: el portarretratos prodigioso, en donde al enmarcarlo se empieza a amar ese rostro enemigo al que nos parecía imposible dejar de odiar nunca.

Buenas noches, amigos.

0 comments on “Mi Cristo Roto – Ramón Cue S. J. – ¿Quién te partió la cara? (IV)

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: