Espíritu Santo

Renovación Carismática Católica: Contemplativa y Carismática

Por Cyril John*

¿Es posible ser contemplativo y carismático? Parece existir la impresión entre algunos de que la Renovación Carismática Católica sólo se trata de alabanza ruidosa, orar en lenguas, levantar las manos, aplaudir, gritar “Aleluya”, etcétera. Por tanto las personas tienden a pensar que lo carismático y lo contemplativo son contradictorios y no combinan bien. Pero el hecho es que lo contemplativo y lo carismático no son contradictorios sino complementarios. Conozco a cantidad de personas que se iniciaron  por la Renovación Carismática, pero han pasado a un estilo de vida más profundo y contemplativo.  

De hecho la experiencia carismática comienza y crece por una experiencia contemplativa llamada el Bautismo en el Espíritu Santo. Esta experiencia puede variar de un individuo a otro, pero en realidad es una experiencia concreta de la ‘gracia de Pentecostés’, en la que la acción del Espíritu Santo se hace una realidad experimentada en la vida del individuo. Esto es algo muy similar a la gracia de la contemplación que Santa Teresa de Ávila llama “deleites espirituales” o gustos, el experimentar el amor de Dios.

Por eso al referirse a la Renovación Carismática Católica, el Papa Juan Pablo II escribió: “Esto es lo que son los santos: personas que se han enamorado de Cristo. Y por eso la Renovación Carismática ha sido un don tan grande para la Iglesia: ha conducido a una multitud de hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, a esta experiencia del amor que es más fuerte que la muerte”.

El primer momento de la Renovación Carismática sucedió hace unos 2000 años en Pentecostés. El Espíritu Santo apareció como una bola de fuego, se escuchó un sonido como de un viento impetuoso que llenaba toda la casa donde los Apóstoles estaban orando con María, la Madre del señor. Y todos se llenaron del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas. Desde entonces, a lo largo de los siglos, han existido muchos momentos así cuando el Espíritu Santo ha descendido sobre uno o muchos para llevar a los más posibles de nuevo a Dios.

Sería equivocado concluir que todas las manifestaciones externas en el primer Pentecostés en el Cenáculo, se quedaron confinadas sólo a lo exterior. Pentecostés mismo fue el resultado de la contemplación y la oración de María y los discípulos en la Estancia Superior. La efusión extraordinaria del Espíritu Santo sobre aquellos presentes en el Cenáculo se manifestó con ciertos signos externos que condujeron a la experiencia interna del Espíritu en los Apóstoles. Los signos son reales, y su propósito es dirigirnos a las acciones interiores que representan. Durante las Vísperas de Pentecostés, el 29 de mayo de 2004, el Papa Juan Pablo II hizo alusión a esto: “Espero que la espiritualidad de Pentecostés se extienda por la Iglesia como un incentivo renovado a la oración, la santidad, la comunión y la proclamación”.

Existen dos tipos de silencio: el silencio exterior y el interior. Cada uno complementa al otro. Cada uno hace posible al otro. Incluso cuando se alcanza el silencio externo, el interior puede ser muy ruidoso. Lo que es importante es lograr el silencio interior. Incluso durante una sesión de alabanza exterior vibrante, uno puede experimentar el silencio interior. Después de un momento de alabanza ruidosa y vibrante, el grupo es conducido normalmente a un momento de silencio absoluto, cuando los miembros de la Renovación se ven llamados a experimentar tanto el silencio exterior como el interior y a entrar en un momento de comunión más profunda con el Señor. Sin la contemplación, la Renovación Carismática terminaría siendo “un bronce que suena o címbalo que retiñe”.

Preparad a nuestro pueblo para ser contemplativo

En uno de los encuentros de líderes de la Renovación Carismática Católica, un miembro anciano de la Iglesia no dejaba de repetir que podía ver mucha oración y gritos en la Renovación Carismática Católica, pero no podía encontrar el elemento de la contemplación. Entonces el Obispo encargado de la Renovación en la región se levantó para indicar que no podía encontrar mucha contemplación incluso entre los sacerdotes que pasan de 12 a 15 años de formación antes de ser ordenados. Se preguntaba cómo uno podía esperar que personas laicas corrientes que habían experimentado un reavivamiento en su vida, de pronto entrarán  en una vida más profunda de contemplación.

Los miembros de la Renovación necesitan ser formados para crecer en la vida de contemplación. Existen cantidad de cursos de espiritualidad que enseñan la contemplación. Los que están sirviendo deberían asistir a esos cursos de formación para poder alentar a otros hacia una vida de espiritualidad más profunda y de contemplación.

¿Cómo se va a lograr?

Santa Teresa de Ávila dijo que le llevó casi 20 años hacerse una auténtica contemplativa. Dios da el don de la contemplación a aquellos dispuestos a ello. La oración contemplativa tiene dos fases. La primera es, adquirir la contemplación. Esto se hace posible cuando, en fe, esperanza y con amor anhelante, contactamos con la presencia de Dios. Comienza con saber en fe que Él está realmente presente, y buscar con todo el corazón tocarle y que nos toque. La segunda es la contemplación infusa.  Esto sucede cuando, por Su gracia, como un don gratuito, Dios nos da una conciencia real de Su presencia. Esto puede suceder de muy diversas maneras: por experimentar los frutos del Espíritu: por ejemplo, el amor, la alegría, la paz; por medio de una seguridad del corazón de que Él está presente, o de alguna otra manera. La contemplación infusa es dada a aquellos que no dejan de pedir, no dejan de buscar, no dejan de llamar hasta que se les abre la puerta  (Mt 7, 7).

Para entrar en la oración contemplativa uno debe sentarse y relajarse y luego despacio y deliberadamente dejar que todas las tensiones vayan desapareciendo. Suavemente buscar una conciencia de presencia inmediata y personal de Dios, buscar la paz y el silencio interior; dejar que la mente, el corazón, la voluntad y los sentimientos de uno se vuelvan tranquilos y serenos; dejar que las tormentas interiores amainen. “Busca la paz y anda tras ella” (Salmo 34, 14). Esto debería conducir a uno a las palabras del salmista: “A punto está mi corazón, oh Dios,  ̶ voy a cantar, voy a salmodiar ̶ ¡anda gloria mía!” (Sal 108, 2). Luego abrirse a una conciencia de la presencia de Dios: Él se hace presente a nuestro espíritu y atento a nuestra conciencia de Él. En y por y con Jesús, Él derrama Su Espíritu, haciendo que uno grite: ‘Abba, Padre’. Nos llena de agradecimiento y alabanza por Su maravillosa presencia.

En silencio, buscamos a Dios con anhelo, acudiendo a Él. El foco de nuestra mente y corazón será Dios. Permite que la oración descienda desde la cabeza al corazón. Y cuando el corazón comienza a orar habrá una afluencia de gracia por la que conocemos a Dios en nuestro corazón de una nueva manera. Pasar tiempo rindiéndonos a Dios es una manera de cumplir su mandamiento: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (Mt 22, 37). Nuestra manera de amarle reside en rendir todas y cada una de las partes de nosotros mismos a Él y buscar ser amados y llenarnos de Él. Rendir cada aspecto de nuestro ser; rendir  problemas y preocupaciones; rendir el corazón, los sentimientos, el amor; rendir toda la personalidad. Mirarle fijamente. Su presencia se hace real. Nuestra oración ya no es más que una conciencia amorosa de Él.

Entonces Dios responde. Quiere hacer su morada en nuestros corazones (Jn 14, 23). Su presencia trae una paz espiritual profunda; una mayor serenidad, un brote de alegría y amor, una lluvia de gracia, un fuerte deseo de alabarle y darle gracias. Su presencia trae poder para servirle y proclamarle, para dar testimonio de Su Reino, para traer sanación en Su nombre, para traer paz y unidad a las personas de buena voluntad. Cuando Él se ha dado a conocer o nos ha tocado con Su Espíritu y llenado con Su gracia y Su paz, espontáneamente comenzaremos a darle gracias y a alabarle.

Los frutos asociados a ser una persona carismática contemplativa

Teresa de Ávila dio testimonio de la eficacia de la oración contemplativa cuando dijo: “Si intentaras vivir en la presencia de Dios durante un año, te verías al final de él en la cumbre de la perfección, aunque sin darte cuenta”.

A pesar de nuestras buenas intenciones, nos encontramos impotentes para superar nuestra debilidad y faltas como la crítica, la impaciencia, el enfado, las palabras duras, los resentimientos y cosas parecidas. Pero cuando buscamos a Dios en la quietud y nos rendimos a Él a través de la oración contemplativa, nuestras debilidades pierden parte de su poder sobre nosotros. Otro efecto de la contemplación es traer equilibrio y sanación a nuestras vidas. Esta oración nos ayuda además a reducir la tensión y el nerviosismo.

Otro efecto saludable de esta oración es que, por la acción del Espíritu Santo, nos hacemos más plena y verdaderamente humanos. Cuanto más vivimos en la presencia de Dios, más verdaderamente nos convertimos en nosotros mismos: las personas que Dios siempre pretendió que fuéramos. Nuestra capacidad de una relación personal genuina aumenta y crece nuestra capacidad de entrar con empatía y compasión en los sentimientos, situaciones y necesidades de otras personas.

Déjenme concluir con el consejo sensato dado por San Juan de la Cruz: “Aquellos, entonces, que tienen este don sobrenatural, no deberían desearlo o regocijarse en su uso, ni deberían preocuparse de ejercerlo. Dios, que concede la gracia sobrenaturalmente para la utilidad de la Iglesia o sus miembros, también moverá a los dotados sobrenaturalmente en la manera y tiempo en que deban utilizar su don. Ya que el Señor ordenó a Sus discípulos que no se preocuparan sobre qué hablar o cómo hablar, porque se trataba de algo sobrenatural de la fe, y ya que estas obras son también un asunto sobrenatural Él querrá que estas personas esperen hasta que Él sea el obrero, moviendo sus corazones (Mt. 10:19; Mk. 13:11). Pues es por el poder de Dios que debería ejercerse todo otro poder. En los Hechos de los Apóstoles, los discípulos le suplicaron en oración que extendiera su mano y obrara signos y curaciones a través de ellos, de modo que la fe en nuestro Señor Jesucristo penetrara los corazones (Hch 4, 29-30)”.

Fuente: Boletín del ICCRS (Servicio Internacional de la Renovación Carismática Católica). 

Cyril John nació en Kerala, India en 1957. Recibió el bautismo en el Espíritu Santo en 1982 y fue llamado al liderazgo de la RCC en 1991. Previamente fue Coordinador de las Cruzados de Delhi (un ministerio de intercesión); líder de un grupo de oración en Delhi (hasta 1994); Presidente del Comité de Servicio Archidiocesano de Delhi (1994-2000); Coordinador de la Red de Intercesión Nacional en la India (1995-2001); Miembro de la Coordinadora Nacional de la RCC de la  India (1995-1998); Vicepresidente de la Coordinadora Nacional de la India (1998-2001) y presidente de la Coordinadora Nacional  de la India(2001-2010). Cyril es miembro del Consejo del ICCRS desde el 2004 y es Presidente del Subcomité del ICCRS para Asia-Oceanía (ISAO) desde el 2006. Cyril trabaja como Director en Lok Sabha, la Cámara de representantes del Parlamento indio y vive en Nueva Delhi con su esposa, Elsamma y sus cuatro hijos: Eugene, Jeril, Merline y Caroline. En abril del 2007, Cyril fue elegido  vicepresidente del Consejo del ICCRS.

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